As It It’s Your Last Capítulo 10 #2
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Capítulo 10 #2

—¿Qué hay más importante que lo de que te hayas encoñado de un tío?

—me interrumpe Daniela, que lleva un delineado gráfico de colores neón porque ha terminado de grabar su próximo videoclip justo antes de venir.

Laia, pegada a ella como una lapa, no deja de repetirle lo guapa que está—.

¿Tú sabes el infarto que le va a dar a «mamá Vero»?

—No le va a dar ningún infarto porque no se va a enterar —me apresuro a dejar claro.

Abrazo con más fuerza mi libreta y veo cómo Emma se fija en el gesto.

Luisa hace una broma, pero no le presto atención—.

Tengo un lío enorme en la cabeza con el tema de la música.

Y la discográfica me ha dado un ultimátum.

Sé que he utilizado las palabras adecuadas al ver cómo guardan riguroso silencio, pero también detecto que se han acojonado por lo fuerte de mi elección.

Me apresuro a concretar a qué me refiero, explicándoles que tengo hasta otoño para entregarles una propuesta original o ellos se encargarán de confeccionar mi música.

—Sería una putada… —dice Daniela, que nunca ha valorado hacer uso del tacto, y yo ahora se lo agradezco más que nunca: me gusta su sinceridad—. Yo no me imagino ya tirando con las ideas de otros, la verdad.

—Dudo que la discográfica me hubiese ofrecido «Lilit» —bromea Laia en referencia al tema más polémico de su carrera en solitario, aquel en el que su novia hacía acto de presencia para comerle toda la boca y dejar claro quién era el destinatario de sus versos tan cursis como sugerentes—.

Aunque seguro que te dejarían meter mano en lo que te propusieran y tal; por lo que dices, no están cerrados a darte libertad creativa.

—Claro, en realidad solo es una ayuda ahora que estás bloqueada —dice Emma, que me escudriña con un nivel de atención altísimo desde que he empezado a hablar—. Quizá deberías valorarlo.

Miro a Luisa, la única que aún no ha pronunciado palabra. Ella solo se encoge de hombros con una de sus pizpiretas sonrisas.

—Eso es cosa tuya, aunque, si te raya tanto…, está claro que es porque ya sabes que no es lo que quieres. Ni siquiera de forma temporal. Que lo que quieres es otra cosa.

Cuatro pares de ojos están sobre mí, como si, acaso, necesitasen que yo me pronunciara sobre el tema, que confirmara para todas ellas cuál es mi postura.

Y creo que ya he dejado durante mucho tiempo que se sobreentienda mi postura.

—Sí, sé que no quiero que me den ellos los temas. Quiero cantar mis propias historias a la gente. —Tomo aire por la nariz con mucha fuerza, tanto que noto cómo mis pulmones se hinchan en mi pecho—. Y he escrito una canción.

Sorprendentemente, no es enseñándosela cuando más vergüenza paso.

Es posible sentir más calor en las mejillas, como compruebo cuando se ríen de mí al explicarles el proceso con todo lujo de detalles, al contarles que Andrés estuvo conmigo en esta segunda versión.

Daniela bromea con lo monísimos que debíamos vernos sentaditos el uno al lado del otro para escribir sobre nosotros y el resto ríe con ella.

Tengo que pedirles que, por favor, paren cuando Emma tiene un ataque de risa por culpa del verso que hace referencia a que mi gato lo odia.

—Por favor, sois adorables —dice Laia con esa voz que parece destilar azúcar cuando algo le produce ternura—. Con lo gruñón que es Profiterol, me parece superbonito que quisiera acercarse a él aunque le diese miedo. Andrés es el hombre de tu vida.

—Laia, por Dios. —Emma todavía está secándose los ojos con los dedos.

—Mis padres —zanja ella, acompañando sus palabras con un gesto tajante con la mano.

—A mí me gusta mucho —habla entonces Luisa, que me sonríe con tanta alegría como diversión—. Puede parecer simple por el lenguaje y eso, pero creas imágenes muy concretas y es una canción que solo podrías haber escrito tú. En plan…, tiene muchos detalles vuestros, como lo del gato, y eso es guay.

Vale, antes mentía: sí puedo pasar aún más vergüenza.

