Capítulo 5 #3
Creo que mi silencio es suficiente respuesta.
No, no se lo he dicho. Claro que no. Igual que tampoco le dije que estaba asustada con la separación del grupo.
Igual que no le he hablado del agobio que siento ahora con mi carrera.
Igual que no comparto nada con nadie más. Solo con Profiterol. Y con Andrés.
Doy un pequeño respingo cuando algo me golpea en la rodilla: Andrés ha terminado su hamburguesa, ha hecho una bola con el papel que la rodeaba y me lo ha lanzado.
Sonrío y se lo tiro de vuelta. Le golpea en el pecho y finge que le he hecho tanto daño que no solo pone muecas y da grititos, sino que también se tumba boca arriba en el suelo.
Me río y él guiña un poco los ojos cuando mira al cielo, pero se queda en esa posición.
Cuando alcanzo el paquete de patatas fritas, vuelve a hablar:
—He sido monitor de campamento varios años en verano —empieza a contarme, retomando el tema inicial sin que se lo haya pedido—.
Los niños son divertidos y me lo pasaba genial preparando juegos para ellos o contándoles cuentos cuando nos íbamos de acampada, pero también acababa reventado, la verdad.
Aunque no más que cuando María desayuna churros con chocolate.
—Vuelvo a reírme y Andrés me señala con un dedo—.
No es gracioso, el azúcar altera la química del cerebro de los niños o algo, te lo juro, es una locura…
¿Y en mis ratos libres? Pues tampoco nada del otro mundo.
Juego a videojuegos; me encantan los videojuegos.
También quedo con mis amigos. Y, no te lo vas a creer, pero…
jugamos a videojuegos. —Reímos a la vez y Andrés se acomoda en el suelo, repanchingado como si fuera el salón de su casa—.
Aunque diría que jugamos incluso más a rol. Somos una panda de frikis .
No puedo evitar esbozar una pequeña sonrisa, ya que detrás de su frase se intuye una gran cantidad de cariño.
Sus amigos son importantes para él; los menciona constantemente.
Incluido Marcos, aunque diga que todo es raro entre ellos.
Me gustaría preguntarle, pero no quiero incomodarlo; a mí no suele sentarme bien que me pregunten por temas de los que en realidad no quiero hablar.
El papel de mi hamburguesa termina dentro del paquete de patatas fritas cuando acabo con la última y me dejo caer al lado de Andrés una vez que lo he apartado todo a un lado. Noto cómo él me mira por el rabillo del ojo cuando me tumbo, pero no aparto la mirada del cielo.
—¿Sabes que jamás he jugado a rol? Y a videojuegos muy poco también.
Lo oigo reír.
—Vamos, que a poco que diga te sonará a chino y quedaré aún más friki que normalmente.
Está bien saberlo. —Pongo los ojos en blanco y él vuelve a reírse—.
Yo empecé a jugar a rol con Marcos. Vimos algún vídeo por internet y nos llamó la atención.
Es divertido. Aunque es mejor cuando la situación con tu mejor amigo no está como…
—Andrés levanta un brazo y finge sujetar un cuchillo a lo Psicosis de Hitchcock mientras entona la canción mítica con los dientes apretados—. Tensa, podríamos decir.
—¿No lo habéis hablado? Me has dicho que ya no te gusta, ni te incomoda que tenga novio. Igual podéis solucionarlo solo diciéndoos cómo os sentís. Si sois tan amigos como dices, no suena a que tengáis que dejar de serlo por esto.
Andrés se pasa una mano por la cara y, antes de que su pulgar llegue a estar siquiera cerca de sus labios, ya sé que no tardará en morderse las cutículas.
—Así, en general, no lo he hablado con nadie…
, solo contigo. —Siento un calor agradable en el pecho cuando dice eso—.
Después de todo, siento que es culpa mía.
Que fui un pardillo y tal. No me hace sentir muy cómodo el tema.
—Gira su cara hacia mí y me pongo nerviosa al darme cuenta de que yo ya llevo un rato mirándolo a él—. Tú también me estás siendo de ayuda.
—Eso me hace sentir mejor —confieso en un susurro. Nada me gustaría menos que… que todo esto fuera unidireccional. Que solo yo sintiera en nuestra amistad un amago de cobijo. Me gusta mucho sentir que sí, que soy su amiga, que él es mi amigo.
Nos miramos durante unos segundos más y, como ha pasado en otras ocasiones, no se siente nada incómodo. Al revés.
—Me llama lo del rol —digo de repente, después de que Andrés me explique algunas normas básicas—. Es jugar a ser otra persona.
—Un poco.
Y, de nuevo, nos quedamos en silencio. Como si lo que acabo de decir pesara en el aire, lo hiciera denso. Como si los dos estuviéramos pensando en la implicación de que nos resulte atractivo el concepto. Que me lo resulte a mí.
Cuando el cielo comienza a dejar de estar tan soleado y el primer dígito del reloj de pulsera de Andrés ya ha llegado a cambiar, nos decidimos a recoger lo que casi parece un campamento improvisado. Y ya tenemos todo a punto cuando él tiene una gran idea. Bueno, o lo que nos lleva a ella.
