Capítulo 2 #3
—No es lo que estás pensando. No es lo que estás pensando, pero ¡para nada!
—me apresuro a matizar. Resoplo. De perdidos al río, ¿no?
Si empiezo a hablar, tendré que contarlo todo—.
En realidad…, no es desde entonces. O sea, no es exactamente por eso, aunque se ha intensificado el…
ambiente desde entonces. La culpa fue mía.
—Obligo a mis manos a dejar de hacer aspavientos mientras hablo y me fuerzo a contener las ganas de morderme las cutículas; me limito a repasar el borde de mi vaso con el dedo.
Y Olivia me mira en silencio—. Porque le dije que me gustaba.
Su gesto cambia a la sorpresa, con sus ojos levemente más abiertos. Pero no es eso lo que me hace volver a apartar la vista, sino saberme con toda la atención de esos iris verdes.
No me gusta ser el centro de atención. Nunca lo soy.
—Marcos y yo hemos sido amigos desde siempre.
Siempre íbamos juntos a clase y siempre nos han gustado las mismas cosas.
—A mi mente acude el recuerdo de la primera vez que fuimos a ver una película de extraterrestres al cine, de todas las tardes de sábado que veníamos hasta aquí a intercambiar cartas y de las muchas horas que dedicamos a definir nuestros personajes de rol para también estar relacionados en la ficción—.
Y en algún punto, pues a mí me empezó a gustar.
Mucho, además —reconozco avergonzado. Porque sonará todo lo natural que quieras, pero es raro cuando te das cuenta de que empiezas a ver a tu mejor amigo de otra manera, y te acojonas de mandarlo todo a la mierda.
Aunque supongo que podría haberme acojonado un poco más.
Creo que me quedo un poco pillado de más pensando en esto, porque la mano de Olivia, que también se aferraba a su refresco, avanza por la mesa y coge la mía.
Miro nuestras manos y, como ya me pasó anoche, mis ojos se van a la diferencia entre ellas: las mías están tan llenas de pecas como mis mejillas y tengo la piel que rodea a las uñas destrozada, mientras que las suyas son bonitas, con esa manicura tan colorida y sus múltiples anillos.
Pero eso no me impide girarla y entrelazar nuestros dedos.
—Marcos es como… supercallado para sus cosas, ¿sabes?
Le cuesta mucho hablar de sus movidas, hasta conmigo.
Cuando sus padres se divorciaron, casi no nos contó nada, y eso que él lo pasó regular.
Tampoco decía nunca quién le gustaba o así cuando íbamos al instituto.
A mí, por ejemplo, bueno, me han educado de otra manera, creo.
—Olivia tiene su mirada en nuestras manos, así que soy capaz de seguir con la conversación atento a sus reacciones.
No he hablado así de Marcos con nadie más hasta ahora, a pesar de lo que estoy diciendo—.
En mi casa siempre nos contamos las cosas; esto reconozco que no, pero…
nunca les he ocultado que soy bisexual. Creo que por eso tampoco he ocultado nunca con mis amigos que también me gustaban los chicos, porque en mi familia siempre hablamos de cómo nos sentimos.
—Qué guay —se le escapa a Olivia, que aprieta mi mano como si quisiera pedirme disculpas por la interrupción. Yo me limito a devolverle el apretón.
—Supongo que sí…, aunque eso hace también que ahora me sienta un poco mal por no contarles lo de Marcos. Lo de que no estamos bien, quiero decir.
Con su mano libre, Olivia alcanza su vaso y da un largo trago de refresco. Soy consciente en este momento de que nunca había sostenido durante tanto tiempo la mano de otra persona.
—¿Y por qué no se lo dices?
No sé cómo explicarlo, pero creo que me gusta que pregunte.
Que yo confiase en ella haría que ella confiase en mí —eso es lo que pensé antes—, darle pie a hablar sin la vergüenza que traía consigo…
, pero también ha hecho que yo mismo tirase la primera piedra en el muro que había construido alrededor de todo esto.
—Porque me da vergüenza —reconozco, sin evitar ya morderme las cutículas.
Pero Olivia prácticamente me arranca la mano de la boca y la une a la otra que ya tenía retenida, sujetando ambas entre la suya y la mesa.
Los dos nos sorprendemos del gesto y ella se sonroja—.
Ya te digo que Marcos nunca contaba nada, y yo tenía claro que no le iba a confesar lo de que él me gustaba, pero un día llegó y de pronto me soltó que era gay. Solo a mí, sin anestesia ninguna.
—Y te envalentonaste.
—Sí.
Los labios de Olivia se transforman en una sonrisa tierna, y eso me avergüenza aún más.
—Pero yo no le gustaba, qué le iba a gustar.
—La presión sobre mis manos se intensifica bajo el tacto suave de sus dedos—.
