Capítulo 3 #2
—¿Por qué lo dejaste todo? —Y lo suelto a bocajarro porque en realidad ya sé la respuesta.
Porque lo repitió en varias ocasiones cuando se decidió el fin de Girl-lies y porque ha resonado en mi cabeza cada vez que un periodista me ha preguntado por ella y yo me he limitado a responder que no era asunto mío. Sin embargo, sigue costándome creerlo.
—Ya os lo he dicho: para mí se acabó la diversión —dice con la misma simpleza de las veces anteriores y añadiéndole un suave encogimiento de hombros—.
Para mí la música era algo divertido que hacer con amigas.
No tenía sentido seguir sin vosotras ni me veía preparada para afrontar la industria sin vosotras.
Y tampoco es como si fuera el sueño de mi vida.
O sea, la música tuvo su momento y ya está. Surgió, me gustaba y fin.
—¿Y la biología sí es tu sueño?
Luisa asiente, con una mueca divertida en sus labios. Por mi mente pasan todos esos momentos en los que empezaba a hablarnos de curiosidades que había visto en documentales —o en sus apuntes cuando se matriculó en la carrera—; también le brillaban los ojos, pero de una manera distinta.
—La verdad es que sí. —Su sonrisa se amplía, y me parece escuchar voces en alguna parte de su piso, pero mi amiga las ignora, ni siquiera echa un vistazo fuera de la cámara para buscar a sus compañeras—. Además, ¿cómo trasladas el «ser divertida» a una carrera musical?
Sé que es una broma, pero me siento duramente identificada. Y no me gusta. Se me forma un nudo en la garganta.
—¿No lo echas de menos? La música, los focos…, la gente.
«La gente», resuena en mi mente.
Luisa ni siquiera ha mantenido sus redes sociales oficiales.
—Mmmm, a veces. Pero porque era divertido vivirlo con vosotras. Os echo más de menos a vosotras, en realidad. —Finge un puchero, pero no me río. Aprieto mi teléfono entre los dedos cuando noto que vibra; seguro que es Andrés—. Oye, ¿tú estás bien, Olivia? ¿No tendrás… dudas?
Y no debo estar usando toda la fuerza que creía, pues el móvil se me escurre de las manos y se estampa contra el suelo cuando escucho su pregunta. Lo cual me viene muy bien para huir de ella. Aunque yo no tengo dudas, lo que siento es miedo. Pero eso tampoco se lo digo.
—Patosa —bromea Luisa una vez que me incorporo de nuevo en mi silla y le muestro el dispositivo que he recuperado del suelo—.
Si te viera Vero…, con los bailes que nos marcábamos.
Yo también tengo que irme, ¿vale? Que me toca a mí recoger el tendedero y, si no, me matan. Pero estoy aquí si lo necesitas, ¿eh?
Me limito a quitarle importancia y salir también de la videollamada. Pero en realidad le doy tanta importancia que lo primero que hago es llamar a Andrés: en su último mensaje me decía que la película con su hermana ha terminado.
Un par de días más tarde, volvemos a vernos en el mismo local a las afueras en el que quedamos la última vez. Andrés termina de sorber por su pajita —un batido de vainilla que me he quedado con las ganas de pedir yo también— antes de hablar:
—Quizá deberías hablar con ella de todo esto. Al final, está fuera de todo esto.
—Tú también lo estás —replico al momento, como si la idea de contarle algo a Luisa me produjera urticaria. No es nada contra Luisa: tampoco podría hablarlo con Daniela, Emma o Laia.
Él rueda los ojos, y da otro sorbo a su bebida.
—Ya, pero ella también ha estado dentro.
—Sí, y es algo que no es tan fácil de olvidar.
Después de todo, me encuentro a menudo explicándole a Andrés cosas que yo veo obvias o quitándole optimismo a su tono confiado cuando habla de según qué asuntos—.
¿Sería tan horrible si hicieras como Luisa?
Quiero decir, está claro que ahora mismo esto no te está haciendo muy feliz.
Huyo tanto de imaginarlo como de responder, y Andrés debe darse cuenta al verme mirar fijamente mis anillos por encima de mis gafas de sol.
—¿Qué significa para ti la música?
En esta ocasión, su duda me hace tomar aire con fuerza por la nariz.
—Es todo lo que sé hacer.
—O igual no.
No siento la frase de Andrés como un ataque, ni siquiera como desaliento.
