Capítulo 5 #2
Soy consciente de cómo avanzan los minutos gracias al reloj en la pared, de la misma manera que se nota cómo los ánimos van decreciendo a pasos agigantados.
Ellos intentan quitarle importancia a que no sepa qué contar, como si tener la motivación de hacerlo fuera suficiente cuando no sé qué decir.
Finjo que no me preocupa —seguro que ellos también lo fingen— y dejo que charlemos sobre la música, sobre géneros y sonidos.
En Girl-lies, el éxito nos lo dio el recuperar el casi desaparecido pop rock mientras apelábamos a un público genérico: era música comercial, que gustaba a diversos grupos de edad y con ritmos que a todo el mundo le hacían mover los pies.
Me gustaba y me gusta lo que hacíamos, pero no estoy segura de si quiero seguir defendiendo lo mismo cuando, además, Dani ya está explotando también ese estilo musical, aunque endureciendo el tono y dejándole más espacio al rock .
Mili se ha asentado en el pop, pero dándole un toque extra de sensualidad en las letras y coqueteando a menudo con influencia de otros sonidos, como el reguetón o la electrónica.
Y Plash tiene un estilo más íntimo, libre de sintetizadores y con mucha presencia de su voz sin arreglos, haciendo lo que le da la gana bajo la percha del indie folk .
¿Por qué han sabido encontrar lo que las define tan bien mientras yo sigo sin tener ni idea de qué camino escoger? ¿Por qué yo no tengo ni idea?
Aunque esto ni siquiera me preocupa tanto, no cuando sigue rondando por mi mente la idea de que estoy segura de que quiero contar cosas, pero no sé cuáles.
Creo que no me importa cómo adornarlo, su forma, porque siento que toda la música me gusta.
Lo que quiero es que mis canciones griten que son mías porque yo hablo en ellas.
Sin embargo, no tengo mucho más tiempo para seguir comiéndome la cabeza con eso, porque Vero irrumpe en el estudio con su inseparable carpeta contra el pecho y el teléfono móvil en alto.
—¿Qué tal? —Pero yo sé que sabe la respuesta solo con el barrido visual que hace a la sala, en la que los tres estamos sentados en una mesa con cara de circunstancias—.
Tus fans ya han visto tus seguidos de Instagram y los han sumado a la story , así que X está cargadito de gente teorizando que estáis trabajando en música. Objetivo mínimo del día, conseguido.
Antes de que pueda darme cuenta, ya estoy de vuelta a mi casa, hasta donde Vero me ha acompañado en silencio después de unas breves y rápidas preguntas de rigor.
Para confirmar que no ha ido bien y para asegurarse de que yo sí lo estoy.
Solo puedo pensar en lo de «no hacer nada», en esa idea agobiante que me ha asaltado, ese miedo a no saber qué contar porque realmente no tengo nada que contar.
Profiterol me recibe con uno de sus exagerados maullidos desde lo alto de la estantería de especias de la cocina, donde ha decidido que es buena idea espatarrarse.
Me limito a acariciarle la barriga después de llenarme un vaso con agua del grifo.
Y ya todo eso lo hago con el móvil en la mano y Pinterest abierto.
De aquí la gente saca ideas, ¿no? Me dedico durante un rato a saltar de unas fotos aesthetics a otras, incluso mientras cocino algo rápido; también mientras me lo como sentada en la mesa de la cocina, con mi gato jugando con los cordones de mis zapatillas.
Ni siquiera lo he pensado dos veces cuando llamo a Andrés por teléfono.
—¿Tienes coche?
Al final llega hasta mi casa en bicicleta.
Pero no me importa, porque para entonces yo ya tengo una gorra incrustada en la cabeza y dos hamburguesas bien colocadas dentro de una mochila gigante que alguna marca me envió en algún momento hace meses; irónicamente, creo que era de productos altos en proteínas para después de ir al gimnasio.
La parte en la que los dos nos vamos a las afueras de la ciudad a buscar un descampado subidos en la misma bici me la voy a saltar, porque me da vergüenza comentar cómo se me para el corazón en cada desnivel del suelo o cuando Andrés se detiene en un semáforo.
Casi tanta como la que me produce el tener que rodearlo con los brazos para no caerme de bruces.
Pero lo conseguimos. Damos con unos cuantos metros de hierba frente a los que solo está la parte de atrás de unas naves industriales antes de que comience la carretera que te saca de la civilización.
Y, cuando los dos bajamos los pies al suelo, las mejillas de Andrés están llenas de color, aunque no me pregunto si hay otro motivo tras ello que el esfuerzo de pedalear: estoy muy ocupada mirando sus pecas y pensando que muchas de las responsables de maquillaje que han pasado por mi vida estarían deseando ocultarlas todas.
—Le has echado imaginación al plan —bromea solo cuando ya estamos sentados en el suelo y agarra con las dos manos su hamburguesa.
Dice algo sobre que me debe un bizum y yo le quito importancia con la mano.
