Capítulo 1 #6
El silencio que nos rodea, a pesar de estar junto a un edificio en cuyo interior presupongo jolgorio, es bastante relajante.
Mi vida a menudo tiene silencios, pero muy distintos a este.
Mi casa es silenciosa, más allá de lo que pueda liar Profiterol —siempre hay que desconfiar de los gatos naranjas—; mis sesiones de composición son silenciosas, más allá de lo que pueda proponerme mi equipo —y que nunca llega a nada—. Este silencio, en cambio, no me agobia.
Tampoco me agobia cuando Andrés lo rompe:
—Hace una noche muy tranquila.
Lo miro y veo que él también tiene los ojos en el cielo. Los baja hasta mí y ambos nos sostenemos la mirada; yo sonrío, pero al mismo tiempo esbozo una mueca.
—Agradezco un poco de tranquilidad, la verdad.
Devuelvo la mirada a las estrellas —mentira, no se ve ni una por la contaminación lumínica— mientras Andrés continúa con la suya sobre mí. No es incómodo; noto cómo intenta leerme. Cómo piensa, igual que antes, en qué decir.
O en si debería decir algo.
—¿Quieres hablar?
Ah, soy yo la que debería decir algo. No, claro, en realidad tiene sentido. Supongo.
Es raro, porque yo no hablo mucho con la gente, pero entiendo que él piense que pueda querer verbalizar por qué estoy así. Y creo que… es más raro aún para mí pensar en que quiero hacerlo.
Cuando me preocupa algo, a menudo le hablo a Profiterol, le doy monólogos completos de lo que se me pasa por la cabeza, y sí que suele ayudarme a sacar lo que llevo dentro.
Pero Profiterol no me da conversación, como es obvio, y, de alguna forma, creo que eso acaba de marcar una diferencia para mí.
O quizá es culpa de las cuatro copas y los dos petardos que llevo a las espaldas esta noche.
«Bien, vamos allá».
Y lo hago. Lo saco todo, de verdad.
—Estoy acojonada —suelto, agarrando con las manos la tela de mi vestido, como si ese toque fuese a darme la fuerza que estoy volcando sobre el tejido—.
Y muy agobiada. Porque no tengo ni idea de qué hacer.
Quiero hacer música, pero… no me sale. Nunca he tenido que hacer mi propia música y no soy capaz de saber qué decir, ni cómo tengo que sonar.
Es frustrante. Es frustrante, pero no sé cómo conseguirlo, no tengo ni idea de hacer música.
—Me sorbo la nariz de manera inconsciente, y eso me hace darme cuenta de que he vuelto a ponerme a llorar, aunque esta vez en silencio—.
Encima, ni siquiera… ni siquiera me ayudan las expectativas sobre mí, porque…
porque es que no las hay. Solo presión por sorprender porque nadie sabe por dónde voy a salir.
Emma decidió mantener su imagen de chica inteligente, Daniela también lo de ser una tía rebelde…
y Laia mandó a la mierda lo de ser dulce.
Yo… yo no tengo nada. Yo en realidad no era nadie.
Y me… —Me giro con sorpresa hacia Andrés cuando me obliga a soltar mi vestido para volver a tomar mis manos entre las suyas, esta vez las dos—.
Me acojona dejar la música como hizo Luisa; mucha gente empieza a dudar de si no voy a hacer lo mismo.
—¿Luisa? ¿La que desapareció?
—Sí. Sol en Girl-lies, la graciosa —le explico, con el agobio convertido de nuevo en una pelota de llanto en mi garganta, aunque ahora me oprime menos que antes—. Ella eligió apartarse de la música, pero yo no quiero. Yo no quiero dejarlo, Andrés.
Él aprieta mis manos y, decidido, con una seguridad que parece querer transmitirme, asiente.
—Eso es lo importante, ¿no? Tú lo tienes claro. No importa que los demás no.
Pero sacudo la cabeza y me suelto de sus manos. Recoloco mi vestido y enjugo la humedad de mi rostro.
—Pero es que yo no tengo claro nada.
