Capítulo 7
Todo es igual y al mismo tiempo diferente a la última vez, y no porque la ubicación sea distinta.
Las Girl-lies al completo estamos reunidas, pero en el salón de mi casa, que yo misma he propuesto como «base de operaciones».
Se ha convertido en un espacio seguro. Mire donde mire, me parece sentir en el aire todas las palabras que he intercambiado con Andrés, el tiempo que él me ha regalado entre estas paredes o los desplantes que Profiterol tiene siempre en su presencia.
Pero me obligo a alejar todo eso de mi mente, porque la picazón regresa a mis labios. Como si recordar el beso que dejé en su mejilla el otro día los hiciera arder.
Mis cuatro amigas esperan en el sofá, conmigo de pie frente a ellas y un mar de nervios en el pecho porque percibo a la perfección que ellas están sorprendidas con el plan de tarde.
Con que haya salido de mí el ímpetu por quedar todas y el hincapié que he puesto en que fuera aquí.
Daniela mira con curiosidad el vaso de refresco que sostiene entre sus manos, con tanta que podría parecer la primera vez que ve esta bebida, pero sé que es por lo extraño de que yo tenga varias botellas con ese líquido anaranjado en la nevera.
Laia se recoloca todo el tiempo ese flequillo en cortina al que aún no se ha acostumbrado, en un gesto que solo la he visto tener cuando la pueden los nervios.
Emma me mira tan fijamente que parece querer analizarme en profundidad, lo que hace que su «Te entendemos mejor que nadie, Oli» rebote con fuerza en mi cabeza.
Luisa solo sonríe, como si con su mirada vivaracha quisiera decirme que nada es tan importante.
—Cuando quieras, ¿eh? —me alienta Daniela, lo que hace que dé un respingo, pero también que deje de dar vueltas a los anillos en mis dedos. Ella arruga el ceño justo después de terminar con su trago de refresco—. Mmm, qué raro se me hace, ni sé cuándo fue la última vez que lo tomé sin vodka.
—¿Vodka con naranja? —salta Laia, que mira a su novia como si fuera un bicho raro—. El vodka es con limón de toda la vida.
—Amor, ni que nunca me hubieras visto mezclar un puto cubata.
La carcajada de Luisa resuena por todo mi salón.
—Anda, que cualquiera que os oiga, ni que bebierais tanto ninguna de las dos.
—Pone los ojos en blanco y, como si de Profiterol se tratase, se deja caer hacia atrás con suavidad, estirándose en mi sofá mientras un ronroneo sale de su garganta—.
Mira, lo de que apenas tomásemos azúcar estaba bien; es lo que más echo de menos de las giras ahora que no tengo a Vero para recordarme que no desayune napolitanas de chocolate cada día.
—¿No se te ha quedado ya la costumbre de comer sano? —Es Laia la que parece sorprendida.
—¿Y si nos centramos? —Para sorpresa de nadie…, esa es Emma.
Solo nuestra «chica lista» ha podido siempre mandarnos callar a todas cuando tocaba. Aunque no estoy segura ahora de que me guste, cuando los ojos de todas se giran hacia mí. Parece que lo que toca es que hable yo.
Juro que también era mi plan. Pero me cago un poco, para qué negarlo.
—Solo quería pasar un rato todas juntas y me pareció buena idea hacerlo aquí.
Así no hay que preocuparse de que nos reconozcan, de ocultar a Luisa…
o de que a Emma le aguante el wifi. —Ni siquiera mi broma sobre lo mal que le tira a mi amiga internet por culpa de tener mil dispositivos inteligentes conectados a la red hace que los cuatro pares de ojos que me observan se alejen de mí un segundo—.
Tarde de chicas, nada más. Sois vosotras las que le estáis dando importancia. Una importancia que no tiene.
Pero tampoco mi hincapié en ese «no» consigue nada. Bueno, solo que Daniela y Laia intercambien una mirada entre ellas, que la mueca en los labios de Luisa sea más de preocupación que una sonrisa y que Emma… haga eso :
—Venga, Oli…
Expulso todo el aire que no sabía que mis pulmones contenían. Mi barbilla cae hacia mi pecho a la vez que mi mirada baja al suelo. Pero siento cómo Profiterol se frota contra mis piernas.
Y cómo mis cuatro amigas se incorporan. Están preparadas para levantarse, para venir hacia mí al mínimo gesto que delate que me hacen falta. Están dispuestas a ayudarme si lo necesito.
Entonces exploto.
—He conocido a un chico.
Aunque no por donde creía.
Luisa abre la boca con sorpresa, Emma hace el amago de recolocarse en la nariz unas gafas que no lleva, Laia se muerde el labio para no sonreír y Daniela parece a punto de burlarse de mí por la manera en la que sus ojos brillan con diversión.
