Capítulo 2 #2
—¿Diga? —respondo, dispuesto a despachar educadamente al pobre teleoperador al que le haya tocado llamarme a las doce de un domingo.
—¿Andrés? Soy… Olivia. —«¡¡¡¿¿PERDÓN??!!
!», grito en mi cabeza, y me limito a hacer un gesto de despedida a cámara y salir de Discord.
Mi cabeza va a toda velocidad intentando dar con alguna otra Olivia que pueda tener mi número de teléfono.
¿Alguna compañera de la uni a la que no tenga agregada y quiera gorronearme apuntes, quizá?
No, no me suena, y habría estudiantes mejores a los que pedirles el favor—.
Esto, bueno… Este no es mi número de teléfono real, no te lo guardes, pero…
¡No es que no me fíe de ti! A ver…, lo que quiero decir es…
En realidad, no tengo ni idea de qué quiero decir.
Estaría genial decir que no estoy flipando, pero definitivamente estoy flipando.
Nadie puede estar tomándome el pelo porque solo se lo he contado a PJ, Luis y Marcos —y no les he mencionado lo de que le di mi número— y porque…
es ella. Es su voz; podría reconocerla en cualquier parte. Yo y todo el país.
—¿Hola? —Su voz temblorosa interrumpe mis pensamientos—. ¿Andrés?
—¡Estoy aquí, sí! —grito al altavoz; ¿cómo se empieza una conversación telefónica con una cantante de éxito? Me asaltan sus ojos tristes, su monólogo roto. No sé cuánto de Olivia tiene Ruki…, pero está claro que Olivia no es una cantante de éxito—. ¿Cómo estás?
Pruebo mi propia medicina durante unos segundos, lo que me lanza a morderme las cutículas como si llevara tres días sin comer. Cuando me planteo estar a punto de hacerme sangre, vuelvo a oír su voz a través del móvil.
—Bien. O sea, mejor que ayer. Mejor desde anoche.
—Asiento, aunque ella no pueda verme, y espero un poco más por si tiene algo que decir.
Y así es—: De eso quería hablarte. Creo.
Mmm…, a ver. —Oigo ruido, como si estuviera moviéndose—.
Ayer me sentí muy bien contigo. De verdad.
Nunca había… —Ahora soy yo quien está un poco nervioso; mentira, ya lo estaba antes, desde que reconocí su voz—.
No suelo compartir cómo me siento con nadie.
Y hoy me encuentro mucho mejor después de haber hablado contigo, de contarte…
todo lo que te dije. Por eso, pues… chist, calla.
—Lo último me sobresalta, aunque detecto rápido que no iba para mí por cómo cambia el tono y la dirección de su voz.
¿Eso ha sido un maullido? ¿Un gruñido?—.
Me preguntaba si podríamos volver a vernos. Tomar algo o… así.
El grito mental cuando dijo antes su nombre no es nada comparado con el que pego ahora —también internamente—, que casi parece clavarse en mi cerebro.
Pero ¿esta historia surrealista qué está siendo?
¿Por qué mi plan de anoche fue una partida de rol de cinco horas y media…
y ahora podría estar de palique con una famosa?
Sí, cinco horas y media; se nos fue de las manos, pero fue divertido.
—Bueno, tendría que ser muy discreto —añade Olivia de pronto, no sé si por completar el silencio de este pringado sin saber qué decir o para dejar claro que no es algo para tirar la casa por la ventana—.
En alguna parte muy alejada, que no… vaya a reconocerme nadie y se…
Mira, déjalo. No sé qué estoy haciendo, porque a ver cómo pretendo que…
—Yo sé dónde podemos ir —la interrumpo, cortando ese mismo flujo verbal que también pude presenciar anoche.
Creo que controlo mejor mis nervios cuando no quiero que otra persona los pierda—.
En plan…, si tiene que ser en un sitio en el que pases desapercibida y al que no vaya mucha gente, yo tengo el perfecto.
Bueno, a ver, perfecto, perfecto…, es una forma de hablar.
¿Tenemos el mismo concepto mental de «sitio discreto en el que no te vayan a reconocer»?
Sí que debemos tener una idea parecida del lugar en el que Olivia pase desapercibida, pues tan solo unas horas más tarde, a eso de las seis y media, estoy esperándola sentado en una de las mesas más cercanas al baño de mi bareto friki de confianza.
Digo «bareto friki» porque es un local hostelero minúsculo —con aforo para poco más de quince consumidores— con las paredes forradas de estanterías repletas de tebeos de superhéroes, manga de todos los géneros posibles y figuritas de las franquicias más excéntricas que te puedas imaginar; los dos primeros tipos de producto son para consulta de los parroquianos y el último solo para admiración y venta.
Tras el mostrador, un hombre de unos sesenta años al que jamás he visto con una camiseta que no tenga dibujitos…
, y llevo pisando este suelo pegajoso desde que lo descubrí a los catorce porque organizaba partidas de Magic: The Gathering los sábados.