—¿Quieres llevar tú la bici de vuelta?
—No sé montar en bici.
—¿Qué? ¿En serio? —Su cara refleja el mismo gesto de antes, el que está a mitad de camino entre la diversión y la sorpresa. Y sí, es ahora cuando lo de la gran idea—: ¿Quieres intentarlo?
Juro que es divertido. Muy divertido. Andrés me ha dado unas cuantas indicaciones, me ha dejado subir y me ha ayudado a pedalear con él pendiente de agarrarme a mí o a la bicicleta por si perdía el equilibrio.
Ahora me dedico a probar, a avanzar hacia delante.
No es difícil, no tanto como pensaba. Y no me da el miedo que pensaba que me daría.
Aunque dura poco, porque no dejo de ser una novata y termino por caerme. Andrés corre hacia mí y me ayuda a levantarme sin dejar de repetir, como un disco rayado, que lo siente y que ha sido una mala idea; pero yo solo puedo reírme.
Juntos, llegamos a mi casa en un Unknown Car ; él flipa un poco con el concepto, por cierto, ni sabía de su existencia, ni es cliente habitual de taxis o servicios de movilidad similares.
En mi caída, me he raspado bastante la rodilla y, aunque ya no me sangra, Andrés continúa igual de pálido ahora, mientras me la cura, que al verla cuando me levanté del suelo.
Y recuerdo protestar siempre cuando mi madre me ponía Betadine en una herida, pero ahora lo encuentro muy distinto.
Estoy sentada en la mesa de mi cocina y Andrés ha rebuscado en mi botiquín hasta conseguir lo que consideraba «imprescindible para esta situación».
Esto es el poso que le ha quedado de ser monitor, seguro.
Pero no me siento una niña mientras me cura. Me siento bien.
Incluso con Andrés tenso porque Profiterol no deja de mirarlo mal desde lo alto de la campana. Aunque imagino que no es solo por eso, y pronto me lo confirma.
—Lo siento mucho, de verdad, Olivia. Es que ha sido una idea malísima. Malísima.
Sigue en el mismo bucle que en el coche, y eso que ya está terminando de ponerme el esparadrapo. Pongo mi mano sobre la suya para detener su movimiento, pero también para frenar la velocidad a la que seguro que va su cabeza. Él me mira.
—Me lo he pasado genial, Andrés.
Yo también le miro y veo cómo su gesto se relaja. Continuamos en esta posición, conmigo en la mesa y él de pie, con mi mano sobre la suya, con nuestros reflejos en las pupilas del otro, hasta que sus hombros también bajan y una pequeña sonrisa surca sus labios. Y los míos.
—Yo también me lo he pasado genial.
Creo que yo podría seguir exactamente como ahora un rato más, pero mi teléfono móvil suena a todo volumen y los tres —Profiterol incluido— damos un respingo. Para sorpresa de nadie, la persona tras la llamada es Vero.
Andrés se aleja de mí y, mientras hablo con mi representante, veo cómo intenta acercar un par de dedos hasta mi gato…, pero también cómo los aparta a toda velocidad cuando recibe un bufido.
—Mañana preparada a primera hora —dice Vero directamente en mi oído, y tengo que contener una risa cuando Profiterol vuelve a bufar y Andrés se acojona al verlo saltar al suelo y echar a correr—.
Lo de esta mañana sirve para que los fans teoricen y dar un poco de qué hablar…
, pero ya. Ya hay varios medios asegurando que puede ser solo para distraer por las acusaciones del otro día.
No me sorprende en absoluto. Tampoco que no adjunte más mensajes cuando me envía el enlace al perfil de Spotify de la artista que me ha mencionado minutos antes. Por eso, en completo silencio, Andrés me ve compartiendo una de sus canciones en una story .
—Voy a estar en el estudio con ella la semana que viene —le explico, porque no pregunta, pero veo los interrogantes a punto de brotar de su cabeza como si fuese un personaje de dibujos animados—.
Así, para cuando suba alguna foto con ella entonces, parecerá que salió de mí trabajar juntas y que me llamó la atención lo suficiente como para dejarme pensando en que sería interesante probar algo las dos.
—¿Y van a llegar a esa conclusión solo por esta story ?
—La semana que viene sí.
Andrés sigue con su expresión de duda hasta que se le escapa una sonrisa que grita «no entiendo nada» y ambos nos reímos. Y bromeamos sobre «lo difícil y enrevesado» que es todo. Aunque no es solo una broma, en realidad.
Entonces le acompaño a la puerta y siento la misma intimidad que en otros de nuestros silencios anteriores. Con su mirada en la mía y la mía en la suya. Como si no supiéramos bien qué decir, y creo que es verdad que no lo sabemos.
—Buenas noches, Olivia —termina diciendo, a lo que yo solo puedo replicar con un:
—Buenas noches, Andrés.
Compartimos una última sonrisa y, cuando cierro la puerta, me quedo unos segundos apoyada en ella. Unos segundos muy largos. Y no es hasta que me enderezo que escucho también pasos por el rellano, alejándose de mi puerta y dirigiéndose al ascensor.