As It It’s Your Last Capítulo 9
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Capítulo 9

La experiencia de comer patatas fritas y una hamburguesa en medio de un descampado fue bastante agradable, pero no se compara a lo que es estar Andrés y yo tirados sobre ese mismo descampado solo mirando al cielo. Solo él y yo. A las afueras de la ciudad y solos. Junto al silencio.

—Estoy taaaan a gusto aquí. —Soy incapaz de no verbalizarlo, pero también de dejar de mirar a las nubes, incluso sintiendo que él se ha girado hacia mí—. Lo relajante que es el sol y… el silencio. No se oye nada. Es que literalmente nada.

Andrés se ríe por lo sorprendida que sueno. Sus dedos atrapan los míos y pienso, una vez más, en lo mucho que me gusta que nos cojamos de la mano.

—También sería genial algo de música —imagina en voz alta, aunque con un tono tan tranquilo que podría pasar por recién despertado. ¿Este matiz tomará su voz por las mañanas?—. Escuchar algo en un altavoz mientras el sol nos da en la cara.

Es bonito. De hecho, lo que plantea es tan bonito que me hace sentir mal. Porque yo no he pensado en música. No he sentido la necesidad de incluirla en este momento.

Debería pensar más en música. La música debería aparecer frente a mí sin que piense en ella, brotándome de dentro, liberándose de alguna parte de mi cuerpo o mente sin que yo la fuerce. ¿No?

—¿Cuál es tu música favorita, qué te gusta escuchar?

—Cuando me hace esa pregunta, sí que le miro.

Y que no aparte su mirada de mí, sino que la intensifique al hacerse evidente mi silencio, me hace sospechar que es uno de esos momentos en los que quiere que hable.

En los que busca que me abra, que exteriorice en confianza lo que me pasa por la cabeza.

Que reformule la frase me lo confirma aún más—: ¿Qué música te gustaría hacer a ti?

No tanto en el sentido de cómo te gustaría, aunque también, pero ya me has dicho que aún no…

Me refiero más bien a qué música escuchas y dices: «Ojalá lo hubiera hecho yo», «Yo quiero estar detrás de algo como esto, sonar de esta manera tan chula».

—No lo tengo claro porque… nunca he sonado sola. Y siempre he hecho la música que otros pensaban para mí. No sé cuál es la música que mejor sonaría conmigo.

Las nubes están ahí para mí cuando subo mis ojos hasta ellas. Me encanta hablar con Andrés; siento de verdad que me hace sentir mejor y que puedo hablarle de cualquier cosa. Pero eso no cambia del todo que regodearme en mis pensamientos sobre mí me duela un poco.

No sé bien cómo explicarlo, pero, de alguna manera, creo que me cansa físicamente.

—Pero… la cuestión no es qué sería lo mejor para ti, sino qué quieres hacer tú.

El silencio es ensordecedor aquí y se hace aún más evidente ahora, cuando los dos callamos. Sus palabras botan y rebotan por mi mente, como si quisieran recorrer toda zona posible en mi cerebro. Pero no consigo absorberlas.

He construido un fuerte en el que escucho recomendaciones, pero no las interiorizo. Porque no consigo llevármelas a mi terreno, adaptarlas a mí. No lo sé. Vuelve ese cansancio que no me deja pensar.

Soy incapaz de pensar en mí sin que me duela.

—A veces pienso en si no es eso lo que debería hacer, si no debería darme por vencida y ceder a que vuelvan a pensar la música para mí. Ser intérprete de canciones. No habría nada malo en ello, ¿no?

Sin embargo, mi voz suena a desánimo. Mi tono es monocorde, bajo y cansado.

—No, no habría nada malo. Muchos cantantes no componen sus canciones; eso no te haría peor artista. Pero… ¿eso es lo que tú quieres?

No lo digo, nunca me lo permito decir ni pensar demasiado, pero lo que quiero es llegar a la gente. Llegar de verdad.

De nuevo, los rostros de decenas, cientos, miles de fans aparecen en mi mente.

Con los ojos llorosos, con sonrisas enormes.

Con edad de ir a primaria, adolescentes acompañados de más adolescentes como actividad de grupo, adultos que, aun con su traje de oficina, han hecho la cola tras su jornada laboral.

Con una inmensa perorata de palabras llenas de ilusión que lanzarme en el menor tiempo posible para poder también sacarse una foto.

Y entonces los oigo; me he obligado a no pensarlo, pero recuerdo sus agradecimientos y entusiasmo.

Eso es lo que echo de menos. Echo de menos la alegría de la gente, pero no una alegría cualquiera: la alegría con la que me contaban que se sentían reflejados en lo que yo cantaba.

Todas esas veces que me explicaban cómo nuestra música les había acompañado en momentos difíciles porque se sentían parte, cómo nuestras letras se relacionaban exactamente con lo que sentían, cómo empatizaban con las historias tras nuestras voces e instrumentos. Cómo conectaban, cómo les llegábamos.

