As It It’s Your Last Capítulo 10
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Capítulo 10

Estoy nerviosa. Muy nerviosa. Jamás en mi vida he estado más nerviosa.

Y, frente a este amasijo de sentimientos haciendo saltos mortales en mi pecho, Andrés espera paciente sentado en el sofá de mi salón.

No le he dicho nada, no le he dado ninguna explicación.

Solo me he limitado a pedirle que viniera —como otras tantas veces—, he hecho que se colocase ahí y yo me he quedado aquí plantada abrazando mi libreta.

Esta libreta que nunca había contenido nada y ahora siento que lo contiene todo.

Fue difícil, dificilísimo, enfrentarme a mirar el color amarillento de sus hojas sin nada que escribir, pero, al mismo tiempo, mucho en mi cabeza con ganas de salir.

Sentía en mi mente, como cada día, una ingente cantidad de palabras arremolinándose por todas partes.

Y entonces me di cuenta de que no pienso tanto cuando hablo con Andrés.

Que no me paro a medir mis sentimientos cuando los transformo en frases que pronunciar en voz alta, así que… hice algo parecido.

Sin pensarlo demasiado, me puse a escribir sobre Andrés. Casi como si fuera una carta para mí, escrita como hablo, siendo texto y no canción. Y entonces lo transformé en canción.

Ahí ya sí me esmeré más. Releí mil veces la prosa para formular los versos. Retorcí las palabras para que sonase más bonito. Reagrupé sentimientos como si, esta vez, se los quisiera cantar a él y no contármelos a mí. Y entonces conseguí formar una estrofa y un estribillo.

Por primera vez en mi vida.

Y por primera vez en mi vida iba a compartirlo.

—He escrito una canción —suelto de repente, y hasta Profiterol da un respingo por ello; por cierto, no me acostumbro a verlo acurrucado contra Andrés—.

O sea, no es una canción canción. Es una parte de nada y no sé si está bien.

Bueno, en realidad en la música no se puede hablar tan a la ligera de «bien» o «mal».

Y tampoco tengo muy claro cómo sonaría porque yo de melodías no entiendo. El caso… que te lo quiero enseñar.

Estoy muy seria, e imagino que ese es el motivo de que Andrés me mire de la misma manera y asienta temeroso. Yo apenas contengo un suspiro. Esto es insoportable, qué angustia.

Al borde de preguntarme a mí misma por qué no me interesaría de pequeña por, qué sé yo, la gimnasia rítmica, me fuerzo a pensar en los rostros de los fans. A imaginarlos con esas reacciones por mis propias canciones.

Sí, eso es en lo único en lo que debo pensar.

—Voy. —Es la única palabra que soy capaz de articular antes de dar los pasos suficientes como para dejarme caer al lado de Andrés.

Él toma mi libreta cuando se la ofrezco y lee para sí mismo mis frases a bolígrafo, sin juzgar que no haya querido leerlas yo: suficientemente duro me está pareciendo compartirlas de esta manera como para verbalizarlas. Hacerlas más reales.

Noto que Andrés está tan nervioso como yo, por eso ríe divertido. En realidad, es la agitación, la inquietud lo que produce su risa.

—¿Puedo ser completamente sincero? —dice tras unos minutos que yo percibo como eternos.

Apenas puedo asentir, rígida como estoy, encogida sobre mí misma, con las piernas contra el pecho y la cabeza apoyada en el respaldo del sofá.

Profiterol se ha hecho una bolita en los escasos centímetros que nos separan, pero me mira a mí por el rabillo del ojo—.

No me suena a ti. No creo que tú dijeras algo como esto.

Cuando Andrés calla y me observa, yo también lo miro a él. Me gustaría que siguiera, aunque ya esa frase me afecta, porque…, si quiero contar mis historias, también deberían sonar a mí, ¿verdad?

—Tú no eres… tan rebuscada. Poética, quizá.

Ni empalagosa, tampoco. Ni nosotros somos tan felices.

O sea… —Sus mejillas se tiñen de color—.

A ver…, entiéndeme: yo soy feliz contigo, me refiero…

, que no es todo tan mundo de hadas, ¿no?

—Tomo su mano y la entrelazo con la mía cuando comienza a morderse las cutículas.

Se queda unos segundos en silencio tras mi gesto, pero continúa hablando al verme asentir otra vez—.

Quizá es demasiado genérica, como muy… lo que se esperaría de una canción de amor.

Se supone que es para mí, pero no me suena a nosotros.

Reflexiono sobre su aportación. Está escrita en segunda persona, como si yo le hablara a él, así que entiendo que la sienta irreal si, siendo el receptor, no nos ve en esas frases.

Lo cierto es que, cuando escribí sin pensar en música, sí que fui a los detalles y me dejé de palabras grandilocuentes —que es lo primero que me ha señalado como alejado de mí—, pero, a la hora de pasarlas a versos, quise esforzarme en que sonase bonito, en crear una metáfora detrás de otra…

, al mismo tiempo que creí que era mejor idea no ser tan concreta. La universalidad de la que habló Vero.

Ahora creo que no se refería a eso y que mis versos, además de poder haber salido de cualquier otra persona, solo son un listado de imágenes pedantes que yo, en realidad, nunca diría.