Pero, ahora que los locales de este tipo están de moda y encuentras uno en casi cada calle, este ha caído en el olvido por estar a las afueras y rodeado de…
, bueno, nada. Creo que nunca había sido tan consciente hasta este momento de lo lejos que me muevo constantemente por ser un friki de manual; mi bici creo que sí lo sabe, pobre.
Una ventaja, teniendo en cuenta que esto, un sitio casi abandonado, es lo que necesita Olivia.
Vaya mierda, en realidad, yo vengo a este cuchitril por gusto, no forzado a no poder moverme por donde me dé la gana.
Justo entonces, mientras reviso que los únicos entre estas paredes somos el dueño jugando al Battle Royale al lado de la máquina registradora, un adolescente leyendo manga frente a la balda de la que lo ha sacado y yo con el culo pegado a una silla y los hombros tan firmes como si me fuesen a pasar revista, veo a Olivia cruzar la puerta del bar.
Y detecto enseguida cómo se ha esmerado en pasar desapercibida.
A sus gafas de sol de cristal opaco y montura gruesa se unen una sudadera bastante amplia y unos vaqueros.
Y su media melena oscura, cortada a capas según he visto en algún póster de mi hermana María, está también recogida en una pequeña coleta alta.
El dueño se la queda mirando unos segundos antes de saludarla, pero sé que es por la sorpresa de otro cliente entrando, no por haberla reconocido.
Aun así, no tarda en venir hasta mi mesa, como si este espacio fuese a hacerla sentir segura de verdad. Prácticamente se deja caer sobre la silla frente a mí.
—Perdona por hacerte venir hasta aquí —dice a toda velocidad y, antes de que tenga tiempo de asegurarle que para mí no supone ningún esfuerzo, añade—: Muchísimas gracias de verdad, Andrés.
Me cuesta responder al instante, un poco atontado por lo que siento como un agradecimiento sincero por su parte. Y me gusta cómo dice mi nombre. En general, me gusta cuando alguien me llama por mi nombre.
—No te preocupes. ¿Qué quieres tomar?
Olivia mira a su alrededor, como si intentara analizar el entorno y deducir desde ahí qué puede pedir; fallo mío no comentarle las opciones, supongo.
Con las gafas colocadas aún en el puente de su recta pero larga nariz, sus ojos verdes miran por encima de la montura de pasta.
Su perfil es muy bonito. Ella en sí es muy bonita.
Me pone un poco nervioso estar sentado aquí, tan normal, con una chica así de guapa.
Creo que nunca había estado al lado de una chica así de guapa, en general.
Doy un respingo cuando vuelve a fijar sus ojos en mí por encima de las gafas de sol.
—¿Tú qué vas a pedir? —me pregunta directamente. Me encojo de hombros; aún los siento tensos.
—¿Un refresco… de naranja?
—¿Que sean… dos?
Ambos soltamos una risita nerviosa ante lo ridículo del diálogo y yo la dejo sola un momento para ir a por ello.
Cuando regreso a la mesa con los dos vasos, la veo jugar con sus anillos.
Está tan nerviosa como yo. Lo pienso un momento y supongo que, de hecho, para ella esto será incluso más raro que para mí.
Masculla un suave «gracias» mientras toma su vaso de mis manos —haciendo que nuestros dedos se rocen en el proceso; me doy cuenta muy bien de ese detalle— y durante unos segundos bebemos en silencio.
La bebida está buena y el cosquilleo de las burbujas es agradable, pero ni eso relaja el ambiente.
Que el local en sí también esté en silencio, más allá del hilo musical compuesto de bandas sonoras de películas de acción, tampoco mejora lo obvio de la situación: que esto es muy incómodo.
Porque los dos estamos muy nerviosos, todo es raro y no nos conocemos de nada.
Me gustaría preguntarle, darle pie a hablar con algo como «tú dirás», teniendo en cuenta que esto ha sido idea suya, pero al mismo tiempo no quiero presionarla a decir nada si no está cómoda; claramente no lo está, ninguno de los dos.
Y tampoco se me ocurre cómo mejorar la situación, qué puedo decir para ayudarla… más allá de rajar de mí mismo.
—Mira, esto… lo siento mucho. Creo que ha sido una mala idea —suelta Olivia de pronto, avergonzada y movida por esa incomodidad y nerviosismo que es palpable que compartimos.
Pero es que en su voz, y sobre todo en su mirada cabizbaja, reconozco la misma tristeza que tenía anoche.
—Apenas me hablo con mi mejor amigo —digo a toda velocidad, como si con ello quisiera retener a Olivia en su silla, pero sobre todo aflojar su malestar con el mío.
¿Quiero que confíe en mí? Pues yo también confiaré en ella—.
Se llama Marcos. Y, bueno, tampoco es exactamente que no nos hablemos, pero todo es muy raro con él desde que se echó novio.
Veo cómo Olivia frunce el ceño; cómo lo frunce de esa manera.