As It It’s Your Last Capítulo 1 #2
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Capítulo 1 #2

El azul y el morado han sido seña de identidad de Girl-lies desde el principio.

En nuestra ropa de eventos musicales y promocionales, en nuestros diseños gráficos para cartelería y redes sociales, en nuestro merchandising de papelería y ocio.

Pero era eso, parte de Girl-lies, de la parte expuesta de nuestras vidas.

Por eso, de la misma manera que en realidad las gafas de pasta son un complemento de Plash, pero no parte de la vida de Emma, yo ya no pongo una mueca cuando la peluquera del día me da un tirón al colocar las horquillas.

Ni siquiera me parece que pesen sobre mi pelo natural como sí me lo parecía cuando tenía trece años.

Alguna vez nos preguntaron en entrevistas por qué no considerábamos teñirnos —pues no era un secreto para nadie que el color de nuestro pelo era de mentira, teniendo en cuenta que no lucíamos así en nuestro contenido cotidiano para redes sociales— y yo, como encargada habitual de hablar en nombre de todas, solo me limitaba a decir que era más divertido.

«¡Así no están siempre en el mismo sitio!

». Más bien, era una forma de la discográfica de ayudar a generar esa separación entre ser una chica de Girl-lies y ser nosotras mismas.

Era «poner la línea» cuando subíamos y bajábamos del escenario, cuando sonreíamos para una cámara y cuando era para el espejo.

Yo ya no soy una chica de Girl-lies —y pronto deberíamos trabajar en profundidad para que deje de serlo en el imaginario de la gente o tendremos un problema, porque lo seré para siempre—, pero todavía no tengo un concepto ligado a mí, algo nuevo con lo que relacionarme.

Por lo que la discográfica opta a menudo por recordar que sigo siendo Ruki y que nada ha cambiado, porque a la gente le gusta lo que conoce.

Pero también que cambiaré, porque a la gente se le atraganta lo que ya conoce.

—¿Lo tienes todo a punto para esta noche?

La pregunta de Vero me saca de mis pensamientos, pero solo consigue de mí un leve asentimiento. Sé que mi representante se limitaba a ser retórica: siempre lo tenemos todo bajo control. En plural.

Pero, a decir verdad, eso no evita que esté un poco nerviosa.

Vale que en el evento no vaya a haber ni fans ni periodistas —a veces es complicado diferenciar a cuál de los dos grupos les gusta más conseguir una lágrima del nombre del momento—, pero tampoco me parece el mejor plan del mundo el estar rodeada de un montón de compañeros de profesión…

Profesión que cada vez parece más factible que deje de quererme.

Es una fiesta privada de la discográfica, algo así como una celebración de lo próximas que están las semanas veraniegas.

Los meses previos a septiembre son raros, convulsos y caóticos.

Porque están llenos de festivales y conciertos para algunos, pero también son días para ultimar lanzamientos musicales con la amenaza cercana que supone agosto: ese mes en el que no solo está de vacaciones prácticamente todo el país —también el sector que se dedica a la música—, sino en el que el consumo sonoro baja como no lo hace en ningún otro momento del año.

Por eso sacar temas y discos antes de que termine julio puede ser una verdadera carrera contrarreloj.

Y por eso tampoco todo el mundo es capaz de hacer un hueco en su calendario para asistir a una cita tan, para algunos, irrelevante.

Para esos que ya tienen contactos y presencia, para esos que están tan ocupados que relacionarse con otros cantantes con una copa en la mano es más un incordio que una diversión.

De ahí vienen mis nervios: de saberme la única chica de Girl-lies que esta noche jugará a ser la cantante feliz y risueña con un vestido cedido por una marca.

Como si la marca fuese a sacar verdadero rédito de aparecer en un par de mis stories y una publicación de la discográfica, teniendo en cuenta que su coste es de tres dígitos.

—Ya sabes que el Unknown Car pasará por ti a las ocho —me recuerda Vero, en referencia a la proveedora de movilidad que siempre opera con todos los miembros de la discográfica, tanto para viajes profesionales como personales; lógico teniendo en cuenta que no es como las demás empresas del sector: los cristales biselados que separan a conductor y pasajeros, junto con el sistema de insonorización de sus paredes, consiguen esa privacidad tan perseguida y codiciada en la industria.

Sin poder evitar su impulso perfeccionista, por un momento suelta la carpeta que siempre la acompaña en la mano derecha y coloca tras mi oreja un mechón suelto—. Perfecta.

Apenas cinco minutos más tarde tengo tras de mí una pared pintada de verde chillón y delante a un fotógrafo dándome indicaciones que ya conozco de memoria. Al igual que con las extensiones, el flash de su cámara ya no me hace daño a los ojos y el calor de los focos sobre mí me resulta agradable.

