As It It’s Your Last Capítulo 5
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Capítulo 5

El reflejo que me devuelve el espejo cuando me levanto no me muestra mi mejor versión, precisamente.

Tengo bastante mala cara, con los ojos hinchados y una nada despreciable cantidad de ojeras; me ayudó bastante la presencia de Andrés, pero me costó mucho quedarme dormida.

Y preferiría decir que fue todo solo por saber que estaban hablando mal de mí —la incertidumbre ha podido conmigo otras veces en este aspecto—, pero esa no es la verdad.

La verdad es que no pude mantenerme al margen y terminé buscando mi nombre en internet cuando me quedé sola. O, lo que es peor…, en X.

Es la peor idea del mundo, una idea horrible porque jamás es buen plan buscarse a uno mismo en esa red social.

Pero lo hice. No sé si pensaba que me daría algún tipo de paz comprobar que «no es para tanto»; no sé si algo dentro de mí creía que no podía leer nada tan horrible si lo que había pasado tenía poca relevancia.

Supongo que a veces no es necesario que algo tenga importancia para ponerse a teclear sobre ello.

Cuando apagué la luz y me tapé la cabeza con la almohada, en lo único que podía pensar era en que me sentía esa niña de la que hablaban los medios de comunicación. Y que me aterraba darles la razón a los de X en septiembre si llegaba al punto en el que mi música tenía mi voz, pero no mi verdad.

Sin embargo, todo eso ahora no importa. Lo que importa ahora es que mi cara no puede tener esta «mala imagen» en este momento.

Con ayuda de una esponjita, me aplico mucha base en la cara y rebusco en mi neceser hasta dar con el labial más vistoso de mi colección.

Si la atención se la lleva toda mi boca, no quedará nada para la zona que rodea a mis ojos.

Y, como si nada, cuando termino de arreglarme comparto en stories una foto que le saqué antes a mi desayuno.

Apenas diez minutos y un beso a Profiterol después, estoy sentada en un Unknown Car junto a Vero.

Mi representante revisa la pantalla de su teléfono mientras mi mirada está fija en la mampara oscura que nos separa a ambas del conductor o conductora que nos lleva a destino.

Un destino que me tiene al borde de morderme las uñas.

En realidad es una forma de hablar; nunca me he mordido las uñas. Pero estoy pensando en que Andrés siempre ataca sus cutículas cuando está de los nervios. Creo que pensar en él me calma un poco.

—Es solo una sesión de composición, te has juntado con otros artistas más veces. —«Y mira cómo han terminado», me contengo de replicar, pues Vero no tiene la culpa de que yo sea un desastre—. Aquí están sus usuarios de Instagram; aprovecha para ir siguiéndolos.

Me tiende su perenne carpeta, sobre la que lleva un folio con mucho texto que no me molesto en mirar, porque sé que mi vista debe ir hasta la zona rodeada con bolígrafo rojo. No me equivoco, y hacia la mitad de la hoja están los datos que me ha mencionado Vero.

—Si no sale nada —dice entonces, en referencia a la sesión de composición—, al menos les daremos algo de lo que hablar.

Sé a lo que se refiere. Nunca pasa demasiado tiempo desde que yo sigo a una nueva cuenta hasta que alguien se da cuenta de dicho movimiento online .

Las teorías sobre el motivo del follow estarán servidas en minutos.

En casos como el de hoy, siendo también artistas, esas teorías serán jugosas: ¿estaré escuchándolos últimamente como inspiración?

¿Serán gente con la que estoy trabajando?

¿Una colaboración? Y no importa que no vayamos a confirmar ninguna; lo interesante es que haya movimiento mediático, que se hable de mí en calidad de profesional de la música.

El mundo de la música está cada vez más salpicado por las apariencias de las redes sociales, por eso lo primero que hago al pisar el estudio es subir un selfi junto a un micro y haciendo el tonto con un boli y una libreta.

Al fandom le encantan mis fotos en el estudio, casi tanto como a mi discográfica cuando los tuits sobre el tema no tardan en llegar.

Mientras tanto, yo sigo ansiosa. La última vez que me junté con gente en un contexto como este fue hace dos meses.

Acabé llorando tras no llegar a nada, con muchas opciones sobre la mesa y ninguna al mismo tiempo.

Vero decidió que había sido suficiente cuando la tensión me hizo perder la capacidad de respirar y ha estado hasta hoy posponiendo volver a trabajar activamente en música con la excusa de «Ruki está buscando influencias por su cuenta», «tiene un pequeño bloqueo creativo y es mejor no agobiarla forzándola a componer», «le he conseguido unos acuerdos con marcas muy interesantes para su imagen digital; ahora a la gente le gustan los artistas que también son activos en redes, no pasa nada por tardar un poco más en la música si es para labrarle un perfil potente».

Imagino que el ultimátum con fin en septiembre y lo que pasó ayer ha precipitado que yo vuelva a estar aquí.