—Perdona. No sé en realidad qué estoy diciendo —la voz de Andrés me devuelve al mundo real; también su apretón en la mano, que aún mantengo pegada a la suya—, si yo no sé nada de música.

—No, no, pero si tienes razón —le interrumpo al mismo tiempo que le devuelvo el apretón—; a mí tampoco me gusta. —Me cubro la cara con la mano libre—. Qué mierda, yo no sé escribir canciones.

Sus dedos dejan de sostener los míos para empezar a acariciar mi piel. Y sus palabras también me acarician a mí:

—A ver, pero tampoco te fustigues tú ahora.

Es la primera, es normal, ¿no? —Me sonríe, y lo hace de una forma tan dulce que yo también sonrío con él.

Me dejo caer más cerca, pegando mi frente a su hombro, y Andrés no tarda en hundir una de sus manos en mi pelo—.

Además, lo importante es que has sido capaz de enfrentarte a ello, de contar algo, aunque no te guste el resultado.

No eras capaz ni siquiera de encontrar algo de lo que hablar y ahora has podido hacerlo, has podido escribir sobre una idea e intentar darle forma.

Los versos no te convencen, pero… los has escrito.

—Me muevo lo suficiente como para buscar sus ojos con los míos.

Él corresponde a mi mirada y juega con mi cabello—.

Quizá deberías enseñárselos a alguien de tu equipo, o comentarles de qué quieres hablar, si es que esto es lo que quieres contar.

Compartir todo esto con alguien más. Decirles que quiero hablar de amor, permitir que hurguen en esta palabrería que ahora me hace ruborizar.

—¿Tú cómo crees que hablaría yo? —le espeto, solo para huir de la escena que está creando mi cabeza. O para buscar una salida que mejore la situación ficticia que en algún momento se producirá—. Ya que has estado tan seguro de que no lo hago como ahí —bromeo señalando la libreta con los ojos.

Él ríe también.

—Pues no lo sé, Olivia. Pero no tan elegante , supongo. Es como… muy literario. Tú eres más directa.

—Pero la música es literaria, ¿no? Quiero decir, suena bien y eso. Lo bonito es que no suene a como hablamos.

—O no.

Apenas un segundo después de mirarnos a los ojos, los dos estamos inmersos de nuevo en la libreta. Leyendo en nuestra mente mis frases, desgranando esa canción que estoy ya a punto de odiar.

—¿Me ayudas? —Mi voz es temerosa, pero no más que su mirada:

—¿Yo?

Solo me encojo de hombros… y la hora siguiente se basa en él y yo sentados en el suelo, pasándonos el uno al otro tanto la libreta como el boli, riendo a carcajadas por cualquier cosa, ruborizándonos al hablar de sentimientos, besándonos cada dos por tres. Y también la siguiente, y la siguiente.

La luz que entra por el balcón del salón es casi inexistente y yo casi no me he dado cuenta, metida de lleno en escribir, leer y reescribir las emociones que he plasmado en esta hoja llena ya de tachones.

El resultado es mono, pero no empalagoso.

Concreto, pero sin ser reconocible. Simple, pero cuidado.

—¿No te suena infantil? —pregunto temerosa porque, aunque ahora sí me siento orgullosa, también me da miedo. Me pregunto si alguna vez dejaré de sentir miedo—. Siempre…, últimamente se me tacha de niña y…

—¿Por eso te esmeraste tanto en que sonase fino , como decías?

—Sí…, quería que pareciera como… meticuloso. Que yo pareciera profesional, y culta, y… no sé. No sé escribir y no quería parecer tonta, supongo.

Andrés acaricia mi brazo, paseando la yema de sus dedos desde mi hombro desnudo hasta mi muñeca una y otra vez. Me encanta, me encanta que haga eso, que sepa transmitirme sus «estoy aquí», «tranquila», «todo está bien» solo con un gesto tan pequeño. Yo quiero transmitir también tanto con tan poco…

Releo de nuevo lo que he escrito, a lo que Andrés me ha ayudado a dar forma, sugiriéndome ideas o palabras a medida que yo compartía con él los retazos de nosotros que iba queriendo incluir, opinando cuando dudaba de una frase o animándome cuando sentía que no lo estaba haciendo bien.

Me gustan —mucho, un montón— estas frases que, por fin, han salido de mí.

Y, si a mí me gustan, me identifico con mi forma de decirlas y creo que llevo hasta otros el mensaje que quiero transmitir con ellas…, ¿qué más importa? ¿Por qué no estarían bien estas expresiones simples si mis sentimientos son verdaderos?

Me muerdo el labio inferior pensando en las opiniones de la discográfica, de la crítica, de los fans. Pero ¿y si no son malas?

—Igual se la enseño a las chicas.

Noto cómo Andrés se sorprende, e imagino que no es tanto por querer hablarles de él —que también, por cómo se tensan sus hombros—, sino por pensar en abrirme con ellas sobre la música.

Pero lo hago. Cuando son mis amigas las que se sientan en ese mismo sofá en el que he compartido por primera vez algo escrito por mí, les cuento que estoy con Andrés, les pido calma cuando chillan ante esa revelación y les digo que ahora toca hablar «de lo realmente importante de verdad».