As It It’s Your Last Capítulo 2
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Capítulo 2

Tardo en darme cuenta de que anoche olvidé bajar las persianas exactamente lo mismo que en abrir los ojos.

Por eso mis dedos corren a frotar mis párpados.

Aunque ni la luz que ahora me molesta —o quizá justo por la luz— me impide reparar en el pequeño fragmento de papel sobre mi mesilla de noche, junto a mi teléfono móvil.

Tengo el vago recuerdo de haberlo sacado de la funda y haberlo dejado ahí poco antes de meterme en la cama.

Y verlo ahora me da la certeza de que fue real.

De que aquello pasó y Andrés existió en medio de mis sollozos.

Un bostezo me acompaña mientras me incorporo y al segundo lo hace también Profiterol, que se sube de un salto al colchón y se acurruca sobre mí.

Sonrío y le acaricio la punta de la nariz con el dedo índice, como sé bien que le encanta; su sonoro ronroneo tampoco se hace esperar.

Es raro porque esto es habitual. Suelo olvidar bajar las persianas al volver de una fiesta y la mañana siguiente mi gato se hace una bola sobre mí, como si me hubiera echado de menos o quisiera paliar mi resaca con sus mimos.

Y ahí es donde entra la rareza de hoy, pues en realidad apenas noto los efectos de las cuatro copas.

Quizá sea porque estoy demasiado ocupada como para pensar en eso.

Mi mente apenas recuerda aquellas bebidas, atareada como está reproduciendo una y otra vez la conversación sobre el escalón de la salida de emergencia.

Lloré como una condenada, me sentí una mierda durante horas por Tomly, Felipe Torres y todo el bagaje previo.

Pero no siento en mis hombros la tensión de cuando me meto en la cama tras enjugar litros de lágrimas.

De alguna manera, creo que me siento renovada tras la charla con Andrés. Creo que me ha hecho sentir bien sincerarme con alguien. Con alguien que no sea Profiterol.

—Ayer me prestó atención otra persona, amor —le confieso, rascando ahora el hueco bajo su barbilla. El calor de su pelaje ya llega hasta mi cuerpo aun con las sábanas de por medio—. No te vayas a enfadar, ¿eh?

Como si hubiera entendido algo de mis palabras, mi gato abre los ojos y se queda mirándome…

, aunque solo por unos segundos: renuncia hasta a mis cosquillas para dejarse caer y buscar el sueño.

Me río. Y, antes de que llegue a esconder mis dedos de nuevo en lo que parece un cojín de color naranja, noto cómo mi reloj inteligente vibra en mi muñeca.

En la pantalla, veo el nombre de Vero, así que me estiro para alcanzar mi teléfono móvil.

El mensaje de mi mánager es en realidad un audio:

— ¡Buenos días por la mañana! Espero que la fiesta de ayer acabase bien…

, pero no demasiado bien, ya sabes. No me apetece lidiar con un «Ruki, de Girl-lies, pillada borracha», la verdad.

En mi escrutinio matinal de titulares no he visto nada raro, así que imagino que no me perdí nada problemático.

Bueno, en función de lo que tardes en responderme, creo que me haré una idea de cómo estás.

— Estoy acostumbrada a este tipo de frases de Vero, pero aún más a la voz de «mamá gallina» que pone a continuación, cuando dice—: De todas formas, aprovecha que hoy no tenemos nada para dormir como un oso pardo en enero si ves que lo necesitas.

Y bebe mucha agua; espero que comieras algo al llegar a casa.

—Se me escapa una sonrisa: veo desde aquí el envoltorio de una barrita de cereales en la papelera junto a mi tocador, justo al lado del disco de algodón desmaquillante con el que me quité lo poco de máscara de pestañas que me quedaba—.

El caso, que descanses y ya me contarás mañana qué tal, qué hiciste.

Le eché un vistazo a la gente que iba y antes he cotilleado también unos cuantos perfiles de Instagram que han subido fotos.

Había muchos artistas de tu edad, por lo que pude ver.

Cuidado con esas cosas, ya sabes. Que teníais bien cantadas las cuarenta cuando estabais en Girl-lies, y me consta que lo teníais bien en cuenta porque sé que tuvisteis vuestras cosas y nunca se enteró nadie…

— Hemos tenido más veces también este tipo de conversación y me hago ya a la idea de lo que va a decir—.

Pero ahora es aún más problemático, en nuestra situación.

—Me gusta que hable en plural, me calma sentirme arropada, sentir que no es solo mío todo esto; aunque también me agobia el saber que afecto a otras personas—.

Así que mucho cuidado con quién te juntas.

Y con los desconocidos. Ve con mil ojos.

¡Pero bueno! Que yo sé que eres una chica lista, Olivia, y que esto ya es casi un pódcast y yo soy representante de artistas. Un beso.

El sonido de besos al aire acompaña también su despedida final.

Vero es cercana, siempre lo ha sido con todas nosotras, pero también tan profesional como para no olvidar ni un solo día de su vida recordarnos cómo hacer las cosas bien.

