As It It’s Your Last Capítulo 6
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Capítulo 6

Compruebo la luz un par de veces en la pantalla de mi móvil antes de sacar la foto al bubble tea , exactamente igual que están haciendo también mis amigas.

Aunque se nota bastante que el local ha sido diseñado teniendo en cuenta la posterior creación de contenido de quien se pase por aquí, porque la iluminación es perfecta desde cualquier rincón y ninguna tiene que forzar un encuadre raro para evitar sombras extrañas.

Tampoco cuando nos tomamos las cuatro un selfi grupal.

Una vez que hemos verificado que a todas nos gusta, Luisa vuelve a arrastrar su silla hasta nosotras y a dejarse caer encima. Para las redes sociales, ella no forma parte de la quedada, aunque nunca se pierda una.

La conversación se reanuda también como si nada, como si no hubiera tenido ningún paréntesis, para luego poder compartir en internet una instantánea con la palabra «#publi» escrita en una esquina.

De hecho, yo aprovecho para dejar preparadas las stories mientras Laia está comentando algo de las referencias que está utilizando para el videoclip de su próxima canción; no siento la capacidad ni los ánimos de tener nada que aportar y así adelanto trabajo.

Estoy terminando de colocar un «en la mejor compañía» sobre la foto con las chicas cuando una notificación hace vibrar mi muñeca y aparece en la parte superior de mi pantalla.

Es Andrés.

Últimamente siempre es Andrés. Y mi sonrisa también aparece siempre con bastante rapidez.

El chico me envía una foto en la que se ve una mesa con material que no termino de entender, pero que supongo que es el que usa con sus amigos para sus partidas de rol; me dijo que había quedado con ellos esta tarde.

Le respondo con la que yo le he sacado a mi bebida y él me envía un sticker del personaje Envidia de Inside Out 2.

Contengo una carcajada y le deseo suerte en su partida, aunque no estoy segura de si el objetivo del juego es ganar o no.

Su estado permanece unos cuantos segundos como «en línea», pero, justo cuando lo veo cambiar a «escribiendo», la voz de Laia se dirige a mí:

—Olivia, tía, ¿por qué estás tan pegada al móvil? —La pregunta no está hecha desde la molestia, como también demuestran su pose relajada y la manera en la que la pajita de su bubble tea está entre sus labios, pero eso no evita que yo dé un respingo—. Últimamente estás como… ausente, ¿no?

—Sí, tú no eres de las que está todo el rato enganchada —añade Daniela, que tiene un brazo alrededor de la silla de su novia y me mira con sus ojos de iris clarísimos cargados de curiosidad.

Y yo no sé muy bien qué responder, sobre todo porque noto toda la atención de Emma y Luisa también sobre mí.

No quiero contarles ni que me incomoda hablar de música… ni que hablo con Andrés.

Así que decido optar por algo que he aprendido a hacer con los periodistas gracias a todos estos años: salir por la tangente. Evitar la pregunta. Hacerme la loca, vaya.

—Qué va, qué va, solo estaba adelantando ya lo de la colaboración de esto. —Levanto el vaso de plástico reciclado que tengo en la mano—. Para dejarlo hecho para subirlo en un rato, ya sabéis. Sin más.

—No, pero es verdad que estás un poco como a otro rollo, no solo hoy —me interrumpe Emma, para quien no tiene ningún efecto mi sonrisa risueña y mi voz suave en una excusa rápida.

Como si quisiera buscar una salida, echo un vistazo discreto a mi alrededor.

No me tranquiliza mucho comprobar que la sala del establecimiento en el que estamos es un reservado lleno de influencers y otras personalidades que también han querido probar el local de moda o que han sido invitados a ello.

Y tampoco ayuda que Luisa tenga ahora la vista en el suelo mientras mordisquea su pajita. Me recuerda a la conversación que tuvimos cuando nos quedamos solas en la videollamada —¿estará también pensando en ella?— y a que es un gesto que he podido ver en Andrés. ¿Qué le diría a él?

¿Por qué no consigo encontrar las palabras para compartir con otras personas cómo me siento?

—¿Todo bien? —insiste Laia, casi temerosa. Me apresuro a menear la cabeza de lado a lado, queriendo quitarle importancia, aunque soy consciente de que mi rostro no muestra la alegría fingida de otras ocasiones. Por eso fuerzo mi mensaje con palabras:

—Sí, sí. Todo bien. De verdad.

Veo cómo las cuatro se miran entre ellas con preocupación, pero —por fin— dejan de insistir. En realidad, ha sido corta, pero la he sentido como una conversación eterna.

Aunque la tranquilidad es también igual de breve, pues, tras un escueto intercambio de impresiones sobre las bebidas azucaradas que estamos tomándonos, es Daniela la que tiene a bien recordar el incidente del evento.