¿Fue hace como medio año? Y ahora todo está bien en el sentido de que, bueno, ya no siento eso por él.
Creo que en realidad era más platónico que otra cosa…
o que tener la confirmación de que no pasaría nada entre nosotros era lo que necesitaba para sacármelo de la cabeza, no lo sé.
Pero todo se volvió un poco raro, claro.
Más aún cuando nos dijo que se había echado novio. Al mes o así.
Olivia no hace ningún esfuerzo por disimular una mueca y yo tampoco intento retener la carcajada que su gesto me produce.
—Vamos, que por eso te lo dijo. Porque ya había un chico.
—Eso mismo deduje yo.
—Ay, pobre, Andrés —lo dice con su labio inferior entre sus dientes para no reírse, pero yo vuelvo a permitir salir mi risa.
El ambiente entre los dos es ya completamente diferente y no tiene nada que ver con cómo nos sostenemos los dedos el uno al otro, aunque es algo que lo hace más visual. Algo que hace real lo que ya parece un intercambio de información. O una amistad. Sí, me gusta más eso.
Pero no quiero ni darlo por sentado ni hacerme ningún tipo de ilusión.
—Estoy bien, ¿eh? Primero, porque tengo más amigos.
—Ahora sí que Olivia ríe con ganas—. La cosa está rara entre nosotros, a solas, pero seguimos quedando todos.
Somos cuatro. Y mis padres no lo sabrán, pero me llevo genial con ellos y no nos ha afectado más allá de que me sienta un poco culpable por no habérselo contado.
Bueno, y mi hermana…, pfff, María es increíble, está loquísima.
No, en serio —me apresuro a añadir cuando la oigo volver a soltar una risita—, es un terremoto, nunca te aburres con una cría de siete años al lado.
—Yo soy hija única. Y ahora vivo sola. Con un gato.
—¿Independizada? Qué guay.
Olivia asiente en un suave cabeceo, sin muchas ganas. Pero no quiero preguntar.
Además, ya he dicho todo lo que tenía por decir. Porque no creo que le interese demasiado mi vida universitaria. No hay nada especialmente interesante ahí, eso lo tengo bastante claro.
—Pero también me siento un poco sola —dice Olivia.
Y lo sé, no sé por qué, pero sé que ahora es cuando va a volver la Olivia que conocí anoche.
La cantante cabizbaja, la chica asustada—.
No solo en casa. En general, me siento sola.
Creo que por eso me sentí tan bien ayer…
, solo suelo hablar así con mi gato. Profiterol.
—«¿Profiterol?», pienso divertido. También me hace bastante gracia imaginarla contándole sus secretos a un felino.
¿Lo hará con él acurrucado en su regazo, como los villanos de las películas?
Me obligo a apartar esa imagen de mi cabeza, por muy graciosa que sea y por mucho que también un brillo divertido asome en los ojos de Olivia.
Porque ella se merece que la escuche de verdad—.
Este mundo te mantiene rodeada de gente, pero al mismo tiempo te aleja de las personas, ¿sabes?
Lo cierto es que no lo sé, no sé nada sobre lo que rodea a Olivia más allá de lo que sale en los medios de comunicación y las redes sociales, pero asiento. En realidad, creo que Olivia no es consciente de ello, pero resulta atrapante escucharla hablar. Hablar desde su verdad.
—Es frenético, te mantiene de aquí para allá, trabajando en mil cosas, aparentando en otras tantas…
No lo sé, lo cierto es que sí que estoy bastante sola, no es solo una sensación.
—Se encoge de hombros, pero también toda ella parece empequeñecerse en su silla; aprieto sus manos entre las mías, como si con ello calmase el suave «ayúdame» que parezco escuchar de su apariencia minúscula—.
Cuando estábamos en Girl-lies, apenas nos relacionábamos con nadie más que no fuéramos nosotras, así que…
no tengo más amigas. Ni más entorno, en general.
No teníamos mucho tiempo para nada más que ir a todas partes juntas.
Y ahora, con cada una por su lado…, que hacemos por vernos, ¿eh?
Y hablamos a menudo por WhatsApp. Pero no tengo a nadie más, ni sé exactamente cómo hacer amigos.
Olivia mira con exageración a su alrededor, con una mueca en los labios de lo más graciosa, y se me hace imposible no reírme. Ella también lo hace.
—Imagino que no es muy fácil conocer gente cuando, bueno, eres…
¿famosa? —Una de sus cejas se alza ante mi duda, pero no con altanería: con diversión—.
A ver, eres famosa. Claramente famosa. Muy famosa.
—Consigo que se ría de nuevo—. Pero no sé si te incomoda o algo así.
En plan, que todo el tiempo te recuerden que eres la hostia.
—Guau, la hostia. —Me parafrasea con cara de disgusto—. No creo ser la hostia para nada.
