Capítulo 4
Nunca me ha importado venir a recoger al colegio a María…
, aunque el calor que hace hoy no acompaña una mierda, para qué engañarnos.
Menos mal que ya está a punto de empezar también con sus vacaciones de verano; lo de que entonces tendré que jugar muchas más horas con ella será problema del Andrés del futuro.
Y nos lo pasamos bastante bien juntos, eso también es una realidad.
Mi hermana es un terremoto, pero un terremoto divertido.
Este calor me está matando. Miro a mi alrededor y decido refugiarme debajo de un árbol a unos metros de mí, desde donde continúo viendo a través de la verja la puerta por la que saldrá María.
Aunque, desde donde estoy ahora, tampoco tardo en darme cuenta de que me llegan retazos de la conversación de un par de chicas que me suenan de vista de otros días.
Y no puedo evitar escucharlas cuando oigo el nombre de Ruki.
Ambas miran concentradas su teléfono móvil mientras comentan su contenido y yo pego la oreja.
Están siguiendo el directo de un evento en el que está Olivia.
Saco mi propio smartphone y no me cuesta encontrar —gracias a una cuenta de fans en X— más información.
Es un evento de una marca de joyería que acaba de sacar una línea juvenil cuya campaña encabeza la imagen de Ruki para acercarse a chicas como las que tengo al lado, supongo.
La curiosidad me lleva a conectarme también al directo.
He visto a Olivia y a sus compañeras de la girl band hablar en público en otras ocasiones, pero nunca en acontecimientos como estos y, ahora que encima la conozco, me apetece verla en uno.
No entiendo muy bien de qué hablan porque yo del tema entiendo más bien poco…
, pero Olivia está guapísima. Se ha puesto —o le han puesto— un vestido morado muy corto, pero con cuello alto, y lleva cubiertos todos los agujeros de sus orejas con un montón de pendientes, así como también un collar que le llega hasta la mitad del pecho.
Tengo bastante claro que no soy el público objetivo de la marca, pero la verdad es que mi atención ya la tienen porque no puedo despegar mis ojos de Olivia, y eso hace que reparar en los productos de la línea sea irremediable.
Creo que nunca me había fijado en lo largas que son sus piernas. Mentira, sí me había fijado.
Vale, esto es… un rollazo. Quiero decir, no me interesa nada todo lo que están contando sobre la historia de la firma y cómo se les ocurrió esta colección y lo diferente que es de la anterior.
Los ojos se me van a Olivia por lo guapa que está y también por esto, porque me aburro tirando a bastante.
De hecho, a las chicas solo las oigo cuchichear sobre lo mucho que les gusta el vestido de Ruki y sobre qué accesorios de los que lleva son sus favoritos.
Pero entonces, cuando estoy a punto de salir del directo, uno de los periodistas que está cubriendo el evento solicita preguntar también a Ruki.
Empieza por cuestiones relacionadas con el evento en sí —qué es lo que más le gusta de la marca, si le había interesado en alguna otra ocasión o le había llamado la atención ahora por esta nueva línea juvenil…
—, pero no tarda en desviarse hacia ella.
El periodista le pregunta por sus planes en la música.
Me fijo en cómo Olivia se lame el labio inferior con la punta de la lengua al mismo tiempo que vuelve a subir la mano para colocarse el micrófono frente a la boca, pero una mujer de unos cuarenta años, que hasta ahora esperaba junto a la pared lateral con una carpeta en los brazos, da un paso al frente e interviene.
Corta la pregunta, recordando que Ruki no es la protagonista del día, y da paso al periodista de otro medio de comunicación.
Asumo que es la tal Vero de la que Olivia siempre habla, su representante.
Mientras me fijo más incluso que antes en Olivia, que se muestra amable y risueña frente a todos…, aunque yo estoy seguro de que por dentro está inquieta, escucho cómo una de las chicas habla más alto con su amiga esta vez:
—¿No puede ella decidir si habla de su futuro? —dice, y su tono suena a reproche—. No sé, no veo para tanto que comentase algo rápido… Ni siquiera le han dado tiempo a que fuese ella la que dijera que no era el momento.
—Bueno, tía, ya sabes…
Tomo aire, fingiendo que no me afecta. Pero me molesta más de lo que lo habría hecho hace unas semanas.
Miro de nuevo la pantalla, donde Olivia sonríe de manera perfecta.
Brilla tanto que por un momento me olvido y pienso que igual para ella no ha sido para tanto.
Quizá se ha molestado más esta chica que ella.
Para cuando veo salir a María del colegio unos minutos más tarde, no solo he abandonado ya el directo del evento, sino que las preocupaciones han vuelto a mí porque he entrado en las redes sociales y he leído las reacciones a la interrupción de Vero…
y cómo tildan a Olivia de niña. Como alguien sin ninguna capacidad para tomar sus propias decisiones profesionales.
Y yo sé bien lo mucho que le preocupa que eso pase. No poder decidir.