En la página web de la discográfica hay siempre un apartado disponible para consultar los artistas acogidos bajo sus múltiples sellos.

De cada uno de nosotros puede leerse una breve descripción, una mención a nuestras obras más notables y una fotografía encabezándolo todo.

Conmigo llevamos meses retrasando esta sesión, un rato en el que conseguir las instantáneas con las que mostrarme al mundo como cantante.

Desde los trece años, mi presencia en la página web era junto a mis compañeras y con el rótulo Girl-lies bien grande.

Ahora, Plash, Mili y Dani tienen nuevas fotos que las definen en sus caminos individuales, mientras que yo llevo meses tirando con alguna de las solitarias que tenía de algún merchandising del grupo.

Querían esperar a tener una nueva imagen real que mostrar. Pero la espera se está haciendo un poco larga.

Según Vero, también puede ser una buena estrategia comunicativa: en cuanto alguien note el cambio en la web, se dispararán las teorías sobre que mi proyecto musical está a punto de empezar.

—Lo tenemos —anuncia el fotógrafo, y un par de becarios se lanzan sobre los interruptores de los focos, como si de su velocidad dependiera que no les ordenaran traerme un café.

También es bastante raro para mí, pues deduzco que tendrán un par de años más que yo y también varios cursos de formación superiores a los míos; nada difícil teniendo en cuenta que solo pude acabar la ESO.

Y, en apenas un pestañeo, me encuentro a mí misma de camino a una fiesta que me tiene con el estómago del revés.

Y, tras un —aún más rápido— suspiro de agobio, me encuentro exactamente como me temía: frente a una amalgama de gente a la que no sé cómo dirigirme, con una copa burbujeante en las manos y unas desoladoras ganas de volver corriendo a mi casa.

Aunque, a quién quiero engañar, tampoco es como si en mi casa fuese a encontrarme mucho mejor después de huir de aquí.

Después de todo, la tarde ha pasado por delante de mí sin que apenas me diese cuenta, porque lo único que he hecho ha sido comer unos macarrones precocinados mientras veía stories .

Y me he agobiado al recordar que yo solo había subido tres en todo el día y me he sacado varios selfis, pero no me gustaba ninguno…

y he terminado probando filtros durante horas, mientras Profiterol —mi gato, una bola de pelo naranja que pesa cinco kilos— corría como pollo sin cabeza por toda la casa después de oír ladrar al perro de una influencer en un vídeo.

Bueno, pensándolo bien, sería más sencillo mantener un diálogo con mi gato que con la mayoría de las personas de esta misma sala.

Que no se me malinterprete, el problema no son ellas: soy yo.

Aquí solo hay cantantes lo suficientemente consagrados como para poder permitirse una noche de diversión sin preocupaciones…

o estrellas emergentes que quieren codearse con otros compañeros de profesión para hacer algún amigo en el mundillo.

¿Cómo me acerco a los primeros, sin tener yo la más remota idea de mantener mi éxito a largo plazo, o cómo converso con los segundos sin que piensen que soy una privilegiada porque todo un país ya conoce mi nombre?

Mi tercera copa no me ha dado la respuesta a ninguna pregunta aún.

—¡Ruki! Tú eres Ruki, ¿no? —Un chico rubio de ojos claros y sonrisa desbordante se acerca a mí y yo tenso los hombros, como si fuera una niña a la que están a punto de regañar por pillarla en una travesura o haciendo algo que no debía; confieso que me siento así más veces al día de las que podría enumerar, y que lo odio—.

Creo que aún no nos conocemos, ¡soy Tomly!

Tomás López Yanes, uno de esos artistas emergentes que decía antes.

Sé poco de él, más allá de que verdaderamente su terreno es el de TikTok.

Después de que se convirtiera en toda una estrella en esa red social —con más de siete millones de seguidores y un engagement superior al treinta por ciento— con sus versiones de canciones de éxito, mi discográfica le fichó y le sacó un single que fue un verdadero pelotazo gracias a sus ritmos enérgicos…

y al trend de baile que hicieron tanto él como otra tanda de influencers . Y todo hacía apenas unos cuatro meses.

Vero me lo contó en una de nuestras charlas aparentemente triviales, explicándome también el peligro de una carrera como la suya: «Corren el riesgo de tener un éxito efímero, volátil.

A veces los ascensos tan veloces a la cima son un espejismo.

Una canción de éxito es una canción de éxito, no un artista de éxito.

Se necesitan muchos éxitos para hablar de verdad de tener un hueco en esta industria».

Recuerdo que en ese momento regresó a mi mente la sensación de euforia que nos sobrecogió a todas cuando el primer sencillo de Girl-lies copó las posiciones más altas de las principales listas del país.

La euforia, pero también el agobio, pues se nos advirtió de lo mismo que ahora Vero decía de Tomly.

Y no con unas palabras mucho más dulces por tener trece años.