Capítulo 7 #2
—Bueno, a ver, verdad es, pero… —Luisa, rascándose la nariz y más seria que de costumbre, suele levantarse como la voz de la razón en momentos como este, en especial desde que nos regala la perspectiva de quien lo ha conocido todo y ahora habita feliz la nada; pienso mucho en mi amiga como anónima , no puedo evitarlo.
Que no me mire mientras habla le da más fuerza aún a su postura, pues siempre que deja a un lado la diversión es incapaz de mantener la mirada en la persona a la que se dirige—.
No dejas de estar en una situación complicada, eso es así.
En general, siempre vais a estarlo, aunque para ti ahora sea especialmente más delicada.
Así que… es aprender a sobrellevarlo todo.
—Se encoge de hombros y yo siento, no sin extrañarme por ello, cómo su mensaje me calma: porque, como Daniela y Laia, me anima a dar un paso adelante, pero bajándome los pies a tierra a la vez que edulcora nuestro mundo.
Porque sí, es hacer balance, pero ese balance no es sencillo—.
Al final, lo importante es que tú seas feliz.
Y que pienses en qué cosas te compensan más o menos.
¿Qué me compensa? ¿Andrés es un más o un menos? Soy cantante; en ese plano, él es un claro menos. Pero es imposible que Andrés no sea un más si atiendo a todo lo que me presta, a todo lo que me da sin esperar nada de mí.
Andrés no espera nunca nada de mí, y por eso es tan fácil con él. Me martillea la idea de Andrés como un apoyo para mí, pero aún más las palabras de Luisa y que justamente vengan de ella.
Sobrellevarlo todo. Mi felicidad. Lo que compensa más o menos. A ella le compensaba menos la música; ya no era lo que mayor felicidad le aportaba, no se veía preparada para sobrellevar nada ni pensaba que mereciese el esfuerzo. ¿A mí me lo merece?
—Piensa con cabeza —dice Emma con tono duro y el ceño levemente fruncido hacia mí.
—Ya está esta en su papel —la acusa Daniela, rodando los ojos y sacando la lengua en su dirección.
La mueca en los labios de Plash se dirige ahora hacia ella.
—Lo digo en serio —arremete de nuevo, ignorando cómo Daniela le hace burla.
Y no tarda en girarse otra vez hacia mí con la espalda recta y un suave reproche en la mirada; un reproche que es más de precaución y consejo que de bronca—.
Discreción, al menos, Oli. No vayas a liarla después de todo el trabajo.
Estoy a punto de responder, ya tengo la boca abierta incluso, pero es Daniela quien, una vez más, se adelanta a cualquiera de nosotras:
—Vamos, hombre, tampoco exageréis. —Como su tono es brusco, Laia se vuelve enseguida hacia ella, pidiéndole contención con un suave puchero en los labios, pero su novia la rodea con un brazo con calma—.
No, lo digo en serio. Creo que estáis exagerando.
A nosotras no nos ha ido tan mal. —Los ojos de Daniela van de los míos a los de Emma, así que creo que no nota cómo Laia se derrite contra ella por el cariño que rebosan sus palabras—.
Que haga lo que quiera. Olivia, haz lo que quieras.
Y, si ese chico es lo que quieres, ve a por él.
«Si ese chico es lo que quieres». Las palabras de mi amiga, que hoy parece más gamberra que nunca, resuenan en mi mente una y otra vez. Llevo meses con dudas sobre lo que quiero, aunque creo que es la primera vez… que estoy segura de la respuesta.
—¿Solo era una preocupación amorosa la que te rondaba? —Los ojos de Luisa me miran con cierta desconfianza. De nuevo, siento cómo se cierne sobre nosotras aquel amago de conversación por videollamada. Pero decido que no quiero dar ese paso hoy.
Tampoco hay que llegar hasta el final el primer día; al menos me he movido de la casilla de salida.
—Sí, era solo… pues eso, que no quiero que todo esto con Andrés… Que me preocupa cómo puedo cagarla en mi carrera, vaya.
—Mira, tía, no quiero yo ser Disney ahora, pero el amor no puede cagarla.
—Joder, pues para no querer ser Disney… —Esta vez es Emma la que interrumpe a Daniela—. Tremendo discurso de peli de princesas; ya solo faltaría que fuera verdad.
Luisa se ríe bastante alto por el comentario y una chispa de vergüenza atraviesa el rostro de Daniela. Es gracioso verla siendo un tomate con esas pintas de tía dura, con su mullet de pelo rizado y el piercing en la lengua y en la ceja.
—No, coño, que tampoco es eso. Me refiero…
a que yo no digo que el amor todo lo pueda ni nada de eso.
Lo que quería decir es que, si es de verdad y tan bonito como nos está contando, no puede cagarle la vida.
—Con el brazo que no abraza a Laia, señala a Luisa—.
Porque es lo que decía ella: sobrellevar y tal.