—Oye, lo del otro día con la marca esa de joyas, ¿qué fue? No entendí bien que lo cortase Vero —inquiere con el ceño fruncido—. O sea, sí que no era el momento para preguntar, pero realmente tampoco era para tanto, ¿no? Se estaban interesando por ti, y eso siempre está bien de los medios.

Me encojo de hombros, aunque los ojos de Emma sobre mí me hacen dudar de si es capaz de ver lo tensa que me siento.

—Tal cual eso, no fue como para que la gente le diera tanto bombo; solo no era el momento. Vero intervino…, ¿cómo podía haber esperado a que lo dijera yo o, incluso, alguien de la marca que no quisiera salirse del evento en sí?

Esto parece que lo salvo mejor, y el resto de la tarde es más similar a la normalidad que nos rodea juntas.

Cuando estamos juntas y se forma esa pequeña burbuja de anécdotas que solo entendemos nosotras.

Más allá de la música y las conversaciones que podamos tener sobre nuestros trabajos, si algo nos une a las cinco es todo el tiempo que hemos compartido desde que éramos unas crías de instituto.

Y, a veces, rememorar con ellas es lo único que me hace sentir solo una chica con sus amigas, solo una chica en sus veinte. Solo Olivia.

—¿Hablamos un momento?

Es la voz de Emma la que me detiene cuando ya tengo un pie fuera del local y, frente a mis ojos, Laia y Daniela caminan ya hacia el Unknown Car que las llevará a casa; Luisa continúa dentro del local, haciendo tiempo por si alguien nos reconoce al salir, aunque la puerta de esta sala no sea la misma que la general.

Mi amiga, la que me mira con sus ojos pardos tras unos cristales sin graduar, apenas me da tiempo de mascullar un «claro» antes de soltar lo que quiere decirme:

—Nosotras estamos para lo que necesites, ¿vale?

Te lo recuerdo, aunque no creo que se te haya olvidado.

—Su voz tiene ese mismo tono que siempre ha usado en su faceta de mamá gallina .

Porque, más allá de que Plash encarnase el rol de responsable, Emma siempre ha sido bastante resolutiva, paciente, la que llamaba al orden y la calma del resto del grupo.

No debería sorprenderme que sea ella la que esté haciendo esto, forzándome a tener esta conversación—.

Nos tenemos las unas a las otras, siempre ha sido así.

Y siempre lo será. Te entendemos mejor que nadie, Oli.

«Oli». Hacía años que nadie me llamaba así, y algo se aprieta dentro de mi pecho cuando Emma lo saca a relucir. Noto que mis labios tiemblan el uno contra el otro —porque en algún momento he debido decidir fruncirlos— y la congoja me aprieta la garganta.

No quiero llorar ni tampoco sincerarme, pero no sé cómo evitar ninguna de las dos en este momento. Me siento como cuando alguien pronuncia un «¿estás bien?» y no lo estás. Te rompe por dentro más que cualquier otra cosa.

Emma continúa mirándome, y yo a ella, pero no insiste más. Creo que ha comprendido que no estoy bien, pero quiere darme mi espacio… Por eso se limita a dejar una caricia en mi mejilla y se aleja también hacia el Unknown Car que acaba de llegar.

Cuando el mío me deja en mi propia casa, observo con detenimiento las fotos que voy a subir a Instagram como post . No porque haya mucho que ver en la foto de mi bebida con tapioca o en la que comparto con las chicas; es en la que estoy sola la que me preocupa. Bueno, tampoco es eso en realidad.

No me preocupa esa foto; no me preocupa ninguna foto.

Me preocupa mi propia imagen. La que transmito a los demás, sea en persona o mediáticamente.

Me preocupa esa Olivia que ha hecho saltar las alarmas de sus amigas; me preocupa que se me note tanto, que alguien se fije en que no estoy bien.

Miro mi sonrisa en la pantalla, dulce y divertida, y me siento una impostora.

Una impostora en una vida de aparente ensueño. Una impostora en una carrera de aparente éxito.

Publico el post y también subo algunas más a stories , pues es por el doble formato por el que me han pagado desde el local.

En la instantánea que elijo con las chicas, pongo una canción de Girl-lies de fondo.

Una enérgica, movida, alegre. Quiero dar eso, imagen de felicidad, de unión. Como siempre.

Girl-lies siempre ha sido eso. Yo siempre he sido eso. Aunque haya terminado de dejar a punto la story con el móvil silenciado para no escucharme junto a las chicas, no sé desde cuándo me alteran nuestras canciones, pero lo hacen.

Ya estoy cenando —también de una colaboración, pero las fotos de esto las subiré otro día para no sobrecargar de contenido y para que una promo no opaque a la otra— cuando Andrés me escribe.

Ha terminado la partida de rol justo ahora porque se ha alargado.

«Como el día que nos conocimos», me dice.

No me lo pienso dos veces y le invito a que venga.

La bicicleta de Andrés no tarda más de treinta minutos en estar apoyada contra la pared de mi salón.