Capítulo 16
No pensaba que la situación de la industria y el grueso de la sociedad cambiase de un plumazo con mi vídeo, pero tampoco contaba con que se viralizase al nivel de convertirse en un discurso en favor de la privacidad y en contra de la presión mediática.
En apenas unas horas, no había rincón de internet al que no hubiese llegado mi vídeo ni medio de comunicación que no se hubiese hecho eco de mi reivindicativa reaparición, ya tildada de alegato.
Y, aunque tampoco había querido pararme a pensar en cómo sería recibida aquella publicación, lo que sí que no vi venir fue que mi imagen pública diese un giro de ciento ochenta grados.
Todo el mundo comprendió mi posición, empatizó conmigo y valoró mi completa sinceridad frente a la cámara en un momento que ya llamaban «complicado».
Lejos quedaban todas aquellas críticas de los últimos días; ni siquiera quienes las volcaban parecían ya recordar que yo era la misma «niñata» a la que ahora llaman «juguete roto».
Porque la sociedad se criticó a sí misma desde el momento en el que yo dejé de mirar a cámara en ese vídeo…
, pero también la discográfica que siempre ha colocado su nombre junto al mío asumió el palo que se le lanzaba en parte de ese improvisado discurso.
Y, entonces sí, la empresa musical también habló a los tres días, y lo hizo para dar «todo su apoyo» a su joven estrella, para secundar cada coma de mi mensaje.
Un mensaje que ni siquiera me pertenecía ya solo a mí, pues tanto otros artistas como figuras públicas de todo tipo —creadores de contenido, actrices y actores…
— tuvieron a bien apoyar mi discurso, alegando también haber sentido miedos como los míos.
Quizá por eso mismo me he sentido lo suficientemente cómoda como para volver a hacerlo, seguir la estela de ese primer vídeo: mis redes sociales han dejado de ser el espejo de una chica feliz y perfecta para contar también con fotos sin preparación o stories naturales en los que solo hablo a cámara de mi día a día, incluido cuando me sale algo mal en la cocina o se me atasca la letra de una canción.
Porque esa es otra. En mis tres días de silencio mediático, en realidad, hablé como nunca.
No solo por cocinar ese mensaje que, sin yo saberlo, me trajo aire fresco, sino porque vomité en mi libreta todas mis emociones, toda la rabia y la tristeza que tenía por lo que me había pasado…
y por lo que llevaba pasándome tanto tiempo.
No dejé títere con cabeza, que se suele decir.
Aproveché que el candado se había roto para soltar todo lo que este había estado reteniendo, para permitirme maldecir sobre todo lo que no había dicho hasta ahora.
Y también para valorar lo que no había sabido ver al estar oculto entre la marabunta de infelicidad que se había extendido sobre todo.
A todo eso, a ese vómito de ideas inconexas, pero a la vez tan relacionadas, le di forma, una y otra vez, hasta que páginas y páginas estaban llenas de tinta en forma de palabras, tachones y garabatos que, a su vez, en realidad eran canciones.
Así, a principios de octubre y bajo el simple nombre de Olivia, Ruki moría completamente con un single que hablaba de extrañar una vida lejos de focos, de fingir ser feliz…
y de Andrés. Pero voy a hacer un pequeño paréntesis antes de seguir escarbando en los temas de mi primera canción y en cómo fueron recibidos.
Porque quiero gritar de orgullo por haber también encontrado mi camino, ya no en mis letras sencillas, cotidianas y «al grano», como siempre dicen Raquel Monte y Rodrigo Frías, que valoran como nadie —como ni siquiera lo hago yo— mi capacidad para crear imágenes concretas, pero que pueden llevarse a la experiencia de cada uno.
Según ellos, se empatiza con las generalidades por su facilidad para hacerlas sentir nuestras, pero también con los sentimientos que emanan de las anécdotas de otros y que nos acercan a las propias, aun siendo muy distintas.
