Capítulo 4 #2
—¿Con quién?
Es una pregunta bastante lógica. Quiero decir… compartimos amigos. Pero no estoy del todo seguro de si puedo contestarla. ¿Puedo hablarle de Olivia? Mejor que no, ¿verdad?
No sé si se toma mi nuevo silencio como que quiero ocultarle algo o como que no sé qué decir porque me lo estoy inventando, pero le oigo resoplar.
Seguro que también ha hecho eso de menear la cabeza de un lado a otro y luego habrá tenido que apartarse el flequillo de la cara con la mano que no esté sujetando el teléfono.
Esto no es creepy ; hemos sido mejores amigos durante años. Anda, mira, ahora lo he dicho en pasado.
—Mira, Andrés… —Bufa de nuevo y yo sigo dándole vueltas a que me gustaría explicarle por qué no puedo quedar hoy con él y cómo no tiene nada que ver con su novio—.
No sé qué te pasa. Quiero decir: no conmigo.
Últimamente estás como… ¿ausente? También pasó en el rol, el otro día.
Tú no eres de los que está todo el rato con el móvil.
Si te pasa algo, yo…, o sea, aún puedes…
Lo que yo decía, que esto sería mucho más fácil si pudiera mencionar a Olivia.
¿Lo del rol? Imagino que se refiere a hace tres días, cuando estuvimos los cuatro echando una partida.
Aunque tampoco es como él ha dicho. No estaba jugando con el teléfono en la mano ni muchísimo menos, pero, bueno, igual sí que lo miré alguna vez más de lo que suelo hacerlo.
Pero si que yo desconecte treinta segundos para mandarle un sticker a Olivia con el que responderle a algo no afecta a nuestra partida, eso a Marcos no le importa.
Vale, puede que esto me cabree un poco. Me molesta ocultar a Olivia.
Aunque, de todas formas, ¿qué diría de ella?
Somos amigos, ¿no? Yo creo que es mi amiga, pero no sé si ella pensará lo mismo.
O sea, sí, vale, me cuenta cosas que ni habla con sus amigas desde los trece…
, eso tiene que significar algo. Pero lo hace precisamente porque no nos conocemos tanto; si no le acojona contármelo a mí, es porque no soy tan importante.
Y luego está eso de que todavía no me he sacado de encima la imagen del vestido morado que llevaba en el dichoso evento. Olivia es muy guapa. Pero yo soy muy poca cosa, aunque no vamos a hablar de esto. De hecho, los silencios entre nosotros a veces son muy cómodos; eso es muy de buenos amigos.
Espera, creo que estoy demasiado callado con Marcos.
—No te rayes, estoy perfectamente —suelto a toda velocidad…, casi tanta como la que empleo en llevarme el pulgar a la boca—. Serán imaginaciones tuyas. Ya hablamos, ¿vale? Que tengo que jugar con María antes de salir, que he quedado. Dale recuerdos a Antón.
—Andr…
Pero ya le he colgado.
Y me arrepiento un poco de cómo he gestionado esta conversación mientras camino hacia la casa de Olivia, porque creo que desde fuera se ha podido interpretar como lo que no era.
Juro, y lo hago solemnemente, que no me molesta que Marcos tenga novio.
Ni tampoco que me rechazase en su momento.
Me molesta más que los dos lo gestionásemos tan mal cuando pasó, pero eso es algo que reprocharles al Andrés y al Marcos del pasado; esta ya no es mi movida. Al menos, no lo es hoy.
Cuando llego al portal que me indican tanto la dirección que yo he apuntado como la ubicación que está en mi chat con Olivia, lo primero que hago es comprobar mi reflejo en su cristal.
No soy ni alto ni bajo, uno setenta y poco.
Ni guapo ni feo, mi cara es de lo más estándar, sin nada reseñable más allá de las pecas, porque mis ojos son castaños.
Mi complexión también es bastante estándar, tirando más a debilucho que a fuerte, y todo esto de ser un tío del montón también se ha trasladado a lo académico.
Sí, siempre he sido buen estudiante, pero sin llegar a la excelencia, sino como uno más en una clase abarrotada.
Me gustaría decir que no sé por qué estoy pensando en todo esto, pero lo cierto es que lo sé perfectamente.
Todavía no termino de comprender qué ha visto en mí Olivia para que quiera que seamos amigos —con todos los riesgos que supone para ella— cuando no tengo nada especial.
Pero, como no puedo responder a eso, pulso el timbre que corresponde a su piso y permito que su intenso pitido taladre mi cerebro de lado a lado.
