As It It’s Your Last Capítulo 8 #2
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Capítulo 8 #2

En cambio, sí que lo ha hecho por mí estando a mi lado.

Como un impulso, en agradecimiento, cojo una de sus manos con las mías. Cuando me mira, solo niego con la cabeza.

—Ha tenido que filtrarlo alguien de la clínica a los medios o a algún periodista —dice, como si no fuese algo que hemos deducido desde el minuto uno, pero a lo que no le hemos dado ni un momento de nuestro tiempo hasta ahora—.

Podrías denunciarlos. Es información privada, nadie tenía por qué compartir el diagnóstico del puto gato de nadie. Son datos íntimos.

Definitivamente, esta es Verónica Lazar. Siempre busca actuar de algún modo, siempre está pensando en planes, agendas y pasos con los que conseguir o solucionar algo. Aunque en realidad no haya manera de arreglar nada o nada que arreglar.

Suspiro con pesar… y vuelvo a negar con la cabeza.

—¿Qué más da? —Se me escapa una sonrisa resignada y me encojo de hombros—. No necesito dinero, que es lo único que sacaría de ellos, porque nada borra que lo sepa todo el mundo y… sus opiniones. Y sobre eso…, al final, la gente lo olvidará enseguida. Como todo. Como siempre.

Profiterol se revuelve en mi regazo y yo juego con sus orejas, aún con el mayor porcentaje de mi atención volcado en él. Vero solo me mira a mí.

—Como siempre. Aunque yo lo pase mal semanas, o incluso sea algo que vuelva a veces al recordar lo que se ha dicho, todo el mundo se olvida en días.

Estoy acostumbrada, lo tengo interiorizado…, y quizá sea eso mismo y no mis palabras lo que hace que mi representante me mire con lástima. Solo eso. Y ni la juzgo ni la culpo: no puede hacer mucho más que intentar darme consuelo. Lo sé, lo sé perfectamente.

—¿Cómo lo llevas? —Su voz es suave y ahora es ella la que toma y aprieta mi mano.

Me limito a escurrir el bulto, encogiéndome de hombros y frotando mi índice libre contra la nariz de Profiterol; mi gato se estira buscando más de ese contacto.

Pasan unos minutos cuando Vero vuelve a hablar—: ¿Quién te ha avisado?

No lo pregunta con sospecha, solo con curiosidad, pero yo me pongo nerviosa igualmente.

—Nada, solo… mi madre. Se ha preocupado por mí y por él al leerlo por ahí.

—Hace mucho que no hablo con ella, ¿cómo está?

—No lo sé. También hace mucho que no hablo con ella.

Vero no insiste y yo tampoco añado más sobre nada en general. Unos minutos más tarde, ella se pone en pie y recupera su bolso gigantesco solo después de dejar una carantoña en la tripa de Profiterol, que refunfuña un poco sin ganas.

—Me marcho. Te llamaré mañana…, que ya suficientes titulares hemos dado hoy.

La resignación es tan evidente en su voz como el color violáceo bajo sus ojos cansados; ni siquiera se ha molestado en usar corrector para las ojeras por haberse levantado de la cama incluso antes de lo habitual.

El pensamiento de cuántos cafés sumará a su termo diario pasa por mi mente. Me hace sentir un poco culpable.

No dejo de darle problemas, tanto profesionales como personales. Y eso que no sabe lo de Andrés; creo que le arrebataría una cantidad considerable de años de vida si supiera que en este mismo salón he besado a un chico —y varias veces— con la que tenemos encima.

El recuerdo de los labios de Andrés junto a los míos me asalta y siento que necesito que esté aquí cuanto antes; aunque, en realidad, no está relacionado con sus besos.

—Aprovecha ahora que sigue un poco tontorrón. —Esta es la primera frase que me dedica Olivia cuando me paso por su casa para ver cómo están ella y Profiterol.

Y es curioso, porque la pronuncia cuando llegamos juntos al salón, mientras me señala al peludo, que duerme sobre la mesa del salón; en su línea, vamos, subiéndose a todo lo que pilla, me deja más tranquilo. Desde la puerta hasta aquí solo hemos esbozado una sonrisa ligera cada uno.

Reconozco que, aunque venía solo con mi preocupación por ella en mente, durante mi viaje en ascensor me han asaltado las dudas.

¿Cómo debíamos saludarnos? ¿Podría darle un beso?

¿Me lo daría ella a mí? Me gusta comprobar que todo es más fácil de lo que pensaba y, simplemente, seguimos estando cómodos cuando somos ella y yo.

He sentido el silencio bonito y también la curva de sus labios, aunque el gesto no ocultase su cansancio.

Bajo su atenta mirada, acaricio la barriga de Profiterol con los dedos. Y bajo la mía —muy sorprendida, debo decir—, el felino se baja de la mesa y se acurruca contra mí cuando Olivia y yo nos sentamos en el sofá. Apenas contengo un grito de emoción y ella ríe.

—Al final te cogerá cariño y todo —bromea y, cuando lo hace, apoya su cabeza en mi hombro.

Rozo la cabeza del gato con temor…, aunque no con menos del que siento al acariciar el pelo de Olivia.