Quiero provocar eso mismo por mí sola con algo que también me salga a mí de dentro, con lo que yo empatice con la misma verdad con la que ellos lo hacían. Con algo que sea mío, no que yo haya hecho mío.

Emocionarlos emocionándome, emocionarme con que se emocionen.

Son ahora mis ojos los que están empañados. Para quitármelo de la cabeza, hablo:

—Lo que sí tengo claro —miro a Andrés y sonrío con dulzura a su gesto serio— es que me gustaría que mis fans se sintiesen con mis canciones como yo en este momento aquí.

Su mirada se dulcifica… y su agarre sobre mi mano se intensifica.

—Transmitirles esta comodidad, calma, libertad —continúo describiendo, sin apartar mis ojos de los suyos; ni siquiera para admirar esas pecas que tanto me gusta contar—.

Y verdad. Siento que este momento es de verdad.

Con luz real —levanto una mano hacia el sol—, con suelo real —hundo nuestros dedos entrelazados en la hierba—, con alguien a quien quiero de verdad.

No sé cómo he dicho eso en voz alta, ni cómo tampoco he huido de la respuesta de su rostro, pero lo cierto es que sigo aquí y Andrés también. Sus mejillas tienen más color que antes y su sonrisa es más tímida —también la mía—, pero permanecemos aquí. Y ahora.

Su beso llega a mi boca de la misma manera que lo hacen los rayos del sol a mi piel: cálidos, agradables, cariñosos. Y yo le correspondo con una mano en su cuello tan suavemente como las nubes se pasean por delante de la estrella.

—Cuanto más pienso en canciones, más me bloqueo —le confieso más tarde, con mi cabeza apoyada en su pecho y una de sus manos, la del brazo que me rodea, subiendo y bajando desde mi hombro a mi antebrazo—.

Me pongo nerviosa solo de pensarlo y soy incapaz de pensar en nada, me quedo en blanco.

—Noto cómo los dedos de Andrés, que hasta hace un momento estaban libres, se mueven también a toquetear mi cara—.

A veces pienso… muchas veces pienso que en realidad no sirvo para esto.

Que en algún momento todo el mundo se va a dar cuenta de que esto no es lo mío.

Me siento… una farsante. Como que estoy engañando a la gente.

—Yo creo que eres muy real —suelta Andrés, y yo me muevo hasta que nuestros ojos se miran, verde y marrón enfrentados una vez más.

Él se encoge de hombros—. Por eso aún no has podido hacer nada, porque…

no te sale de dentro. Y, si no te sale, no te sale.

Sacarlo a la fuerza igual sí que sería engañarnos. Sobre todo a ti.

—Andrés, ni siquiera sé cómo quiero sonar, yo…

—Chasqueo la lengua y me incorporo de verdad, sentándome en el suelo; incluso así, él continúa acariciando la piel a la que sus dedos sí llegan—.

Hace tiempo que apenas soy capaz de escuchar música de otros.

Porque solo lo hago con mi equipo, con gente con la que trabajo, para intentar inspirarme, o buscar referencias o…

No disfruto de la música en casa porque me encuentro a mí misma buscando algo que no encuentro.

Durante unos segundos, el silencio completo regresa y, por primera vez desde que hemos llegado, siento que este me agobia, que no lo quiero aquí.

No estoy segura de qué espero que Andrés diga, o qué quiero que diga, pero esto también es algo en lo que me había obligado a no pensar. Porque me da miedo.

Entonces, Andrés también se incorpora. Con sus codos apoyados en la tierra, busca en sus bolsillos, en los de los vaqueros.

Estoy a punto ya de moverme hasta alcanzar su mochila —por si en realidad ese es el lugar en el que está lo que no encuentra— cuando saca una bola de cables.

No, unos auriculares. Los típicos blancos que vienen en la caja del teléfono móvil. Los de escuchar música de toda la vida.

Veo cómo, haciendo acopio de toda la paciencia del mundo, Andrés deshace sus múltiples nudos antes de tenderme uno a mí. En su mirada hay una promesa.

—Vamos a escuchar música. Solo eso. Sin pretensiones de encontrar referentes. Tú y yo, centrándonos solo en si nos gusta o no cada canción. Nada más.

Dudo. Muchísimo. Mogollón. Pero cojo el auricular y me lo meto en la oreja. Porque confío en él y, sobre todo, porque quiero enfrentarme a mis miedos… y él parece decidido a echarme una mano cuando no me atrevo a hacerlo sola.

Y esa sensación me persigue allí donde voy.

Me encuentro por las esquinas pensando en lo mucho que me calma saber que alguien está ahí para escucharme.

Que puedo contarle a alguien lo que ronda por mi cabeza y que pueda sentirlo y comprenderme.

Pero también me calma el simple hecho de verbalizarlo para otra persona.

Incluso ahora, con Vero revisando su carpeta, termo de café en mano y silencio de sala de espera, pienso en la sensación que me llena cuando vacío mi cerebro al pronunciar en voz alta todo lo que me atormenta. Nunca se me había hecho tan ameno esto de, bueno, hacer tiempo.