As It It’s Your Last Capítulo 9 #2
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Capítulo 9 #2

Puede parecer que las campañas publicitarias son sencillas, que es echar cuatro fotos a la modelo de turno en diferentes posiciones, pero lo cierto es que no.

Lo cierto es que es frecuente que todo el proceso sean muchísimas horas, incluidas las previas a ponerse frente a la cámara.

Esto que toca hoy es una sesión de vídeos e instantáneas para una firma de perfume de lujo que en otoño sacará una línea más juvenil.

Exacto, igual que para aquella firma de joyería, la de la rueda de prensa que dio tanto que hablar.

¿Qué mejor para acercar a los jóvenes una marca con imagen de éxito que la ídola joven y exitosa a la que quieren parecerse, a la que envidian?

Eso es lo que ellos piensan cuando proponen estas cosas a mi equipo, y también lo que revelan los datos de ventas cada vez que protagonizo un anuncio.

Sin embargo, yo sigo sin ver cuáles son los motivos que despiertan tal envidia.

Va en serio. Sí, el dinero está genial, soy consciente del privilegio que es no tener que preocuparte de los dígitos en tu cuenta y de cómo se van a pagar tus gastos.

Me refiero a que, bueno, a ver…, yo no me siento alguien genuinamente envidiable. No más allá de la economía.

Aunque tampoco puedo juzgarlos: mis redes sociales e imagen mediática sí son envidiables y radiantes.

—La verdad es que fue todo un acierto comentar lo de que sacarás música después del verano —comenta de repente Vero, haciendo que mis hombros se cuadren de manera automática—.

Es comprensible que, si ya de por sí a la firma le gustaba tu imagen, le sumase puntos el hecho de que el lanzamiento de esta campaña coincida con el de tu música: estarás en boca de todos con la expectación que hay sobre ti como artista y serás un perfil muy potente para ellos.

—Mi mánager no me mira, pero no me hace falta verme en sus ojos para notarme inquieta—.

Además, quiero acordar con ellos ir haciendo algún spoiler en redes para ir llamando la atención de la gente.

Les dará aún más visibilidad y, por tanto, beneficios, así que podemos pedirles más…

Creo que me falta el aire. El agobio de siempre es más intenso. ¿Qué día es hoy? ¿Cuánto tiempo queda, teniendo en cuenta que en agosto todo se paraliza y solo contaré conmigo misma para pensar ideas?

—¿Lo de otoño sigue en pie? —la interrumpo sin remedio.

—¿Lo de darte canciones como cuando estabas en Girl-lies?

—Vero lo hace todo siempre más fácil entendiéndome al vuelo.

No sé cómo consigo asentir—. Sí, la idea es probar por ahí.

Canciones prefabricadas con un rollo similar al que teníais.

Te dejarían pasarte un poco por alguna sesión de composición para así poder colar tu nombre en los créditos y ya está.

—¿Y pueden obligarme?

Entonces sí, Vero se gira hacia mí… con una ceja alzada.

—¿Disculpa? —No ha sonado brusca, solo sorprendida.

Y lo entiendo, porque no acostumbro a dar indicios de que algo no me parece bien. Ni de nada, en general.

—Yo quiero hacer mi propia música.

—¿Y dónde está? —Vero sigue sin parecer enfadada, pero eso no impide que me quede cabizbaja y callada.

Escondida y temerosa tras el único y leve «motín» en siete años de carrera; la resistencia más breve de la historia, supongo.

Mi representante resopla—. Cariño, no va a malas, pero es la realidad.

Tú ahora no estás llegando a puerto y no podemos esperar mucho más.

Ya vamos tarde contigo; no queremos que se olviden de ti.

—Aprieta su carpeta contra su pecho y el gesto me recuerda la cantidad de trabajo, planes y esfuerzos que esta mujer hace para mí cada día—.

Y tampoco sería nada malo que te dieran la música; grandes canciones de la historia de la música no las compusieron sus cantantes, solo las cantaban.

Lo sé. Lo sé, no infravaloro a quienes interpretan temas que no han compuesto, pero… esta conversación ya la he tenido con Andrés.

—No es lo que quiero.

Como si necesitase prepararse para esta conversación inesperada, Vero se lleva el termo a los labios y pega un trago de café que, de ser una bebida con burbujas, posiblemente le hubiera provocado una arcada.

Pero ella, como si nada, se reclina por completo contra la pared, mirándome de lado, y me dedica una de esas miradas que siempre tiene para mí cuando siento que necesito un abrazo.

—Mira, Olivia…, me llamas Vero, lo que solo hace mi marido —empieza a decir, sin deshacer ni un ápice esta posición tan doméstica, cotidiana, desenfadada, que veo también reflejada en su tono de voz—.

Por Dios, si te veo más que a mis hijos.

Creo que hasta te he ayudado más con los deberes que a ellos.

Jamás querría para ti algo que no sea lo mejor.

—Es entonces cuando su mirada se vuelve aún más intensa sobre mí, casi maternal, en ese tipo de gestos que parecen preceder a una regañina, pero en realidad solo buscan asegurarse de que pillas el mensaje—. Jamás.