Este chico sabe la angustia que me sobrecoge con todo lo que me rodea, la incertidumbre y presión que siento, lo que me desagrada tener que, pese a todo, dar esa sensación de irreal felicidad.
Y también le he contado lo de septiembre.
Que, si termina el verano sin tener un proyecto, me quedaré sin contar mis propias historias.
A menudo siento de verdad lo que le he dicho, porque en mi vida no he hecho otra cosa.
Empecé en esto muy joven; no era buena estudiante.
No sé qué sería de mí si hiciese como Luisa; no sabría qué hacer si me despidiera de la música.
Pero, en realidad, cuando he pronunciado esa frase, lo he hecho con el recuerdo en la cabeza de la emoción en la cara de los fans, de sus sonrisas y lágrimas, de sus palabras.
A veces me cuesta recordar sus voces, como si me doliera lo lejanas que las siento ya.
Pero quiero alejar ese pensamiento de mi mente, así que prefiero hablar. Con Andrés hablar suele ser más fácil que pensar.
—Mi vida… siempre ha sido la música —empiezo a contarle y, por cómo deja de mordisquear su pajita, sé que intuye que toca historia larga.
Yo también he aprendido a leerlo—. En el colegio se dieron cuenta megarrápido de que se me daba bien, que tenía una voz muy bonita cuando cantaba, decían…
, y me pasaba el día cantando los temas de las series de la tele y así.
Y, como tampoco paraba quieta, me gustaba bailar y era bastante risueña, mi madre creyó que podía funcionar.
Siempre le decían que era muy mona, encima.
Entonces, mi madre… —Le quito importancia con la mano antes de que pueda decir nada—.
Mi madre me crio sola y trabajaba todo el tiempo en lo que le surgiera, así que o no teníamos mucho dinero o no podía pasar mucho tiempo conmigo o ambas cosas.
Desde muy pequeña fui a castings y pruebas de mil cosas: mi madre intentó potenciar toda esa vena artística, y a mí me gustaba. Me divertía.
Recuerdo las palabras de Luisa. La música para ella era diversión.
Para mí también lo era, lo es, pero también está ligada a otros muchos sentimientos.
Desde pequeña, he tenido claro que formar parte de la industria musical también conlleva rechazo, competitividad y el deseo de triunfar.
Que la industria es mucho más que querer a la música.
Creo que siempre lo sospeché, pero me quedó aún más claro en un momento muy concreto.
Ya no estoy segura de para qué era el casting , pero otra niña se puso a llorar y mi madre no me dejó ayudarla.
Y ninguna otra niña lo hizo más allá del familiar que, como a todas, la acompañaba.
Si ella se iba, era una menos y las demás estaríamos un paso más cerca.
Lo recuerdo horrible. Lo sigo sintiendo horrible. Pero es exactamente así como funciona.
—¿Y así fue como llegaste a Girl-lies? ¿Con un casting para jóvenes talentos?
—Sí, exactamente. Como la mayoría de los productos similares, rara vez deberías tragarte el rollito de la amistad —bromeo, con el tipo de anécdotas que nosotras contábamos rondándome la cabeza—.
Nosotras también vendíamos ese rollito. Y claro que éramos amigas, lo somos, pero eso vino después.
El origen no era el de un grupo de amigas que se dan cuenta de que cantan fenomenal y una discográfica se fija en ellas, obviamente.
—Nunca me había parado a pensarlo, si te soy sincero —reconoce Andrés, que ya ha vuelto a colocar la pajita del batido entre sus dientes.
Así, inclinado como está sobre la mesa, con la cara apoyada en las manos y jugando con su merienda, me resulta tierno.
Muchas veces al día me encuentro pensando que me parece tierno—.
Pero ¿es algo hipersecreto o solo soy yo que no he prestado atención?
—No es hipersecreto, no; se lo puedes contar a tu hermana —comento divertida alcanzando mi teléfono, cuya pantalla brilla con una llamada entrante de Vero.
Andrés guarda silencio cuando me ve descolgar y yo hago poco más que atender a mi mánager y replicar con un sí a todo. Por lo visto, tengo un evento al que ir mañana por la mañana, muy pronto, que no estaba previsto hasta dentro de unos días y ha tocado adelantarlo.
—Este mundo es frenético —le digo a mi ya nuevo amigo nada más ponerlo al tanto de la situación.
—¿Y no te consultan primero? —inquiere él como si nada.
Y, como si nada, apenas unos minutos más tarde, abandono esa silla en la que estaba tan cómoda —y no por el mueble— para regresar a casa sin rechistar.