También fueron ellos quienes me hablaron de ese género musical que creían que podía encajar con este tipo de letras, de ese que Rodrigo trabaja a menudo con su grupo Mi Amor…
y de ese que al mismo tiempo les daba miedo sugerirme por las implicaciones que podía tener.
Hablo del tontipop , ese pop que coquetea con el indie y el tecno, pero que, sobre todo, ni tiene grandes pretensiones musicales…
ni grandes admiradores por su falso tono despreocupado para hablar de temas profundos y por sus aires infantiles.
Ellos estaban bien enterados de cómo la gran acusación volcada sobre mí desde la separación de Girl-lies era la de «niña», por lo que quizá no era el género más adecuado, pero…
¿sabes qué? Eso hizo que me gustase aún más.
Porque decidí abrazar el ser una niña. Me he cansado de escuchar que soy una niña y he decidido que voy a ser una niña de verdad.
Que quiero hacer canciones tontitas que no lo son tanto.
Y también que quiero jugar con mi imagen y lo que muestro o no como me dé la gana.
Porque las niñas no piensan tanto en comerse la cabeza. ¿No?
Y el tontipop estará todo lo denostado que quieras y sonará poco en la radio —como buen género no comercial que se precie—, pero lo cierto es que a la crítica musical le encantó que una cantante surgida de la mayor girl band del país renaciese como icono alejado del mainstream .
Lógico, teniendo en cuenta que ahora está de moda fingir que te dan igual las modas y que ser alternativo cotiza al alza.
Vuelvo ahora a mi primer single y a lo de que girase alrededor tanto de la presión por las apariencias de alegría como de mi novio. No fue planeado, pero la promo de aquella canción se hizo sola. ¿Con todo el escándalo previo tan relacionado con lo que subyacía bajo la letra? Un verdadero pelotazo.
Tan yo, tan mis miedos y mis deseos… Por eso también contenía cierta alusión a Andrés.
Porque yo quiero a Andrés y él me quiere a mí, así que lo demás dio igual. Da igual. También en el resto de mi vida e imagen.
Al fin y al cabo, yo ya he dejado claro que quiero dejar de ser perfecta, ¿no? Así, mi chico anónimo aparece en mis redes sociales siempre que a los dos nos apetece que así sea y al mismo tiempo no respondo a las preguntas de los periodistas sobre mi vida privada cuando no quiero hacerlo.
Y Andrés, bueno, se limita a asumir que los ojos de alguien se posen sobre él más de la cuenta por la calle, aunque siempre se asegura de recordar que él no es famoso cuando se le intenta abordar.
Pero también se ha acostumbrado rápido a que le quite el peine de las manos en el suelo de su habitación para hacerle trenzas a María con canciones de Girl-lies de fondo.
Tampoco puede negar, porque me he dado cuenta, aunque no le diga nada, que en este mismo momento está poniendo todos sus esfuerzos en pestañear más rápido de lo normal.
Porque quiere a su hermana con locura y esta se ha puesto a llorar de repente por tener enfrente a su grupo favorito cantando con ella.
Mira que no quería yo tener que hacerlo, pero me toca interrumpir un momentito a Olivia. Y no solo porque no me avergüenza reconocer que estoy a punto de ponerme a sollozar como un crío, sino porque el motivo es mi hermana, pero, de alguna forma, también lo es Olivia.
Esta Olivia que sonríe rodeada de sus amigas…
, tan distinta a la que lloraba sola a las puertas de una fiesta pensando que jamás volvería a sacar una sonrisa con su música a otros, y a sí misma.
Esta Olivia que ahora es capaz de cantarles a sus inicios porque ya vislumbra un futuro. Porque se ha encontrado en su presente.
Es verdad, ni me había dado cuenta de que, a la vez que he abrazado el ser una niña, también he vuelto a darle la mano a la que fui. Y a la que siempre seré. Fui y seré Ruki, pero siempre siempre siempre soy Olivia.
Solo Olivia.