Yo no la contradigo. No lo hago, aunque ser una de las integrantes de la girl band de mayor éxito que ha visto nacer este país me parezca ser bastante la hostia, solo por cómo se queda mirando la mesa.
Por la seriedad con la que observa la madera, como si estuviese maquinando algo.
Juro que soy capaz de ver cómo los engranajes en su cabeza se mueven, giran e hilan sus pensamientos.
Si la mente de Olivia fuera una placa base, estaría echando humo. Y no sé si podría rebajar su temperatura.
—Pero sí que quiero ser la hostia —dice entonces.
Y vuelve a mirarme. Y lo hace con mayor convicción de la que he visto en ella en las no tantas horas que siento conocerla de verdad, más allá de Ruki de Girl-lies, pero sus ojos mantienen ese grito de «ayúdame» que creí ver antes.
Aprieto su mano con fuerza, sintiendo cómo uno de sus anillos se clava en mi piel. Pero no me importa.
—Vas a ser la hostia —le digo con la misma seguridad. Porque estoy seguro de ello: nadie está tan angustiado por algo que no le importa, que no necesita, que no siente que le merece la pena—. Todo el mundo lo va a pensar.
Olivia agacha la mirada durante unos segundos…, pero luego alza la barbilla y sonríe. Y es una sonrisa pequeña, pero con un brillo distinto.
Yo también sonrío, y se siente algo. Se siente un pacto. Ninguno lo ha dicho, pero sé que esto va a volver a ocurrir, que esto va para largo. Que a Olivia le costará hacer amigos todo lo que ella quiera, pero que ahora nosotros lo somos.
—Creo que me tengo que marchar ya. —La sonrisa no se le ha borrado aún cuando pronuncia esas palabras—.
Pero… me da un poco igual —confiesa con picardía, y vuelvo a reír.
Debajo de esa inquietud y de las capas de filtro que es evidente que su mundo ha colocado sobre ella, también se aprecia que Olivia es una chica divertida.
Aunque parece que todo lo otro manda un poco más sobre ella y un gesto sombrío no tarda en regresar—.
Me acojona no conseguirlo. Tener que dejar todo esto.
No dar… la talla. No poder hacer mi música y decepcionar a todo el mundo.
—Pero ¿no hacer tu música te duele por ti o por los demás?
Mi pregunta debe caer sobre ella como una losa, pues se congela por un momento. Sus ojos no miran a ninguna parte y siento la piel de sus mejillas más pálida. Me regaño mentalmente por haber tenido tan poco tacto, cuando…
—Por los dos —responde Olivia. Y sé que está convencida de que lo piensa de verdad.
De que es importante para ella no fallar, pero también de que otros no sientan que ha fallado.
O, dicho de otra manera, hacer sus canciones y poder regalarlas…
estando a la altura que todos han fijado para ella, incluida ella misma.
Ahora no necesito un «ayúdame», porque genuinamente siento que quiero hacerlo. Y quiero que Olivia sienta que puede pedírmelo en voz alta.
No tardamos mucho más en levantarnos de la mesa, pagar al dueño y salir a la calle.
En el exterior, Olivia mira a su alrededor un buen número de veces, se ajusta y reajusta las gafas de sol y sus manos juegan con las mangas de la sudadera.
Así, no creo que nadie pudiese imaginar que es una tía que ha cantado encima de escenarios en los estadios de mayor envergadura de este país —y de otros—, que ha firmado discos, vinilos y lo que se le pusiera por delante hasta agotar la tinta del rotulador y que ha tenido, tiene y tendrá a miles de marcas y empresas dispuestas a pagar cifras insultantes a cambio de contenido en sus redes sociales.
Pero yo sé que es una chica capaz de ponerse sobre sí misma un papel en el que hace todo esto.
No por nada el cuarto al lado del mío está lleno de merchandising con su cara o de productos que llevan tras de sí una publicidad bajo su sello.
Si no fuera porque María solo tiene siete años, todos sabemos bien que tampoco me habría librado de haber ido con ella a alguno de los conciertos de Girl-lies, y lo cierto es que ahora tengo curiosidad: ¿por qué no les insistí yo también a mis padres cuando mi hermana preguntó y le dijeron que tendría que esperar a ser un poco más mayor?
Quizá estoy pensando en todas estas cosas no solo porque las despedidas en general me parecen momentos incómodos y aún me pone un poco nervioso el no saber del todo cómo interactuar con Olivia…, sino porque me está abrazando. Y yo a ella, obviamente.
Solo dura unos segundos, pero siento por primera vez eso de que «se para el tiempo». Nunca me había abrazado una chica guapa y famosa. La hostia.
—Nos vemos pronto —dice con las mejillas también arreboladas. Solo eso, nada más. Y sé tanto que es verdad como que me muero de ganas.
Me marcho y dejo a Olivia con el teléfono en la oreja. Exactamente igual que anoche; aunque completamente distinto.