Aunque, por cómo me miran Raquel Monte y Rodrigo Frías —los dos artistas que tengo delante y que son integrantes de un grupo llamado El Mal Día—, creo que Vero los ha puesto sobre aviso de que deben tener un poco de paciencia conmigo.

Solo eso explica que sus ojos, cuando están sobre mí, muestren una mezcla entre compasión, cariño y pena.

Y lo cierto es que ni siquiera me entristece o cabrea, sino que me avergüenza.

Sé que es normal que unos artistas se apoyen en otros para desarrollar sus canciones, en especial si están empezando…

, pero no creo que la mayoría necesiten que tiren tanto de ellos como yo.

—¿Cómo te gustaría sonar? ¿Tienes claro qué sonidos quieres incluir, por qué género te quieres mover?

—tantea el terreno Raquel, cuyas múltiples pulseras crean su propia melodía con el movimiento de sus manos.

Supongo que así son los artistas de verdad: rezuman música en todo lo que hacen—.

He traído algunas bases que tenía en mi ordenador por si nos sirven de guía.

Tanto para ver si te molan como para descartar lo que tienes claro que no quieres hacer.

Su voz es más grave de lo que esperaba por la sensibilidad que me transmitían las fotos de su cuenta de Instagram y lo suave de sus rasgos.

Tendrá unos treinta años y en el Unknown Car me ha dado tiempo a leer en internet que, además de componer para su grupo y ser también soporte de otros artistas, es vocalista y toca el bajo.

La envidio, la envidio muchísimo. En Girl-lies era la única que no tocaba ningún instrumento y creo que ahora mismo me ayudaría saber al menos cacharrear con alguno.

Aunque también he descubierto que Rodrigo tampoco toca, pero sí que compone al mismo nivel que su compañera… y forma parte de otro grupo —Mi Amor—, junto a dos chicos más. Es él quien me habla ahora:

—O también podemos hablar antes de las letras —dice, no sé si por mi silencio a la sugerencia de Raquel o porque genuinamente le parece una buena opción el hacerlo así—.

Nosotros trabajamos con artistas que prefieren definir primero el tipo de canción, pero otros le dan más importancia a saber qué quieren contar o…

Hay muchas maneras de hacer lo mismo. Depende de cada uno. ¿A ti qué te parece mejor?

Me encantaría saber responder a su pregunta. Y a la de Raquel, y a todas las que me imagino que ambos tienen en la punta de la lengua. Pero de verdad que no tengo ni la más remota idea de qué puedo decir. ¿Qué puedo contar? ¿Cómo quiero sonar?

—No lo sé —confieso con un susurro que parece casi un resoplido por haberlo dejado salir a la vez que un suspiro.

Raquel y Rodrigo mantienen su mirada sobre mí apenas unos segundos antes de buscarse el uno al otro. Como si llegasen a un acuerdo tácito solo con los ojos, cuando vuelven a girarse hacia mí, lo hacen al mismo tiempo. Pero me da miedo lo que puedan decir y hablo yo:

—Yo solo quiero… contar cosas —digo con la voz temblorosa y los nudillos blancos de apretar las manos en puños—. Cosas de mí.

Los que son ahora mis compañeros asienten y ella me sonríe.

—¿Se te ocurre algo que quieras contar? Podemos trabajar con lo que quieras y ver qué sale.

—No tiene por qué funcionar desde el minuto uno; a veces es divertido componer algo solo para nosotros, sin pretensiones de que lo escuche nadie.

¿Jugamos un poco con alguna anécdota cotidiana?

Igual sirve solo para desbloquearnos el cerebro, o igual nos mola.

—Que de pronto parezcan entusiasmados me contagia un poco ese optimismo—.

Venga, ¿de qué podemos hablar? ¿Qué hiciste ayer, por ejemplo?

—Mis hombros se tensan, pero también los de Rodrigo y los de Raquel, como si se dieran cuenta de que han cometido un error.

Me confirman con ello que los tres somos conscientes de que ayer no es el mejor día que tomar como referencia—.

Bueno, o durante la semana, a veces no hay nada reseñable en veinticuatro horas.

—Los días son demasiado cortos —intenta aligerar el ambiente ella.

Entonces, medito sobre eso. Juro que lo hago.

Pienso en la semana, en mi día a día, en mi vida.

Y no encuentro nada. Me doy cuenta de que no hay nada que sienta que pueda contar.

Porque no hago nada. Vivo sola, no tengo amigos —porque no puedo hablar de Andrés en una canción— y solo voy a eventos y finjo tener una vida superchula en redes sociales —y eso tampoco puedo decirlo públicamente—.

Me hago pequeña en la silla; mido uno setenta, pero de verdad que siento que no llego con los pies al suelo.

Ni a ninguna parte. No llego a nada, no estoy en ningún sitio. No me siento en ninguna parte.