Verónica Lazar no suele hablar de su vida personal más allá de que todos sepamos que tiene dos niños y que es el padre de estos quien más tiempo pasa en casa —algo no difícil de deducir teniendo en cuenta que tampoco es sencillo imaginar a la mujer frente a mí en cualquier sitio que no sea la discográfica o lugares relacionados con sus estrellas— porque le gusta mantener su privacidad para sí.

Pero jamás la he visto contener su carácter cercano, incluso familiar.

Es, fácilmente, la persona más profesional que conozco y no creo que nadie no le tenga cierto miedo a sus regañinas después de una cagada que, al final del día, también le repercute a ella.

Y podrá parecer seria, firme, con su porte elegante y comprometido con su labor…

, pero, quizá por ese afán de perfeccionismo que también la define tanto, es incapaz de no estar para ti en cualquier momento.

Si a alguien tuviera que confiarle mi vida, siempre sería a ella. No me lo pensaría dos veces, no necesitaría ni dos segundos para pronunciar su nombre.

—¿Recuerdas cuando me ayudaste en mi primera regla?

Se le escapa una risa suave por mi comentario.

—Cómo olvidarlo, estábamos en medio de una gira, teníamos concierto al día siguiente.

—Vero finge quitarse una mota de polvo del hombro y yo me río por el gesto.

Sí, se sintió toda una situación límite y ella supo solventarla, como siempre—.

Me enfrenté antes de lo que yo pensaba a tener que enseñar el mecanismo de una compresa.

Ni siquiera era madre aún; estaba a punto de quedarme embarazada por primera vez.

Eso me hace recordar que pensamos que los meses sin ella podrían ser el fin del mundo.

¿Qué sería de nosotras sin la «protección y vigilancia de mamá Girl-lies», como dijo entonces Daniela?

Pero lo cierto es que no llegamos a comprobar si todo se vendría abajo sin Vero, pues, aunque sí que se marchó a su casa, apuró prácticamente hasta las últimas semanas de embarazo, estuvo pendiente del teléfono como si alguien se lo hubiera pegado a la mano y se reincorporó en cuanto la ley se lo permitió.

Y la situación se repitió en su segundo embarazo.

En su momento, agradecimos contar con ella, pero ahora soy incapaz de no pensar en hasta qué punto era necesario que se forzase a sí misma a estar para su trabajo en un momento así. De no pensar en la presión que también debe sentir en sus hombros.

Vero me sonríe, con la anécdota aún bailando entre nosotras. Recuerdo un matiz muy concreto sobre ella en voz alta:

—Fui la última.

—Sí, en eso también —bromea mi representante.

Y ambas le dedicamos a la otra una sonrisa llena de cariño.

—Mira, Olivia. En esta industria, lo importante es meter la cabeza, y tú ya la tienes dentro.

Eso es un pedazo de paso. Pero también hay que mantenerse, sobre todo cuando se viene de algo tan grande como lo habéis sido vosotras.

¿Te has dado cuenta de lo rápido que ha olvidado todo el mundo a Luisa?

No podemos dejar que también te olviden, por eso…

por eso hacemos todo esto, joder. —Abre el brazo para señalar a todas partes—.

Pero también corremos el riesgo de encasillarte en influencer , y no eres eso, no al menos solo eso.

Una vez que la gente te quiera, Olivia, una vez que estés aquí —pone una de sus manos por encima de nuestras cabezas—, ya podrás hacer lo que quieras.

Tendrás todo el tiempo del mundo para ser quien quieres ser, para decidirte.

Quizá sea el impacto de Andrés o siempre haya estado dentro de mí, pero no puedo evitar pensar que entonces sí. Entonces sí que estaría engañando a la gente, que les llegaría sin ser yo. Y eso es lo único que tengo claro que quiero ser.

Aunque fue así como empecé.

—Así es como empecé —digo en casi un susurro—, con canciones prefabricadas.

—Exacto, y todo el mundo os quería. Y os quiere.

Puedes verlo de esta manera: lo fuisteis todo para ellos porque erais universales.

—Vero chasquea los dedos, como si acabase de llegar a una gran conclusión—.

Mira, eso igual es un buen consejo para que te relajes y, a lo mejor, consigas llegar a algo por ti sola. Además de relajarte, claro.

No termino de comprenderla, y hasta paso por alto el tono maternal que ha empleado en la última frase.

—Que te relajes, porque, si no llegas, te haremos llegar. Y que pienses en lo que quieren escuchar. En conceptos universales.

De alguna forma, lo siento como la última oportunidad.

Tanto que, en cuanto llego a casa, me siento en mi escritorio con una libreta y un boli.

Siento los ánimos de Vero como una nueva oportunidad.

Creo poder hacer ambas cosas. Puedo hacer ambas cosas.

Ser universal y personal. Tengo que poder.

Si hay conceptos con los que todo el mundo puede empatizar, tienen que poder salir de mí porque yo soy como todos ellos; yo debo empatizar con ellos y compartirlos con la gente.

Vale, bien. Lluvia de ideas. ¿Qué es universal? ¿Qué es lo más universal?

El amor aparece en mi cabeza. Quizá manido por ser protagonista de tantas historias, pero… sin duda universal. Ahora bien: ¿cómo veo yo el amor?

Andrés. Andrés corre a mi mente, siempre con su aliento y calma, con su cara y manos llenas de pecas, con sus caricias suaves.

Pienso en Andrés. Y pruebo a escribir sobre él.