Tu felicidad personal va por delante de todo.
Por lo menos para mí, Laia va por delante de todo.
—Esbozo una sonrisa cuando veo a Laia contener a duras penas un gritito de emoción—.
Y, si supusiera algo en tu carrera, si te generara un problema, podrías arreglarlo, porque tendrías la felicidad de tu lado, que siempre ayuda a enfrentarse a las cosas.
El amor, si es de verdad, es un apoyo que te sostiene cuando hay problemas.
Vamos, y qué coño, que no te va a dar los problemas en los que estás pensando, porque todo el mundo lo entiende. Todo el mundo quiere a alguien.
No sé hasta qué punto estoy de acuerdo con la opinión de Daniela.
Porque sí considero que el amor debe estar ahí para ti como aliento cuando la vida te va a la contra y veo difícil que alguien no empatice con querer a tu gente a tu lado.
Pero creo que también pongo en un punto muy elevado de mis prioridades mi carrera.
Mi profesión. Mi arte, aunque aún no lo haya encontrado.
Perderla también supondría un golpe a mi felicidad. Andrés no es lo único que me hace feliz, igual que no lo consiguen solo ellas, Profiterol o mi madre.
Supongo que no todos lo vemos de la misma manera, como tampoco Luisa sintió que la música fuera a darle la dicha que yo sí le confío.
No estoy segura de hasta qué punto Daniela está convencida también de sus propias palabras, aunque tampoco tengo tiempo real de pensarlo.
De hecho, debería salir ya de mis pensamientos, teniendo en cuenta que ahora es a Andrés a quien tengo junto a mí en el salón, y no sé qué decirle.
Había compartido con él que hablaría con el resto de las Girl-lies sobre cómo me sentía y a mi amigo le sobraron segundos para proponer pasarse luego por si con ellas la cosa no iba bien. Sí, me derretí un poco. Es un sol.
Pero a ellas no les he confiado nada sobre mi música y sí todo sobre Andrés, así que se me complica un poco contarle nuestra conversación.
Me acojona explicarle nuestra conversación.
Y él mira el contenido de su vaso de refresco como si estuviese regalándome el tiempo necesario con el que encontrar las palabras para hablar de mis amigas.
Creo que a eso, a ese pequeño gesto de cuidado, amor y respeto, se suman el alegato de Daniela y una leve chispa de valentía tras mi miedo… y por eso agarro también su vaso con mis manos y le beso. Beso a Andrés porque es lo que quiero ahora. Quizá eso sea lo importante y no tantos futuros.
En un futuro encontraré en la música lo que busco; en un futuro mi pasión por cantar mis historias me llenará el alma.
O en un futuro me estrellaré por no conseguir desbloquear lo que me oprime el pecho cuando pienso en hablarles a los demás con mis canciones.
Pero ahora, en el presente, solo puedo pensar en que los labios de Andrés están fríos por el refresco de naranja y que el cosquilleo que siento en el estómago cuando me devuelve el beso me hace feliz.
Porque Andrés me sigue el beso, amoldando su boca a la mía con suavidad, como si quisiera imprimir con la lengua el mismo cuidado que usa también en las palabras que elige para hacerme sentir bien. Además, una de las manos con las que sujetaba el vaso ha pasado a acariciar mis dedos.
Cuando nos separamos, unos segundos más tarde, ambos nos quedamos callados.
Y nuestros ojos se miran con los mismos nervios que reflejan nuestras mejillas coloradas, pero este silencio tampoco grita que lo llenemos, como todos los anteriores.
Ahora, es Andrés el que me besa a mí, acariciando mi mejilla en el proceso.
Una nube. No hay nada a mi alrededor, de verdad que no.
No existen los medios, la discográfica, ni siquiera los fans.
Me siento en una nube hasta que la interrupción llega…
, cuando Profiterol salta sobre mi regazo y tanto Andrés como yo damos un respingo que nos aparta del otro.
Desde su posición, mi gato le bufa con su furia habitual; todo el color de las mejillas del chico desaparece por arte de magia.
—Me odia, es que estoy seguro de que me odia.
No puedo no echarme a reír, no lo consigo ni lo conseguiría en un millón de años.
El momento es tan Profiterol y tan Andrés que solo me sale dejar fluir toda esa felicidad que se expande por mi cuerpo desde mi pómulo hasta los dedos de mis pies; desde donde él me ha tocado hasta donde noto cómo mi entusiasmo consigue ramificarse.
Andrés también se ríe, pero no es difícil adivinar que la suya es una risa nerviosa. Juro que la mía no lo es: estoy muy tranquila ahora mismo, más que en muchos meses.
Es extraño, quizá otra Olivia, la de hace un rato, por ejemplo, la que aún no ha besado a Andrés, sentiría la presión sobre el punto de inflexión que esto supone.
En mí, en nosotros, en todo lo que me rodea y que puede afectarnos o dejarse afectar por nosotros.