Tiene los labios manchados de salsa barbacoa y me cuesta un poco desviar la mirada de ellos—.
Reconozco que nunca había pillado la bici para irme a tomar por culo a comer una de estas.
Sonrío porque me gusta que los dos estemos haciendo algo nuevo: mi objetivo era conseguirlo para mí, pero, si él también se divierte mientras me ayuda, me gusta aún más la idea.
Le acerco el paquete de patatas fritas y juro que se le iluminan los ojos solo de verlas, aunque no suelta su lata de refresco de naranja.
Sí, me gusta haber acertado con lo de venir aquí con una mochila cargada de comida basura de mi establecimiento favorito.
—¿Cómo es tu vida? —le pregunto entonces, porque esta es la segunda parte de mi plan—. Qué es lo que haces cada día, quiero decir. Lo que haces en tus ratos libres, qué consideras tus tareas…
Andrés me mira con curiosidad mientras hace desaparecer una patata frita muy lentamente entre sus labios.
Veo cómo se piensa su respuesta, aunque con una mueca que me hace sospechar que no termina de pillar mi interés en algo tan banal.
Pero es que para mí no lo es. De hecho, para mí es más extraordinaria que banal su faceta de anónimo y estudiante: dejé de ser lo primero a los trece años y lo segundo a los dieciséis.
Me produce genuina expectación tanto el saber sobre esas partes de él como el comprobar qué destaca de su vida para responderme, qué considera reseñable dentro de lo cotidiano.
Igual me ayuda a aprender a verlo en mi propio día a día o descubro cómo mirar mi vida de cara a mis canciones.
—Pues… normal, supongo. Cuando tengo universidad, mi rutina es la de ir hasta la facultad por las mañanas y volver a casa a mediodía si tengo la suerte de no tener clases por la tarde.
Pista: no me suele pasar. —Escondo una sonrisa detrás de mi propia hamburguesa.
Me gusta mucho cómo habla Andrés. ¿Podría escribir canciones expresándome así?
—. Entonces, me quedo a comer en la facultad; tenemos una zona habilitada para eso.
Y ya en casa, pues hago los trabajos, estudio…
y juego con María. —Andrés para un momento para beber y yo me pregunto si será consciente de cómo se le ilumina la mirada cuando habla de su hermana—.
Le saco bastantes años, pero le encanta jugar conmigo. Sobre todo que la peine.
—¿Que la peines? ¿Tú a ella? —pregunto divertida y, durante unos segundos, tengo que esforzarme para no reír, porque me imagino la estampa al contrario, con una revoltosa niña de siete años insistiendo en llenarle el pelo de horquillas.
—Sí. Le hago trenzas o coletas mientras vemos alguna peli. A veces probamos algún tutorial de TikTok y suele ser un despropósito.
Ahora no me contengo y se me escapa tal carcajada que Andrés me mira entre sorprendido y divertido. Y yo decido que me encanta ese gesto: su sonrisa de lado al mismo tiempo que alza ligeramente una ceja y también frunce un poco el ceño.
Nunca he sido una persona considerada graciosa, pero me resulta reconfortante sentir que se lo parezco a alguien.
—Tú no tenías hermanos, ¿no? Y vives sola.
—Eso es.
—Oye, y… ¿cómo es que vives sola? —Su gesto se ensombrece un poco tras la pregunta, justo antes de añadir—: Si no es mucha indiscreción.
Me refugio unos segundos en mi hamburguesa. La verdad es que está buenísima, y la comida siempre lo hace todo más fácil.
—No hay ningún motivo realmente, nada raro ni especial.
Solo que, cuando cumplí la mayoría de edad, y con el ritmo de vida que tengo, mi madre pensó que igual era mejor dejarme a mi aire.
Podía mantenerme sola y mi agenda solía ser un caos, así que…
—Me encojo de hombros, pero Andrés no parece interpretarlo como yo querría; no siento que le quite importancia.
Más bien al contrario, pues me mira expectante, como si esperase que continuara hablando.
Y eso hago—. No me quejo, creo. Sí que es cómodo no tener que compartir espacios o poner en común planes y eso, pero, bueno…
A veces sí que me siento un poco sola. No me importaría volver a vivir juntas; al revés.
También ella tenía por fin pareja, y entendí que pudiera querer estar con él.
—Yo no sabría vivir sin mis padres —dice entonces Andrés—.
Quiero decir, está chulísimo cuando de pronto se van por ahí de vacaciones un finde, y si se llevan a María con ellos…
más aún. Pero no sé si estaría preparado para estar siempre solo.
No por madurez o así, más bien… ¿emocionalmente? No sé cómo explicarlo.
—Ya, te entiendo… Todo el proceso de terminar Girl-lies fue complicado; bueno, viví sola el cambio. Llevaba independizada un año.
—¿Estuviste sola entonces? Guau. —«Sí, guau», pienso para mis adentros—. ¿Y nunca se lo has dicho a tu madre? Lo de que te molaría volver a vivir juntas, digo.