—Sí, sí lo tienes. Al menos, lo más importante —insiste Andrés, y su mirada parece lanzada a la misión de convencerme de lo que él parece ver tan claramente y yo no—. Lo que quieres es la música, y solo tienes que encontrar cómo llegar a ella. Descubrir… cuál es tu música. ¿No?
No digo nada. Sé que este chico solo quiere ayudarme, que se ha preocupado por mí sin conocerme de nada. Pero él no entiende esta industria como la entiendo yo. Como la vivo yo todos los días desde que dejé de jugar con muñecas.
—Yo no…, bueno, yo no sé nada de cómo funciona tu mundo, supongo.
—Andrés pone en voz alta lo evidente y yo lo miro.
Sigue teniendo en la cara esa expresión que parece mezclar duda, nerviosismo y calma.
Las dos primeras como parte de él, la última como algo que quisiera regalarme.
Se lo agradezco aún en silencio, por dentro.
Es algo bonito. Parece buen chico—. Pero no puede ser tan distinto en lo básico, ¿no?
En que a veces se necesita tiempo y… no está todo claro.
Mira, yo estudio Ingeniería Informática —me cuenta, y su rodilla roza la mía cuando se remueve en el escalón—, pero en realidad no estaba seguro de si era lo que quería hacer.
Se me dan bien esas cosas y sí que me gustan los ordenadores, pero no lo tenía claro, y mi mejor amigo se matriculó y, pues…
, yo también. Y sí que me gusta. Pero Marcos la dejó en segundo.
Se me escapa una carcajada. Andrés me mira reír y yo confirmo que es un buen chico. Que quiere animarme como sea, ya que está claro que no puede ayudar. El optimismo que llena su voz, aun sin ser enorme —y teniendo claro que no me llevará a ningún lado—, expande una sensación cálida bajo mi piel.
—Pero ahora ha encontrado otra cosa. A veces nos equivocamos después de probar… y también hay personas que solo necesitan más tiempo para pensar.
Una sensación que me tranquiliza. Aunque dure poco.
—Ojalá fuera tan sencillo. Pero yo no tengo más tiempo.
—Resoplo casi sin darme cuenta y mis ojos vuelven al cielo otra vez.
Porque ese es el problema: no me queda tiempo.
Y ni siquiera hablo de que el ritmo de la industria sea frenético, de que se necesite sacar música en determinados intervalos para mantenerte o de que estoy en una situación complicada en la que puede que se olviden de mí o dejen de quererme.
Hablo de que la discográfica no está dispuesta a concederme más tiempo—.
Ahora me han puesto una fecha límite, ¿sabes?
—Se me escapa una risa, más melancólica que irónica.
Puedo oír la voz del de la discográfica, ver la expresión seria de Vero.
Recuerdo el dolor en mi pecho—. Tengo hasta septiembre.
Me quedan los meses de verano para pensar en qué quiero hacer, para tomar decisiones y empezar canciones y que podamos sacar algo en octubre.
Si llego a septiembre sin nada, serán ellos los que me harán las canciones y probaremos con músicas prefabricadas para que yo las cante, como cuando estaba en Girl-lies.
Veo cómo Andrés está a punto de preguntarme sobre el tema, que quiere saber más sobre lo que le acabo de confesar —a él y a nadie más aún; mala idea, por cierto, porque no lo conozco de nada; se nota que estoy un poco borracha, normalmente tengo mucho cuidado—, pero él también ve cómo mis ojos se han vuelto a llenar de lágrimas y no dice nada, solo guarda silencio.
Y resulta que eso no es ni más ni menos que lo que yo necesito.
Las miradas cargadas de ilusión de niños y mayores en nuestros eventos con fans llegan a mí de pronto.
Cómo a veces eran incapaces de terminar las palabras o de acallarlas, cómo les brillaban los ojos o las sonrisas, cómo me querían.
Un rostro, otro más. Una señora, un niño, una adolescente.
Sus palabras resuenan dentro de mi cabeza y no soy capaz ni de creérmelas ni de retenerlas conmigo.