Al salir del ascensor en la planta a la que me dirijo, veo cómo la puerta al fondo del rellano está entreabierta y Olivia asoma la cabeza por ella después de que yo dé el tercer paso sobre el suelo de baldosas. Me sonríe, tímida, y correspondo de la misma manera.
Continúo flipando cuando me siento en el sofá de su salón, aunque no estoy seguro de si es por el pedazo de tour que me ha hecho por un piso cuya estética es tan moderna como impersonal…
o por la cara de mala hostia con la que me mira una bola de pelo naranja que me ha bufado en cuanto hemos establecido contacto visual.
Nunca me han dado miedo los gatos, pero este me tiene completamente acojonado.
—No está acostumbrado a gente en casa, solo vienen las chicas, y muy poco —me explica Olivia con vergüenza en los ojos mientras se coloca a mi lado, también con la mirada sobre el felino.
Profiterol. «Pues no será el nombre por lo de dulce», me contengo de decir en voz alta cuando recuerdo su nombre—.
Y siempre se lo cuento todo a él…, que no me da réplica.
Algo similar me dijo en otra ocasión, y sonrío. Sonrío por la imagen de Olivia hablándole a su gato, pero también sonrío por lo de que ahora comparta esos secretos conmigo.
—Le da miedo que le quite el puesto de tu confesor —bromeo, pero Profiterol vuelve a bufarme, con el pelaje del lomo completamente erizado, y mis hombros se tensan—. Estoy de coña, Profi, por favor.
Olivia suelta una sonora carcajada y yo me siento algo así como la persona más graciosa del mundo.
Y se produce uno otra vez. Uno de esos silencios cómodos, quiero decir.
Noto que está nerviosa de tenerme aquí, en su casa, pero ninguno se esfuerza en llenar de palabras el espacio entre las paredes que nos rodean.
Solo compartimos el tiempo el uno al lado del otro mientras miramos a Profiterol, que de un salto se ha subido a un jarrón sobre el mueble del salón y se ha quedado dormido; sí, encima del jarrón, cosas de gatos, supongo.
Tan solo unos minutos más tarde, me encuentro a mí mismo contándole a Olivia mi conversación telefónica con Marcos, aunque omito la parte en la que quise hablarle de ella y no lo hice.
Y, justo después de ofrecerme un refresco de naranja, Olivia me habla también de cómo se siente con respecto a lo que le ha pasado esta mañana.
Me habla de que no sabe nada de lo que se dice sobre ella —a lo que yo hice mención en nuestra llamada—, pero que sí que era consciente de que se estaría hablando del tema: porque «siempre hablan» y porque Vero le dijo nada más acabar que no entrara en redes sociales.
Aun así, se nota que le afecta. Incluso sin saber qué se opina, solo con tener la certeza de que se está opinando, Olivia ya no está cómoda.
Uno pensaría que una persona siempre expuesta a críticas debería estar acostumbrada a las valoraciones externas, pero…
¿acaso no queremos todos gustar? ¿No nos incomoda saber que no podemos tener el aprecio de todo el mundo?
Le doy la mano de la misma manera que ella supo elegir el momento en el que preguntarme si quería beber algo: como una huida. Como un flotador con el que salvarse de algo que sabemos que no podemos arreglar en este momento.
Los nervios han estado conmigo toda la tarde, desde que Olivia propuso que viniese, pero estas horas han estado llenas de confidencias, sonrisas y bromas, y creo que no hay nada que resulte más cómodo que eso. Me siento a gusto, tranquilo.
—Este es un lugar seguro —dice ella cuando se hace tarde y me acompaña a la puerta, pero devolviéndome ese sentimiento de comodidad que me ha asaltado en su sofá, con ella relajada a centímetros de mí, en vaqueros y con un vaso de refresco en la mano—. Podríamos quedar aquí más veces.
Claro, se refiere a que es más seguro que cualquier otro lugar. Pero sus hombros también están más sueltos ahora que cuando llegué.
—Me parece bien. Aunque no sé si Profiterol estará de acuerdo con nosotros.
Y me marcho. Sin embargo, de nuevo en su ascensor, reconozco que lo hago con un sentimiento agridulce a pesar de todo.
Ha sido divertido y me reconforta saber que también ha sido de ayuda para ella tenerme a su lado, pero hoy he sido verdaderamente consciente de lo que significa estar expuesto, el que todos opinen y cómo le afecta a Olivia ser el centro de atención durante horas solo por unos segundos de vídeo.
Soy incapaz de olvidar cómo le temblaban las manos al saludarme, incluso mientras miro las mías ya entre mis sábanas a las doce de la noche.