As It It’s Your Last Capítulo 3
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Capítulo 3

Andrés y yo pasamos toda la semana intercambiando mensajes de texto; esta vez sí, con mi teléfono móvil de verdad. Me cagué un poco en el momento y recurrí al de emergencias que tengo siempre guardado por si, bueno, eso, hay una emergencia o qué sé yo… Este mundo te enseña a ser desconfiada.

Pero justo antes de irnos, cuando él hizo el amago de buscar su cartera, dije:

—Espera, ¿tienes un boli? —Andrés rebuscó en su mochila y, cuando me entregó uno, yo utilicé su tinta azul para escribir mi número de teléfono en una servilleta arrugada.

Justo entre el típico «gracias por tu visita» y el nombre en mayúsculas del local que había acogido toda nuestra conversación—.

Este es el de verdad. Ahora tú también puedes llamarme.

Los nervios se apoderaron un poco de mí cuando le pasé el papel, pero Andrés lo cogió con ambas manos y miró los dígitos de la misma manera que yo había hecho la noche anterior. Casi veía cómo sus ojos castaños repasaban cada número uno a uno.

—Sabes que podrías habérmelo apuntado directamente en mi teléfono, ¿no? O habérmelo dictado. —Noté cómo mis mejillas se coloreaban y estaba a punto de soltar una disculpa avergonzada cuando Andrés me lo impidió—. ¡Que es broma, Olivia!

Pero se guardó la servilleta en la mochila, incluso una vez lo había dejado registrado en su agenda de contactos.

Y no hemos parado de hablar desde ese día, cuando él, nada más llegar a su casa, me mandó una foto del dormitorio de su hermana para demostrarme que «no mentía cuando decía que era fan»; yo le respondí con otra de Profiterol subido en la campana de la cocina para demostrarle que «sí, es naranja y, sí, está loco».

No sé exactamente en qué momento eso se convirtió en la dinámica de mi vida.

Responder a sus wasaps y mandarle otros nuevos, quiero decir.

He visto sus stickers de gatitos desde el asiento trasero de cualquier Unknown Car , he contestado a sus memes en los descansos entre fotos y reuniones y he charlado con él de cualquier cosa en cualquier rato disponible.

Como ahora, que ni con la cámara del ordenador enfocando a mi cara y los rostros de mis amigas ocupando mi pantalla desde sus casas soy capaz de soltar el teléfono móvil.

¿Es algo maleducado? Sí, pero hace tiempo que no me siento del todo cómoda ni con mis amigas. Y esto es aún más difícil de explicar que nuestra facilidad para intercambiar mensajes de texto: nunca había sentido con nadie la confianza que siento con Andrés.

Quizá porque no me conoce y no le conozco, quizá porque me escucha desde la inocencia y el optimismo de quien no sabe nada del universo que me rodea, quizá porque lo hace todo más sencillo el sentir que no le voy a decepcionar.

Aunque sí que reconozco que hoy estoy más pasota que de costumbre con esta conversación que estamos teniendo. Sin duda, los mensajes de Andrés —me habla de la película que él y María ven desde el sofá de su casa— se están sumando a que últimamente no sepa qué decir ni cómo.

—Y entonces me piré —escucho decir a Laia mientras le envío a Andrés un sticker de un pajarito gritando: su hermana está cantando el tema de la escena en la que están mientras baila con su peluche, y la imagen me parece una monada—.

Que vale que nosotras hablamos de nuestra relación, pero tampoco preguntes eso, ¿no? Ya te daré yo los detalles que quiera.

Levanto la mirada hacia mi amiga —tengo el móvil por debajo de donde alcanza la cámara, tampoco soy tan cantosa— para encontrarme con su rostro todavía molesto por su anécdota.

Y debo decir que aún me sorprendo un poco cuando la miro.

No porque a su lado esté Daniela, ambas tiradas sobre la cama de matrimonio del piso que comparten, sino porque, a diferencia de su novia, ella aún no se ha puesto el pijama y no me acostumbro a su nueva imagen.

Sé cómo es Laia más allá de Mili; siempre lo he sabido porque la conozco en las distancias cortas, pero han sido muchos años de ver su cabello castaño recogido en moñitos o coletas altas…

y ahora no parece el mismo. Siempre suelto y con ese nuevo corte, desenfadado y revuelto.

Aunque sigue chocándome más que no la envuelvan los colores pastel: en sus labios aún se aprecia el carmín rojo —aunque casi se vislumbra ya más en los de Daniela—, y su blusa ajustada lleva un encaje negro precioso en la zona del escote.

Cuando se definieron los perfiles que habría en Girl-lies —qué personaje tomaríamos cada una—, la discográfica siempre pensó que Mili sería la favorita de los más pequeños por la ternura tanto de su apariencia como de su personalidad.

Por ser mona. Sin embargo, fue Darku, su actual pareja, quien se llevó toda esa atención, en especial de las niñas, que la admiraban por su carácter echado hacia delante y su sinvergonzonería.

