As It It’s Your Last Capítulo 6 #2
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Capítulo 6 #2

Olivia espera una reacción por mi parte ante todo lo que me acaba de contar, que se resume en que sus amigas no son tontas y ya se han coscado de que le pasa algo, vaya.

Así que me limito a contestar a su gesto serio expulsando suavemente por la nariz el aire que ni siquiera yo sabía que estaba conteniendo en los pulmones.

Cuando esta chica me habla de todo lo que se le pasa por la cabeza, es como si lo demás quedase fuera de una burbuja.

De nuestra burbuja. Siento que mi atención está solo puesta en ella.

—¿Por qué no pruebas a hablar con ellas como lo haces conmigo? —pruebo a sugerir. Porque, más allá de calmarla con respecto a que las demás «lo sepan», tampoco puedo hacer mucho más.

Después de todo, está claro que sacar fuera sus sentimientos la ayuda, ¿no? Al menos cuando soy yo su receptor.

Vamos a correr un tupido velo sobre la vergüenza que me provoca pensarlo, ¿vale? Ahora no tengo tiempo de ponerme colorado.

—Son quienes mejor te conocen —insisto a la vez que asiento para darle peso a mi postura. Ella misma me lo ha dicho mil veces, que rodearse de un grupo reducido de personas de confianza es lo que tiene.

—Ese es el problema.

Me fuerzo a ignorar el pinchazo que me producen sus palabras. A mí no me conoce tanto; yo no la conozco tanto. Por eso se abre conmigo. ¿Dejará de hacerlo cuando hayamos pasado más tiempo juntos?

Hey, Andrés, no es el momento de pensar en eso.

—Van a estar para ti, Olivia. Seguro. También han pasado por lo mismo que tú.

—Con mis manos, tomo la suya, esa con la que juega a tirar de un hilo suelto de la funda de un cojín.

No es la primera vez que lo hago, y sigue despertándome cierta inseguridad hacerlo ahora (por si la estoy leyendo mal y la incomodo, por si piensa que no debería sentir tal grado de confianza y me odia, por la propia vergüenza que me produce a mí el gesto), pero, al ver siempre cómo se calma y baja de nuevo a tierra, como si mis dedos arrastrasen a los suyos a modo de ancla, me obligo a anteponer ese hecho a cualquier hipótesis.

Sus anillos, de plata, están fríos contra mi piel, y yo me limito a acariciarlos—.

Quizá no sea fácil al principio, porque no estás acostumbrada a sincerarte con ellas.

Conmigo tampoco te abriste tanto hasta que no nos conocimos mejor, y cuando yo también te hablé un poco de mí. Más allá del primer día, claro.

El último apunte consigue sacarle una carcajada, pero noto que continúa dudando, por lo que sonrío. Quiero contagiarle el gesto y, como no estoy seguro de cómo conseguirlo, me limito a componerlo yo por ella.

De todas formas, su mirada dista mucho de la que vi aquel primer día, esa noche en la que el alcohol y la profunda tristeza fueron los que le soltaron la lengua.

Y sus ojos ahora no miran igual, no porque el vaso medio vacío que tiene delante solo lleve refresco de naranja, sino porque se ha permitido soltar lo que le aprieta el pecho y la mente cuando está sola.

Compartirlo no lo hace desaparecer y sé que sigue haciéndole el mismo daño…, pero creo que, de alguna manera, le regala calma el saber que, aun sola, no lo está de verdad.

Veo la duda en su mirada, cómo persiste ahí la posibilidad de ampliar esa red bajo sus pies.

Si le ayudaba contarle sus cosas a una bola de pelo que no le podía responder nada, si le ayuda hablarlo con una persona que no la conoce ni a ella ni a su mundo…

, ¿cómo le ayudaría el diálogo sobre sus inquietudes con varias personas que tan bien la comprenden a ella y a su contexto?

Por un momento, reconozco sentir envidia.

Me asaltan unos leves celos, ya no por dejar de tener exclusividad sobre sus miedos, sino por la conciencia de no ser suficiente y de no poder ofrecerle los consejos que ellas sí podrían darle.