Pero en este momento no me dejo llevar por eso.
En este momento siento de verdad que tengo por fin entre mis manos algo de lo que estoy convencida. Por fin.
Seguimos en silencio mientras Profiterol se calma con mis caricias en su lomo.
Hasta que dejamos de estarlo:
—Me gustas —digo con simpleza, porque no creo que sea necesario nada más.
Lo que sí que no hago ahora es mirarlo a la cara, aunque noto que Andrés sí busca mi mirada con la suya. No tengo por qué atreverme a todo de golpe, ¿no?
—Tú a mí también. —Solo eso consigue que deje de prestarle toda mi atención a Profiterol.
El gesto que percibo en el chico a mi lado es el de la pura vergüenza, con las pecas de su cara destacando sobre el tono rojizo que ha adquirido su piel y sus ojos marrones tan inquietos como siento mis propias manos; me sorprende que mi gato no esté quejándose por la presión que ejercen mis dedos en su lomo.
Sí, intento llenar mi cabeza de estímulos para acallar un poco el más potente—. Mucho.
Pero nunca he sabido pasar por alto los comentarios bonitos hacia mí porque nunca me los he creído de verdad. Y las palabras de Andrés me aceleran el corazón porque quiero de verdad tomarlas para mí con todo mi ser. Quiero que su verdad sea la verdad.
Sin embargo, como si el síndrome del impostor quisiera golpearme más fuerte que nunca, es en este momento cuando vuelve a mí todo lo que nos rodea. Cuando la burbuja se rompe y, una vez más, me preocupa el futuro.
—Ojalá nosotros, bueno…, pero no estamos en el instituto y somos chavales anónimos. No yo, al menos.
El rostro de Andrés refleja una mueca triste, y no estoy segura de si es porque hoy comprende bien la dificultad de lo que hemos puesto sobre la mesa… o por mi mención a lo que nos diferencia. Me he dado cuenta de que es algo que le duele.
Que, aunque no entienda todos los entresijos de la industria musical, sí que le afecta la existencia de nuestros dos mundos como eso: algo diferenciador. Y amenazante.
—¿Crees que eso lo haría más fácil? —inquiere él.
Me limito a encogerme de hombros—. Yo en el instituto estaba enamorado de mi mejor amigo y también era una mierda.
Porque lo importante es… que haya sentimientos de los dos lados.
—El color, que aún no había abandonado sus mejillas completamente, regresa con más fuerza que antes y avanza también por las mías—. Y eso lo tenemos, ¿no?
—Y por ahora se nos ha dado bien.
Después de todo, nuestra amistad en sí misma ya era un peligro, un riesgo. Llevamos ocultándonos juntos desde que nos conocemos. La dinámica sería la misma, solo que, en caso de que se nos fuera de madre, Andrés no sería «el misterioso amigo de», sino…
Callo mis propios pensamientos cuando estoy a punto de gritar en voz alta.
Y tampoco lo digo, pero me doy cuenta entonces de que, en realidad, esa descripción para él nunca habría sido posible; el riesgo entre nosotros será siempre de dar que hablar como una posible relación sentimental, demos ese paso o sigamos con nuestra amistad, porque los medios de comunicación siempre presuponen el amor entre hombres y mujeres en la industria.
Si Andrés fuera una chica, podríamos comernos la boca delante de un paparazi y seguirían llamándonos amigas.
—No hay por qué frenarlo. —Soy yo la que lo digo, tan nerviosa como él, pero consciente de que soy la que tiene la llave con la que decidir si abrir o cerrar esta puerta. Porque soy yo quien tiene más en juego.
—Yo no quiero hacerlo —interviene él—. O sea, frenarlo, quiero decir.
—Joder, qué susto, Andrés.
Los dos reímos, aunque volvemos a evitarnos la mirada.
Pero, cuando volvemos a poner la vista en el otro, notamos que los dos estamos pensando en lo mismo sin hacerlo.
Que los dos queremos besar al otro como conclusión, pero no nos movemos.
Yo lo visualizo; él directamente me está haciendo el triángulo, lo de alternar entre mirar los ojos y los labios, quiero decir.
Entonces, para mi sorpresa, Profiterol se baja de mi regazo y se acurruca en el hueco del sofá que aún hay entre los dos.
Con su cabeza contra las rodillas de Andrés.
Y por la sonrisa que se nos pinta a ambos en la boca, creo que estamos de acuerdo en que este es suficiente acuerdo. Un buen visto bueno.
Reímos y, ahora ya sí, por fin, volvemos a darnos un beso.
Espero que no sea una premonición sobre la fragilidad del acuerdo que, cuando nos acercamos más el uno al otro para seguir compartiendo este roce de labios, Profiterol maúlle enfadado por ver reducido su espacio para tumbarse.
Espero que se acostumbre a este chico si es que no lo ha hecho ya.