Así, con una mano sobre cada uno de mis acompañantes, pasan un par de minutos; escucho otra vez su risa suave—. Estás tensísimo.

—Perdón —prácticamente escupo, sintiendo cómo el calor sube por mis mejillas. Pero dejo a un lado la vergüenza y me fuerzo a ser sincero—. Estoy nervioso. Bastante.

Olivia se separa de mi hombro y, cuando me giro a mirarla, soy verdaderamente consciente de lo cerca que estamos.

Sus ojos verdes son enormes en general, pero aún más a esta distancia.

Su nariz casi roza la mía, pero juro que es perfecta.

Estoy obsesionado con su nariz; de hecho, cada vez que comparte un selfi es lo primero en lo que me fijo.

Sus labios… No puedo mirarle los labios o me volveré loco si no los uno a los míos.

Regreso a sus ojos, que me esperan, y a duras penas disimulo un bote en el sitio. De verdad que no se puede ser más pardillo que yo, pero tampoco más guapa que ella.

Aunque es en ese momento cuando me doy cuenta. Cuando me doy cuenta de que Olivia mira mis ojos, pero también mi boca, mis mejillas y creo que hasta mis orejas. Me mira con atención por todas partes, y eso me pone aún más nervioso.

De alguna forma, me parece que me gusta su atención porque siento su interés en mí, pero también me asusta… ¿decepcionarla? Creo que, si sigue mirándome así, se va a dar cuenta de que no le gusto tanto. Que no soy para tanto.

Lo único que se me ocurre para romper este momento es cerrar los ojos y darle un beso en la punta de la nariz.

Y eso consigue que ahora sea ella la que me mire tan sorprendida como sonrojada. Pero termina por sonreír.

—Tienes un montón de pecas —anuncia con sencillez antes de besarme. Y no tengo tiempo de procesar cómo me tomo el comentario porque mi cerebro ya no puede pensar en nada más que en su boca.

No sé cuánto tiempo pasa, pero encadenamos un beso con otro durante un rato.

Son suaves, dulces, pero también profundos, y mi cerebro se adelanta a que puedan subir de nivel y me cago de miedo.

Así que me separo de ella y vuelvo a posar mis labios sobre su nariz; esto vuelve a sacarle la misma sonrisa boba que antes.

—Me sorprende la velocidad con la que los periodistas se enteraron de todo, o sea… ¿Cómo pudo ser? —pregunto después de una larga sesión de caricias a cuatro manos para Profiterol y mientras Olivia rellena su vaso de refresco por segunda vez.

Ella se limita a encogerse de hombros:

—Siempre se enteran de todo. En serio. Siempre —replica con una sencillez que me cuesta comprender—. Y también el fandom , o teorizan sobre nuestros movimientos.

Asiento, porque no sé muy bien qué más puedo decir. En momentos así, solo puedo ser oyente, pues ofrezco más preguntas que respuestas.

—Hace unos meses, le hackearon el móvil a Daniela y le filtraron unos mensajes con Laia.

—Noto cómo la sorpresa hace que la piel de mi rostro palidezca—.

No fue especialmente grave; o sea, quiero decir: no sacaron nada problemático, como fotos íntimas o datos hipersecretos.

Pero era su privacidad, la de las dos. Fueron un par de cuentas de fans las que los publicaron en las redes sociales.

Y los medios se hicieron aún más eco al hablar de la filtración, claro, el primero no tardó ni dos horas en hablar del tema.

—Pero… ¿por qué hicieron eso? —Creo que no me sale bien lo de disimular que estoy acojonado con esto. Aún más si pienso en que, hasta yo, que estoy cero puesto en asuntos como este, tengo el leve recuerdo de haberme enterado de retazos de lo que me está contando—. ¿Sus… fans?

—Sí, de las dos, además. —Olivia se encoge de hombros y a mí algo me aprieta el pecho de ver la naturalidad con la que lo cuenta. La normalidad con la que lo ha asumido—. Surgieron rumores de que no estaban bien.

«Y querían comprobarlo», completo para mis adentros.

«Aun a costa de vulnerar su derecho a la intimidad».

—Antes también —recuerdo entonces en voz alta—. En el programa en el que he visto lo de Profiterol. Un par de piezas antes mencionaron algo sobre ellas y su relación.

—Sí, claro. Es frecuente. En cuanto pasan días sin que se las vea juntas, circulan rumores de que están en crisis.

Pero también las acusan de estar vendiendo su relación cuando salen en las redes sociales de la otra.

—Me río al ver a Olivia poner los ojos en blanco con exageración al relatarme las contradicciones de las opiniones sobre sus amigas, pero ni mi risa aligera la tensión que siento en los hombros—.

Algunos hasta dudan a veces de que, bueno, no sea todo un paripé o algo así.

Ellas ya se han acostumbrado y pasan de todo eso.

Olivia coge una de mis manos y entrelaza nuestros dedos con parsimonia. Eso sí me calma, sobre todo porque, de alguna forma, lo interpreto como si quisiera decirme que comparte la postura de sus amigas. Me gusta pensar que opina como ellas sobre nosotros.

Aunque, a decir verdad, yo no estoy seguro de qué opino en este momento.