—Se llama Andrés —digo, aunque todavía no tengo muy claro qué estoy haciendo. Iba a hablarles de mi problema con la música, de verdad, esa era mi idea. Andrés es en realidad un secreto mucho más grande que cualquier duda.
Y supongo que mis amigas también deben ser conscientes de ello, pues ninguna de las cuatro contiene un gritito de emoción. Profiterol, que no tengo muy claro cuándo se ha colado en el hueco entre la tele y la pared, sale zumbando del salón ante el alboroto.
—Pero ¡sigue hablando, Olivia, por Dios! —dice Laia, que no puede evitar tampoco el hacer mil aspavientos con las manos. Solo la detiene que su novia atrape una de ellas con las suyas, aunque también para agitarlas.
La voz de «mamá gallina» es la que vuelve a elevarse sobre las demás.
—Sí, cuéntanoslo. O sea, ¿de dónde ha salido ese chico?
¿De dónde ha salido Andrés? Es una buenísima pregunta, pero porque no quiero que se vaya. Me reprendo un poco mentalmente por el lío en el que me acabo de meter…, aunque tampoco me arrepiento de haber comenzado. O eso creo.
No. Tengo que confiar más en mis decisiones. Sí, ha sido buena idea. Solo tengo que luchar, defender este embrollo al que me he lanzado yo sola. «Yo sola», pienso para mis adentros.
—Pues… no tiene nada que ver con nosotras.
Quiero decir, no está en la industria ni nada.
—Laia vuelve a gritar y juro que los ojos le hacen chiribitas.
Siempre ha sido la más enamorada del amor de todas nosotras.
Aunque me asusta un poco ligar a Andrés y al amor en la misma frase.
Un poco bastante, de hecho—. Pero, aun así, aunque no entienda muy bien cómo funcionamos aquí…
, me entiende, ¿sabéis? —Noto mis mejillas arder, y Daniela ya ha optado por taparle la boca a su novia con las manos—.
Somos amigos. Siento que puedo confiarle cualquier cosa, siento que es mi amigo de verdad.
—Hombre, gracias por lo que toca —me corta Luisa, aunque su sonrisa es tan pizpireta como siempre y sus ojos están llenos de esa diversión que siempre los desbordaba encima de un escenario.
Daniela le ríe el comentario, pero yo me apresuro a explicarlo:
—Quiero decir… vosotras sois mis amigas, obviamente.
Pero nosotras nos convertimos en amigas cuando no teníamos otra cosa, cuando estábamos todo el día juntas, cuando nos entendíamos como nadie más lo hacía.
Seguimos en… la vida de las demás, y me encanta, somos amigas de verdad , pero las circunstancias nos empujaron a ser amigas aunque ahora lo elijamos.
—Contengo la respiración como me gustaría contener lo que estoy a punto de decir, pero de perdidos al río—.
Siento que él me elige cada día. Y yo también lo elijo.
—Oye, por favor, esto es precioso, lo quiero —suelta a toda velocidad Laia cuando consigue librarse del agarre de Daniela durante apenas unos segundos.
—Pero ¡somos amigos! —me apresuro a concretar.
No quiero que piense lo que no es. Porque no lo es, ¿no?
Mi beso en su mejilla, cómo coge mis manos, la paz que siento en su mirada y en mi propio cuerpo cuando estamos juntos…
Somos amigos a pesar de todo lo que siento entre nosotros, aunque no lo digamos, o precisamente porque no lo decimos.
Porque de fondo hay algo más importante que va por delante de cualquier cosa y que fortalece nuestra amistad: cómo me apoya, cómo me escucha, cómo me ayuda.
Pero también está cómo me mira.
Y cómo lo miro.
No sé cómo lo hago, pero termino contándoles exactamente todo esto a mis amigas, que me miran con una mezcla de emoción y temor que refuerza lo que estoy a punto de decir.
—Pero que ya solo nuestra amistad es mucho lío, quiero decir… ya son muchos riesgos, ya es peligroso solo que… seamos amigos. Yo ahora mismo no podría…
Es Daniela la que me interrumpe:
—Tía, tú ve a por todo.
El «eh, eh, eh, eh» del resto no tarda en, a su vez, interrumpirla a ella.
—No te vengas tú tampoco tan arriba —la reprende Emma.
—Eso te iba a decir yo: relaja. —El tono de Luisa es divertido, aunque no consigue camuflar la tensión.
Pero Daniela no se amedrenta lo más mínimo, pone los ojos en blanco y rodea con un brazo los hombros de su chica.
—Vamos a ver, Laia y yo nos pasamos por el forro lo de las relaciones, encima entre chicas, y dentro del propio grupo —dice, apretando a su novia contra sí como si quisiera darle más fuerza a su postura—. La clave no está en no hacerlo, sino en que no te pillen.
Laia, movida más por el ansia de romanticismo que por venir el discurso de su pareja, no tarda en apoyarla:
—En eso Daniela tiene razón, mientras nadie se dé cuenta…