As It It’s Your Last Capítulo 1 #5
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Capítulo 1 #5

Noto los ojos llenos de lágrimas, pero no puedo llorar aquí.

Levanto la barbilla y pestañeo muy deprisa para aparentar que no pasa nada.

Aquí no ha pasado nada. La respiración todavía no se me ha estabilizado cuando busco desesperadamente por la sala, incapaz de fijar la vista en un punto claro: la música sigue siendo suave y elegante, por eso la gente no baila y solo conversa por aquí y por allá, por todas partes; por eso por todas partes hay también camareros con amplias bandejas repletas de copas.

Pero eso no me sirve, no quiero tener que hablar con nadie, no quiero tener que mascullar un suave «gracias». No creo que pudiera.

Sin correr, pero con un paso veloz y sorprendentemente firme para mi situación —la de mi hígado y la de mis pulmones—, me dirijo hacia la ostentosa mesa que hay junto a la pared del lado contrario de la sala.

Todo el mundo va y viene hacia ella con frecuencia porque está llena de aperitivos, porciones de tarta y más y más copas. Casi me lanzo sobre estas últimas.

Tomo una entre mis dedos y la vacío en apenas un trago.

Respiro con profundidad cuando el recipiente ya no tiene contenido y lo dejo de un golpe seco en la mesa.

Ni el paseo hasta aquí ni la bebida ni tampoco ese último suspiro han conseguido cambiar algo.

No creo que nada pueda hacerlo. Tengo que salir de aquí.

«Tengo que salir de aquí».

Antes de que pueda darme cuenta —como si el alcohol me hiciera ya olvidar mis acciones, aunque sé que en realidad es la ansiedad—, estoy sentada en los escalones de piedra de la salida de emergencia, la contraria a la puerta de entrada al local.

Frente a mí solo hay noche, noche y un amplio descampado tras la carretera que pasa por aquí.

Esta sala de fiestas está en un polígono a las afueras; mientras venía hacia aquí, por la ventanilla del automóvil solo he podido ver otras naves similares, aunque con diseños muy distintos ya en su exterior: mientras esta es tan ostentosa por dentro como por fuera, dando aires sofisticados y casi palaciegos a un enclave en realidad muy urbanita, las demás se nota a lo lejos que solo son discotecas de extrarradio, obradores industriales o salones recreativos.

Me duelen los pies, siento el cuello agarrotado y ya he empezado a llorar. En realidad, llevo un rato sollozando. Controlar mi respiración se me sigue atragantando y ya no tengo que fingir estar bien, así que simplemente lo dejo salir todo. Lloro, lloro y lloro un poco más.

Solo cuando me da un ataque de tos me permito utilizar las manos para frotarme los ojos y, cuando me las miro, las encuentro tan oscuras como el cielo.

—Máscara waterproof y una mierda —me quejo al aire, pues noto también cómo se me pegan las pestañas. Genial: rota, borracha y fea. Aunque esto último es lo que menos me preocupa, al menos ahora mismo.

Cuando vuelvo a bajar las manos al escalón en el que estoy, me doy cuenta de cómo mi cuerpo se mueve ligeramente hacia los lados sin yo pretenderlo.

Sí, por supuesto que cuatro copas iban a tener sus consecuencias.

Estoy consciente, pero también por eso soy consciente de que voy medio borracha; lo noté en cuanto el frío me golpeó la cara y me entraron náuseas, pero al menos he conseguido no vomitar.

Y creo que es también por culpa de mi estado que continúo llorando. Porque sigo agobiada, porque todo sigue siendo una putada y porque encima ahora tengo las emociones a flor de piel. Quiero quedarme aquí toda la noche.

Quiero llorar toda la noche.

Quiero no pensar en nada en toda la noche.

—¿Te encuentras bien?

Reconozco al segundo la voz que me habla como masculina, así que no tardo en pensar: «No hay dos sin tres, ¿eh?

». Pero, cuando levanto la vista, un chico subido a una bicicleta me mira con gesto preocupado.

Tiene el cabello castaño claro —o rubio oscuro, no estoy segura— y lleva una mochila al hombro. Un chico normal y corriente, supongo.

—¿Estás bien? —repite con cuidado y bajando también al suelo el único pie que mantenía sobre un pedal.

Mis labios forman un puchero al mirarlo y, cuando da un paso hacia mí arrastrando su bici, niego con la cabeza sin ser capaz de mentir como se supone que he aprendido a hacer. Él lanza su bicicleta al suelo y corre a sentarse a mi lado.

—Eh, eh, tranquila —dice, y yo noto cómo duda si tocarme o no, si apoyar una de sus manos en mi hombro o no—. ¿Puedo hacer algo por ti?

Y eso quizá sea lo peor que ha podido decir. Lo que más me hunde.

Noto cómo da un respingo cuando un sollozo más fuerte escapa de mi garganta. Mis hombros se agitan y yo niego con la cabeza mientras siento las lágrimas ya acariciar mis mejillas. Esta vez me paso las manos por toda la cara. Vaya desastre.

Me gustaría decir que no me doy cuenta de cómo me mira solo con lo que atisbo por el rabillo del ojo.

La fijeza de su atención sobre mi cara, el nerviosismo que crece en él un poco más.

Porque me ha reconocido. Claro que me ha reconocido.