O recordármelo a mí, mejor dicho, que soy de la que más pendiente está por el punto en el que estamos: mis compañeras no la necesitan tanto en muchos aspectos, como el de las relaciones con marcas —no se están moviendo tanto por ahí porque no lo necesitan, solo un poco Laia— o el de contactos con compositores o artistas; sí para formalizarlos, pero no para iniciarlos, gracias a que tienen más idea de con quién sentarse a crear algo, supongo.

Ese es el motivo de que las palabras de Vero resuenen a menudo en mi cabeza, cuando de pronto me quedo sola y me pongo a darle vueltas a las cosas…

o cuando me las acaba de decir, como ahora.

Pensé mucho anoche en todo el rollo de las relaciones personales a cuenta de lo de Felipe Torres, pero de forma muy distinta a como lo estoy haciendo ahora por Andrés.

Por un desconocido, pero un desconocido que me transmitió más tranquilidad que la que me he labrado sola en mucho tiempo.

Un desconocido que se interesó y preocupó por mí, y que lo hizo de verdad.

Su rostro, salpicado de pecas y nerviosismo, aparece en mi mente; también sus palabras, decididas a echarme una mano, aunque tuviera pocos recursos para conseguir nada.

Quizá no soy una chica tan lista como Vero piensa, quizá no tengo tanta conciencia real sobre el mundo en el que me muevo como he creído siempre o quizá simplemente estoy muy desesperada.

Pero no suelto mi móvil y me estiro también para volver a tener entre mis dedos ese pedazo de papel sobre el que tanto cuidado volqué ayer.

—¡No te lo crees ni tú, chaval, anda! —se mofa de mí PJ desde la imagen que la cámara de su ordenador captura y me muestra en la pantalla del mío—. Vale que ayer acabásemos la hostia de tarde el rol, pero no bebimos nada raro como para que tú ahora digas que te encontraste a una famosa.

Veo también cómo Luis se desternilla de risa en su cuarto, sentado de cualquier manera sobre su silla de escritorio.

Supongo que a mí también me costaría creerlo si cualquiera de mis amigos soltase de pronto que se ha cruzado con una cantante mientras volvía a casa en bici —de hecho, oigo a través de mis auriculares cómo PJ bromea con «la estampa» de aparecer en bici si es que aquello fuera cierto—, porque es surrealista de narices pensarlo; también me lo pareció a mí en el momento.

¿Cómo iba a esperarme yo que aquella chica, a la que me había acercado solo porque la vi llorando prácticamente en el suelo, era la misma que coprotagoniza tantos pósteres en la habitación de mi hermana?

Me quedé bastante tieso, para qué negarlo, pero qué otra cosa iba a hacer.

Estaba tan triste… Me dio tanta pena cuando encontré sus ojos con los míos y los vi tan tristes.

Eso no se lo he dicho a ellos, obviamente.

Nadie, ni mucho menos alguien como Olivia, querría que la encontraran en esa situación o que hablasen de ello.

Solo me he limitado a comentar, cuando Marcos ha contado alegremente que se cruzó con su novio de vuelta y que este lo llevó a casa en coche, que con quien yo me crucé sí que es algo reseñable de verdad.

Pero no he dado ni un solo detalle más allá de que estaba en la parte trasera de aquel local de fiestas tan pijo y que intercambiamos un par de frases cuando la reconocí.

Y, claro, entre lo superficial de la anécdota y que no le pidiera ni una foto que probase el encuentro, es lógico que mis amigos no me crean.

Pero, bueno, no es para tanto, ni siquiera tenía pensado contárselo a nadie. En realidad, lo que me gusta una mierda es el gesto serio con el que Marcos mira a su cámara, en silencio, desde mi interrupción. Me raya bastante más que él crea que he soltado la primera gilipollez que se me ha ocurrido.

Es raro, todo es muy raro con él últimamente. Porque soy imbécil, más que nada.

Cojo mi teléfono y juego a pasármelo de una mano a la otra mientras escucho cómo PJ y Luis continúan debatiendo entre ellos sobre el concepto «encontrarse a una cantante de éxito en medio de la nada a lomos de una bici al borde de la jubilación».

Me pregunto qué pensarían ellos de que le diera mi número de teléfono.

Seguro que le quitarían importancia. Pero yo me siento bastante ridículo, si digo la verdad.

Porque obviamente no me va a llamar, y planteármelo es de ser un pringado. Porque igual pensó que quería ligar con ella, y eso es de incluso más pringado. ¿Qué pintaría yo jugando a intentar ligar con ella ?

Creo que disocio, y por eso me pierdo las últimas disputas entre PJ y Luis…

y por eso me asusto tanto cuando el dispositivo entre mis manos empieza a sonar con la pantalla iluminada.

No tengo el número guardado, por lo que no puedo responder cuando mis amigos me preguntan por ello cuando les llega también la estridente música —el opening de Hunter × Hunter — de mi tono de llamada.