En cambio, en los eventos con fans, quienes se volvían locos de emoción con Mili eran los hombres adultos, de unos cuarenta para arriba.

Nunca lo hemos hablado, pero creo que, en realidad, fue eso lo que llevó a Laia a pegar el volantazo en cuanto el grupo se separó: ahora, con sus letras y la imagen que proyecta en sus redes sociales, busca su fandom en las chicas sáficas, y se nota.

Es guay si te paras a pensar que en Girl-lies no podíamos ser referentes de nada más allá del mensaje del esfuerzo y la lucha por los sueños, que nuestro tono era completamente blanco y familiar, sin poder opinar o reivindicar apenas nada.

Ahora Mili habla a las chicas que desean a otras chicas, algo que no solo no pudo hacer antes, sino que tenía que callar que quería hacer y que a ella le habría gustado escuchar en otras cantantes.

Y, bueno, lo más importante: que Laia está contenta con esto, que le gusta mucho más esta Mili que tiene mucho más de sí misma.

Daniela, a su lado, finge aplaudirla por su desplante a un periodista y le besa la mejilla, devolviendo a su piel parte de su pintalabios.

Si me paro a pensarlo, es divertido saber que estoy viendo en pijama a una tía que consiguió un disco de oro con su primer álbum en apenas semanas.

Aunque no sería raro tampoco para nadie que acudiese así a cualquier sitio: Darku, Dani y Daniela comparten bastante lo de ser unas pasotas y divertirse saltándose un poquito las normas.

Pero que conste que en las entrevistas conjuntas ella siempre iba de que era mala estudiante y no cateó una en su vida.

—No os vayáis a poner moñas, que ya os aguantamos suficiente en las giras.

—Es Luisa la que lo dice, con un deje divertido que recuerda el papel de payasa al que jugaba siendo Sol.

Porque ella habrá dejado la música, pero sigue siendo nuestra amiga, una más en encuentros como este.

Ah, y tiene razón: nosotras supimos que estaban juntas mucho antes de que se hiciera público.

Vero también la tenía cuando el otro día me recordaba que sabía que todas habíamos tenido nuestras historias.

—Sabemos que por eso te piraste: estaba cantao’ que en algún momento también serían dos lapas mediáticamente y no querías tener ningún tipo de relación con la movida.

—Ahora es Emma la que habla, mirando a cámara sin gafas de por medio; siempre fueron un complemento para remarcar que Plash era la lista—.

¿Recuerdas la de veces que nos preguntaron por ellas los periodistas, Olivia?

Claro que lo recuerdo. Igual que claro que sé que en realidad la intención de su pregunta es solo que forme parte de la conversación.

—De menuda te libraste —bromeo sin dejar de asentir—. Huiste a tiempo.

Y no estoy segura de hasta qué punto eso es una broma.

—Pues ¿sabéis quién va a huir ahora? —suelta de pronto Daniela mientras se pone de pie—.

Una servidora, que tiene ganas de cenar a saco.

Y tú te vienes conmigo, princesita. —Me saca una sonrisa automática escuchar cómo continúa tomándole el pelo de la misma forma que lo hacía cuando estábamos en Girl-lies; Laia también pone los ojos en blanco exactamente igual, pero se deja hacer.

A la pareja la sigue Emma, que dice no haber terminado todavía su parte del guion para el pódcast en el que está.

Lo he escuchado alguna vez y es interesante.

Pero estoy pensando en él solo para fingir que no escucho a la voz que intenta explicarme por qué debería despedirme también de Luisa y cerrar a la vez la videollamada que nos ha unido a las cinco.

La ignoro.

—¡¿Cómo estás?! —le pregunto, pero mi voz sale tan atropellada que: uno, parece un grito; dos, puedo ver el sobresalto en los ojos de Luisa—. Con tu vida ahora, quiero decir. Siento que… no hablamos mucho de eso. ¿Estás contenta?

Mi amiga me sonríe. Su mirada sigue teniendo ese brillo pizpireto de siempre y su cabello, de un rubio claro que la hacía diferenciarse muy bien de nosotras, está igual de alborotado también, con sus rizos cruzando su rostro continuamente.

Ella no los aparta, pero aleja un mechón con un soplido divertido.

—No me puedo quejar. Me encanta lo que estudio y compartir piso se siente como cuando nos íbamos de gira por ahí. Mis compañeras os encantarían.

Eso sigue sorprendiéndome. Luisa, como todas nosotras, debería poder costearse un piso para ella sola.

Sí, vale, ahora no está «haciendo dinero»…

, pero hemos hecho el suficiente como para vivir holgadamente un tiempo.

Luisa decidió dejar todo atrás cuando se hizo a un lado, incluidos los ceros en su cuenta bancaria: son sus ahorros, de los que saca la cifra necesaria con la que aportar su parte del alquiler y con los que colabora también con sus padres, aunque tampoco mucho porque también están de acuerdo con que lo guarde.

De hecho, como cualquier universitaria, pronto se irá a casa de sus padres a pasar el verano, en cuanto termine los últimos exámenes.