En cuanto terminamos de comer y María ya está entretenida jugando sola en su cuarto, me refugio en el mío y llamo a Olivia, que no me lo cuenta en un primer momento.
—He visto lo del evento, o sea, estaba en el directo. —Dudo si decir algo o no, pero decido sacar el tema—. Y he leído un poco sobre lo de Vero.
Un suspiro profundo me llega desde el otro lado de la línea.
—No he visto nada de lo que se ha dicho, ya lo hago bastante poco…
, pero me puedo hacer una idea de lo que habrás leído, supongo.
—Se hace el silencio para cuando ya llevo un rato maltratando la piel que rodea a mis uñas.
Me arrepiento mucho de haber sacado el tema.
¿Y si ella no quería hablar de ello? ¿Y si no tenía ni idea, la he puesto yo sobre aviso y se lo he removido por no callarme?
Está claro que soy de poca ayuda, no dejo de ser un pringado que conoce entre cero y nada de los ambientes en los que ella se ha movido durante años—. ¿Podrías venir a mi casa luego?
Su pregunta hace que mi dedo resbale de entre mis dientes y me quedo rígido en la silla.
—Solo si te apetece. No sé, he pensado que, en realidad, es lo más seguro, ¿no?
Las palabras de Olivia tienen sentido, y también su propuesta, pero no lo he visto venir, y mi única reacción ha sido ponerme nervioso. Creo que tengo que dejar clara una cosa desde ya mismo: no estoy acostumbrado a tratar con personas que podrían potencialmente gustarme. Me explico un poco mejor.
He tenido las amigas justas, poco más que compañeras con las que me llevaba bien y con las que, desde luego, jamás hice un plan fuera del aula; exacto, mi relación más profunda con una mujer es la que tengo con mi hermana de siete años.
Y tampoco me he relacionado mucho con chicos más allá de mi grupo de amigos, que lleva siendo exactamente el mismo toda mi vida; por no decir que, como estaba bastante colado por Marcos, mi mente se cerraba otro tanto a algún pensamiento fuera de lo normal para con cualquier otra persona.
Esta combinación de elementos —escasa relación con chicas y nulos nervios por estar a solas con alguien— creo que es la que hace que ahora esté al borde del colapso.
Espero que no se me esté malinterpretando porque genuinamente Olivia es mi amiga. Pero ahora mismo estoy un poco tenso y no me voy a avergonzar de admitírmelo a mí mismo.
—¿Andrés? —La voz dudosa de Olivia me devuelve al mundo real—. Es solo una idea, ¿eh?, no pasa nada si…
«Ah, no, eso sí que no —pienso para mí—. Olivia es mi amiga y sobre cualquier otra cosa quiero estar para ella, así que… a tomar por culo».
—Sí, sí, perdona. Me parece bien —digo con una seguridad que no siento. Pero me aclaro la garganta y me permito un poco de sinceridad—: Es que no me lo esperaba.
Olivia me asegura otro par de veces que podemos seguir viéndonos donde los otros días —«O no vernos más»; mira, cuando insinúa esto quiero sacudirla por los hombros— y luego me dicta su dirección para que la apunte; aunque también me dice que me enviará un wasap con la ubicación exacta por si se ha confundido.
Y a mí me sigue pareciendo surrealista. La mayor parte del tiempo ya he conseguido disociar el hecho de que Olivia es una cantante conocida en absolutamente todo el país y parte del extranjero, pero hay momentos en los que esa información me vuelve a asaltar y, claro, me explota la cabeza pensando en la amistad que tenemos.
Aunque la siguiente llamada que entra en mi teléfono móvil tampoco se queda atrás en lo de llevarme al borde del infarto. Es Marcos. Y lo surrealista de verdad es que nuestra amistad haya llegado a un punto tan raro como para que su nombre en mi pantalla me haga dar un bote.
—¿Tienes algo que hacer luego? —me pregunta nada más pasar por los primeros saludos de rigor; hemos hablado tanto por teléfono desde que nos conocemos que mi mente no ha olvidado lo grave que suena su voz a través del altavoz—.
Había pensado que podíamos ir a dar una vuelta o algo.
Bueno, y también presentarte de una vez a Antón.
Antón es su novio. No sé qué deben pensar PJ y Luis de que ellos lo conozcan y yo no.
Sinceramente, con lo incómodo que está todo entre nosotros, no me ha parecido el mejor plan todo este tiempo.
No porque me importe; me da igual, en serio.
Sino que… creo que podría ser un momento extraño con la tensión en nuestra amistad.
¿Lo sabrá Antón? En plan, le habrá hablado de mí en ese sentido, ¿o no?
—Somos maduros, Andrés, podemos con esto —añade mi mejor amigo (¿aún puedo llamarlo así?) ante mi silencio.
Y sí, estoy de acuerdo, somos maduros —o deberíamos serlo—, pero el día no va a ser hoy. Porque yo ya tengo planes.
—Esto va a sonar a excusa chusta, pero te juro que —empiezo a defenderme de una acusación que aún no he recibido— ya tenía planes para hoy. Ya he quedado.