Por lo visto, soy una persona que lleva regular los halagos hacia su trabajo, porque noto cómo me pican las mejillas del calor que me sube hasta ellas.

—Eso es verdad, mola lo de… personalizarlo.

No es una canción de amor, es tu canción de amor —añade Daniela, que rodea los hombros de Laia con su brazo cuando dice el primer «amor».

Ellas sí que son adorables—. Y es algo que está como en auge, ¿no?

Me suena haber escuchado canciones del palo, jugando con ser sencillas pero siendo como muy profundas en sentimientos y eso.

Antes de que le den o no la razón las chicas que también están metidas de lleno en el panorama musical, Luisa vuelve a tomar la palabra:

—¿Y qué género es? ¿Qué instrumentos le quieres meter?

… y tal. —De la manera más escueta que encuentro, les hablo de que no tengo ni idea de cuál es mi sonido, de qué tipo de música quiero hacer porque, en realidad, para mí la clave está más en la letra, en la historia de fondo.

Aunque me gustaría transmitir también calma, paz, un respiro; lo que le dije aquella vez a Andrés mientras mirábamos el cielo, he pensado mucho en ello últimamente.

Que mis oyentes se vean en mis historias y, a la vez, se lo pasen bien o, al menos, las sientan como una forma de alegrarse el día—.

Podríamos probar. Tenías por ahí una guitarra que te regalaron desde un club de fans, ¿verdad?

Antes incluso de que todas me miren a mí para que pueda dar mi opinión sobre la idea, mis amigas se giran hacia Luisa; yo también lo hago.

—¿Quieres hacer música? —Es Emma quien se atreve a preguntar.

—No, quiero jugar a la música —puntualiza con esa sonrisa que le llena las mejillas y muestra su colmillo levemente torcido—.

Que probemos todas un ratito, por diversión.

Ay, por Dios, pero ¿y esas caras de susto?

Ni que yo odiase la música o algo, que me piré del mapa solo porque sin vosotras no sería divertido. Y aquí estamos las cinco, ¿no?

En un ataque de amor siempre gracioso en ella, Daniela se le echa encima, tumbándola en el sofá en una especie de placaje.

—Bua, te quiero, tía.

—Laia, tu novia me está aplastando.

Cinco minutos más tarde, la guitarra que estaba muerta de risa en el fondo de mi armario acaba en las manos de Luisa, como cuando todo el mundo la llamaba Sol.

Y cincuenta más, los versos a los que di vida con Andrés a mi lado terminan de nacer en la compañía de unas amigas a las que no sé por qué tuve miedo de dejar acercarse.

Descubro lo divertido que es probar a entonar mis frases a diferentes velocidades, con distintos acordes de fondo, en estilos más dulces, cañeros o lentos.

Acabamos grabando varias versiones en un montón de audios de WhatsApp para tenerlos guardados en nuestro grupo conjunto, para rememorar lo bien que lo hemos pasado esta tarde…

y para tenerlos a mano si a cualquiera de nosotras se le ocurre algo con lo que poder jugar otro día.

Porque van a pensar en ello, porque me aseguran que van a estar ahí para mí y están decididas también a ayudarme en todo lo que puedan a encontrar quién soy en la música.

Y creo, de verdad, que ahora sí lo estoy encontrando.

Que quizá lo que siempre había evitado, compartir mis emociones con los demás, era justo lo que necesitaba para quitar el primer ladrillo de ese muro llamado bloqueo que yo misma había levantado.

Porque callándome con los demás también me estaba callando conmigo.

Porque, negándome a exteriorizarlo con otras personas, también estaba negándoselo a la música.

Porque la música es escuchada por otras personas y eso es, en realidad, lo que me frena.

Pero… ¿cómo volver a callar cuando el hecho de que Andrés me escuche me hace sentir tan bien?

¿Cómo volver a callar cuando hablar me ha regalado esta tarde que se ha sentido amiga de verdad?

Ahora, pensar en que alguien escuche esta canción y la sienta mía, pero también suya, me provoca un cosquilleo.

Un cosquilleo que se extiende por mi piel y llega hasta mis ojos, que se humedecen como lo hacían los de los fans al confesarme su implicación con las canciones que tenían mi voz.

Esta lleva también mi implicación y solo con pensar que pueda despertarla en ellos…

me da la fuerza para no parar de hablar nunca más.