Aquí, bajo un cielo vacío, con un universitario completamente desconocido para mí sentado a mi lado y un nuevo llanto silencioso surcando mis mejillas, soy más consciente que nunca de lo perdida que me siento. Pero también noto que… me encuentro más en paz que hace horas.
Como después de bombardear con mil informaciones a Profiterol, pero aún mejor.
—Oye, yo… —Solo entonces noto que, en mi ensimismamiento, Andrés no ha permanecido quieto del todo junto a mí y, con su mochila aún abierta a sus pies, me tiende un pedazo de papel.
En su regazo aún sostiene un bolígrafo con el capuchón en el extremo contrario a la punta—.
Sé que igual no puedo hacer mucho por ti, pero…
, de todos modos, si alguna vez necesitas hablar, puedes contar conmigo.
—No me cuesta relacionar sus palabras con los números garabateados sobre el fragmento de folio—. Cuando quieras, Olivia.
Le miro fijamente a los ojos durante unos segundos. Luego al papel y después a ambos varias veces. Las mejillas de Andrés podrían rivalizar con el colorete de Tomly y le tiembla un poco la mano que sostiene su número.
Aún incrédula, tomo el papel y repaso los números sin parar, tanto con mi mirada como con las yemas de los dedos. Creo que susurro un «gracias» todavía sin detener mis movimientos, pero no estoy segura. Me conmueve su gesto, aunque todavía no lo comprenda bien.
Solo cuando Andrés se pone de pie, levanto la vista hacia él y doblo el papel en varios pliegues. Él, todavía nervioso a juzgar por el color de su rostro y de sus movimientos torpes para colocarse la mochila en los hombros, corresponde a mi mirada.
—Yo creo que debería irme ya, es tarde, pero… ¿Estás bien aquí? ¿Te acerco a algún lado en la bici? —Me enternece un poco más aún su preocupación—. ¿O me quedo un rato más contigo?
Hace el amago de recuperar su sitio en el escalón y yo me pongo en pie para evitarlo.
Doy un suave traspié al mezclar la velocidad de mi movimiento y el alcohol que llevo dentro, y es Andrés el que se encarga de que no me dé de bruces contra el suelo, sosteniendo por un momento mi muñeca.
Con ambos de pie, y a esta distancia, noto que debe ser apenas unos centímetros más alto que yo, pues con mis tacones quedo levemente por encima.
—No te preocupes, ahora llamo para que pasen a recogerme y… me voy a casa también.
Ambos asentimos, pero Andrés aún no da los pasos que le separan de su bicicleta.
—¿Necesitas que espere contigo?
Entonces niego, él deja una suave caricia en mi muñeca —no recordaba que todavía no me había soltado— y levanta la bici del suelo.
Cuando ya está a punto de ponerse en marcha, sin que yo haya apartado mis ojos de él en ningún momento, me mira una vez más, como si quisiera asegurarse de cómo estoy antes de desaparecer bajo la escasa luz de las farolas. Le sonrío y él hace lo mismo, también con sus palabras:
—Buenas noches, Olivia.
Y, con ese simple deseo, lo veo marchar. Sobre la misma bicicleta con la que apareció de repente y una mochila al hombro con un llavero de un dado icosaedro.
Cuando me quedo sola, me siento como despierta tras una ensoñación, como si nada hubiese pasado, como si acabase de llegar a este pequeño escalón que me ha visto llorar durante no sé bien cuánto tiempo.
Pero, cuando saco mi teléfono móvil para llamar a un Unknown Car , lo hago con el papelito aún en la otra mano.
Con el número de Andrés como prueba de que sí que ha pasado.
Que no he estado sola.
Lo guardo en la funda transparente del móvil, junto a la foto de Profiterol y el cromo de Girl-lies que siempre llevo conmigo, aunque hace tiempo que me duele mirarlo.
Suspiro y pienso que ojalá no tarde mucho en poder meterme bajo las sábanas. Estoy agotada. Sin embargo, me doy cuenta.
Me doy cuenta de que al final he pensado en todo toda la noche. Pero ha dolido menos que llorar —o sonreír— como si nada.