Yo solo soy un chico del montón, un universitario que no destaca en su clase, un pringado que pasa las horas muertas en universos medievales inventados o con un mando de videoconsola en las manos.

Aunque son ahora los dedos de Olivia los que están en contacto con mis manos. Y me aprietan por unos segundos, indicándome que tiene una certeza. Una decisión le brilla en la mirada.

Pero no llego a saber cuál es porque un bufido me sobresalta de pronto. Me giro tras recuperarme del respingo solo para comprobar que Profiterol me mira con cara de malas pulgas a apenas medio metro de distancia.

¿Qué coño le pasa a este bicho conmigo? Dios, creo que me mataría si pudiera. Un momento, un momento, un momento… ¿Podría hacerlo? Joder.

La divertida risa de Olivia aleja todos los temores que puede producir el felino.

—Seguro que está enfadado porque me animas a contarle mis cosas a aún más gente que a él. Cada vez se ve más lejos de ser el único.

Sonrío por su broma, pero, sobre todo, por la manera en la que se muerde el labio inferior para no reír más. Por la forma en la que entrecierra los ojos. Por lo guapa que es.

Entonces, Olivia se levanta de golpe de su sitio a mi lado en el sofá, pero yo soy incapaz de apartar mi mirada de ella.

De una Olivia que, sin vergüenza alguna, me ha abierto la puerta de su casa con la media melena alborotada y un pijama de verano que, ahora, deja al descubierto sus hombros cuando los tirantes resbalan por sus brazos.

De una Olivia que, entre risas, persigue a Profiterol por todo el salón para intentar atraparlo y que juegue conmigo.

De una Olivia que consigue al fin abrazar contra su pecho a su gato, pero no contener las carcajadas que continúan saliendo de sus labios.

Y a mí solo me queda decidir que esta es mi Olivia favorita. Admitir que la Olivia que no está preocupada por la impresión que despierta y que no puede parar de reír es la que más me gusta de todas. Aunque no la única.

Cuando estoy a punto de irme, con Profiterol escondido en alguna parte de la casa después de forzarnos a los dos a establecer más que contacto visual y con mi bicicleta ya sobre el rellano de su bloque, vuelve a crearse entre los dos esa complicidad silenciosa que he notado otras veces.

A mi espalda, queda un espacio apenas iluminado por la escasa luz que nace del ascensor mientras que, frente a mí, Olivia, bañada directamente por la bombilla cálida sobre su cabeza, me sonríe de manera incluso más brillante.

No quiero irme, por eso no sé bien qué decir.

—Podrías quedarte a dormir… —insinúa Olivia, y no sé si me pone más nervioso la propuesta en sí o que ella también me quiera a su lado un rato más.

Siento cómo se me cierra la garganta cuando intento no balbucear.

—Es un poco tarde… —dice al mismo tiempo que yo empiezo a excusarme:

—Mis padres me estarán esperando en casa, y no sé qué les podría decir. —Me quedo en silencio, pero recupero sus palabras para añadirlas a mi argumento—. Ya es tarde.

Olivia asiente y yo también lo hago.

La miro y ella me mira a mí. Sus mejillas tienen el mismo color que noto subir por las mías, y sé que no lleva encima ni gota de colorete. La ausencia de palabras no es tan cómoda ahora como antes, pero tampoco siento la necesidad de tener que decir nada. No sabría qué decir.

Entonces, Olivia sonríe un poco más —sí, a mí también me sorprende comprobar que eso es posible— y da un paso hacia delante.

No me lo espero cuando posa sus labios contra mi mejilla, aunque tampoco me sorprende.

Ahora bien, cuando cierra la puerta, soy incapaz de moverme y siento aún más cómo mi rostro se calienta y el ritmo de mi corazón se acelera.

Buah, me ha dado un beso.

Al otro lado, dentro de la casa, escucho a Olivia hablar a toda velocidad mientras se aleja:

—¡Te tengo que contar una cosa! —imagino que se dirige a Profiterol, más aún cuando añade—: ¡Y no te va a gustar!