¿Cómo no iba a hacerlo? Pero sí puedo decir que no dice nada, y que me encanta que así sea.

Poco a poco, mi respiración empieza a calmarse. No estoy sola y tampoco me siento sola, aunque este chico no esté haciendo nada. Solo con que esté aquí ya me encuentro un poco mejor.

—¿Quieres que te dé la mano? —pregunta de repente, y me giro a mirarlo.

Está colocado de tal forma que hasta sus rodillas evitan tocarme, y la inquietud es evidente en su rostro, tanto por no saber qué hacer como por mi estado en sí mismo.

Me doy cuenta de que sus ojos son marrones y de que tiene el rostro lleno de pecas; sus dedos, que mantiene extendidos hacia mí, también tienen esas mismas motas de color por todas partes.

No termino con el espacio entre su mano y la mía, pero digo:

—Sí.

Y eso es todo lo que él necesita para entrelazar sus dedos con los míos.

Su piel está caliente y siento levemente la marca que tiene de haber agarrado con fuerza el manillar de la bicicleta.

Con su pulgar recorre el mío, y soy consciente de que concentrarme en ese pequeño gesto afloja la presión en mi pecho; también me ayuda verlo, mirar su mano y la mía.

Mientras que sus uñas son muy cortas y se nota que se muerde las cutículas por las heridas que tiene en alguno de los dedos, las mías tienen una manicura perfecta de color violeta brillante y llevo varios anillos de plata.

Su muñeca la rodea un sencillo Casio de color negro que me recuerda a las tardes de verano que pasaba con mi abuelo cuando mi madre trabajaba y yo aún era una desconocida.

—Esto siempre consigue que mi hermana deje de llorar —me explica de repente, con una voz tan cálida como temblorosa; creo que me reconforta que, a pesar del nerviosismo, suene así de sincera, amigable. Su pulgar aún acaricia el mío—. Se llama María. Tiene siete años.

—Oh, vaya —digo con una risa suave en los labios—, gracias por la comparación, supongo.

—¿Qué? ¡No, no, no quería decir eso, me refería a que…! —Vuelvo a reír y, por su silencio, interpreto que se ha dado cuenta de que estaba bromeando. Nos sostenemos la mirada unos segundos, hasta que entreabre de nuevo los labios—: ¿Ha funcionado?

Le sonrío antes de volver a frotarme los ojos —esta vez solo con la mano libre— mientras asiento despacio. Por cierto, debería dejar de hablar tanto con la cabeza, porque con cada movimiento noto cómo todo se mueve. Entonces, la vergüenza asciende de nuevo por mi cuerpo.

Por cómo me ha visto este chico. Y no me refiero a mi maquillaje corrido.

—Siento haberte asustado —susurro tan bajo que él se acerca a mí inconscientemente; no me pasa desapercibido el detalle de que mantiene en su sitio las rodillas—. Pero muchas gracias.

He estado a punto de decirle que ha sido de mucha ayuda. Sin embargo, solo ha conseguido que deje de llorar. Y sí, eso hoy ya parece mucho; pero eso: hoy.

—Pero ¿te encuentras bien? ¿Te ha pasado algo? —insiste él, que aún no ha soltado mi mano, y yo tampoco quiero que lo haga. Aún no—. Me llamo Andrés, por cierto.

—Encantada.

No digo nada más porque genuinamente no lo considero necesario. Ni quiero responder a su pregunta ni…

—¿Tú cómo te llamas? —Entonces sí que le miro con sorpresa, con el ceño fruncido y bastante incomprensión. Él también me mira a mí y, en su inseguridad, sé que me conoce y que entiende que mi mueca viene precisamente de que soy consciente de ello. Pero sé lo que tengo que responder.

Lo que quiero responder:

—Me llamo Olivia. —Andrés asiente despacio y su sonrisa sabe a «encantado también». Y creo que esta parte de la conversación me está calmando como ninguna otra—. ¿Lo sabías?

Saber quién soy y saber cómo me llamo no son sinónimos, pues mucha gente sabe quién soy, pero no mi nombre, aunque no sea un secreto. Y Andrés me lo confirma, porque primero asiente y después niega. Eso me hace sonreír.

—No estaba seguro del todo —confiesa con apuro y capturando con su otra mano la mía; empieza a jugar con mis dedos y yo sonrío un poco más—. Mi hermana era muy fan de Girl-lies y también os he escuchado bastante, pero… me bailan un poco vuestros nombres. Y, bueno, tampoco sabía qué preferías tú.

—Todo el mundo me llama Ruki, en realidad.

—Pero no es tu nombre.

Tiene razón. Sí, tiene razón. Aunque nunca me ha importado especialmente, o eso creo. Nos mantenemos en silencio unos segundos más, hasta que de pronto Andrés suelta mis manos y se aleja un poco.

Le miro y veo que el rubor colorea sus mejillas.

—Perdona.

«Qué mono», pienso; y niego con la cabeza para quitarle importancia.

En medio de un suspiro, levanto la barbilla y miro al cielo. La leve brisa de la noche hace que note cómo mis lágrimas se enfrían sobre mi piel, pero no me molesto en limpiarlas. Creo que ahora mismo no tengo por qué ocultarlas. Y eso sí que me hace sentir paz.

Cierro los ojos y vuelvo a suspirar.