ARUKANA: La Ciudad Perdida Capítulo 71
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Capítulo 71

Eleanor

La decisión final se toma aquella misma tarde, aunque nadie la plantea como una votación ni como una resolución oficial.

No hay discursos solemnes ni intentos de imponer una postura sobre otra.

Lo que ocurre es mucho más sencillo y, al mismo tiempo, más difícil: una conversación larga, honesta y agotadora entre personas que han llegado al final de un viaje y comprenden que ninguna solución será perfecta.

El consejo escucha nuestra propuesta sin interrumpirnos. Tomas permanece junto a la anciana, João se sienta a un lado y Blackwood ocupa un lugar frente a nosotros. Por primera vez desde que comenzó aquella discusión, nadie parece interesado en convencer a los demás. Todos intentan comprender.

Cuando terminamos de explicar nuestra idea, el silencio se instala en la sala.

La propuesta es clara. Contaremos la historia, publicaremos la investigación y explicaremos quién fue Arthur Whitmore.

Reconstruiremos la historia de Arukana para que el mundo conozca la verdad.

Sin embargo, la ubicación exacta del valle desaparecerá de todos los registros.

No habrá mapas, coordenadas ni referencias que permitan encontrar el lugar.

La historia sobrevivirá y el pueblo también.

La anciana escucha atentamente la traducción de Tomas. Después responde durante varios minutos en su lengua. Cuando termina, él guarda silencio unos instantes antes de mirarnos.

—Dice que Arthur habría estado orgulloso.

La emoción me golpea con una intensidad inesperada y tengo que apartar la mirada.

Durante meses perseguí respuestas, convencida de que solo ellas podrían dar sentido a todo lo ocurrido. Sin embargo, en ese momento comprendo que ya no necesito seguir buscando. Por primera vez desde que comenzó esta expedición, siento que he llegado al final del camino.

Blackwood es el último en hablar.

Todas las miradas se vuelven hacia él. Durante semanas ha sido la voz más firme del grupo, el hombre que se negaba a aceptar soluciones intermedias. Sin embargo, cuando finalmente levanta la vista, parece más cansado que obstinado.

—Sigo pensando que ocultar información es peligroso.

Nadie responde porque todos sabemos que habla con sinceridad.

—Pero también creo que destruir una comunidad sería peor.

Su mirada pasa de Tomas a la anciana y finalmente se detiene en mí.

—No es la decisión que yo habría tomado.

—Lo sé —responde João con calma.

Blackwood exhala lentamente.

—Pero puedo vivir con ella.

Una pequeña sonrisa aparece en el rostro de João.

—Bienvenido a la edad adulta.

Miguel suelta una carcajada inmediata.

Blackwood frunce el ceño.

—Tengo cuarenta años.

—Y acabas de descubrir que el mundo no tiene respuestas fáciles.

Blackwood lo piensa unos segundos.

—Ah.

—Exacto.

Las risas alivian una tensión que llevaba demasiado tiempo acompañándonos y, por primera vez en muchos días, la sensación de conflicto desaparece por completo.

La mañana siguiente llega antes de que estemos preparados para afrontarla.

Las despedidas comienzan con las primeras luces del amanecer.

Gran parte del pueblo se reúne junto al sendero principal para vernos partir.

Algunas personas nos entregan pequeños regalos: figuras talladas en madera, pulseras y objetos sencillos que, pese a su modestia, poseen un valor imposible de medir.

Miguel recibe más obsequios que nadie. No porque sea el más importante de la expedición, sino porque ha conseguido algo mucho más difícil: hacerse amigo de prácticamente todo el mundo.

Observa la colección que lleva entre los brazos y niega con la cabeza.

—No es justo.

—La simpatía siempre tiene recompensa —le digo.

—Eso explica por qué tú no has recibido ninguno.

—Gracias, Miguel.

—Para eso estoy.

João sonríe sin molestarse en ocultarlo.

Tomas nos acompaña hasta el límite del valle.

Durante semanas fue una presencia distante, un guardián que observaba cada uno de nuestros movimientos desde las sombras.

Ahora parece simplemente un hombre que ha cargado durante demasiado tiempo con una responsabilidad enorme, un hombre cansado, pero también en paz.

Cuando llega el momento de despedirnos, se detiene frente a mí.

—Arthur tenía razón sobre ti.

Parpadeo, sorprendida.

—¿Qué?

Una leve sonrisa aparece en su rostro.

—Decía que eras demasiado terca para rendirte.

—Eso no suena exactamente como un cumplido.

—Lo era.

La sonrisa se ensancha ligeramente y, por primera vez desde que lo conozco, parece completamente sincera.

Después se vuelve hacia Alistair. Ambos se estrechan la mano sin necesidad de intercambiar muchas palabras. Hay personas que no necesitan largas conversaciones para entenderse.

La despedida con João resulta aún más difícil.

A lo largo de la expedición se convirtió en algo parecido a una brújula para todos nosotros. Siempre parecía saber cuál era el siguiente paso, incluso cuando el resto avanzábamos a ciegas.

Miguel es el primero en abrazarlo.

Durante unos segundos, João parece incapaz de hablar.

—Volveré.

—Lo sé.

—Lo digo en serio.

—Precisamente por eso lo sé.

Miguel sonríe y, por un instante, deja de parecer un explorador o un aventurero. Solo parece un hijo despidiéndose de alguien a quien quiere profundamente.

Y quizá eso sea exactamente lo que está ocurriendo.

Tres semanas después estamos a bordo del barco que nos lleva de regreso a Inglaterra.

La selva quedó atrás hace días. Después desapareció el río y, finalmente, el océano se convirtió en el único paisaje visible. Poco a poco, Arukana empieza a transformarse en un recuerdo. No en uno distante, sino en una parte inseparable de quienes somos ahora.

La noche es tranquila. El mar se extiende bajo un cielo cubierto de estrellas y el horizonte parece infinito.

Estoy apoyada en la barandilla cuando escucho unos pasos acercándose. No necesito girarme para saber quién es. Reconozco esa forma de caminar.

—Empiezo a pensar que me sigues.

Alistair se coloca a mi lado.

—Yo iba a decir exactamente lo mismo.

—Mentiroso.

—Probablemente.

Sonrío mientras ambos contemplamos el océano en silencio.

No resulta incómodo. Después de todo lo que hemos vivido, ya no sentimos la necesidad de llenar cada momento con palabras. Hemos compartido peligros, descubrimientos y decisiones imposibles. Lo esencial ya ha sido dicho. O casi.

Finalmente, Alistair se vuelve hacia mí.

—¿Sabes qué es lo mejor de todo esto?

—¿Qué?

—Que ya no necesitamos una excusa para vernos.

La sonrisa aparece antes de que pueda contenerla.

—Es una ventaja considerable.

—Estoy dispuesto a explorarla.

—Qué atrevido.

—Lo sé.

Nuestros ojos se encuentran y, por primera vez, no hay secretos entre nosotros. Tampoco expediciones que organizar ni dilemas imposibles esperando al amanecer. Solo estamos él y yo.

Alistair lleva una mano a mi rostro con una suavidad que hace que el corazón me dé un vuelco.

Cuando me besa, comprendo que aquello que llevaba meses buscando nunca fueron respuestas ni certezas.

Era algo mucho más raro: la sensación de haber encontrado, por fin, un lugar donde descansar.

La certeza de que el viaje ha terminado y de que lo que viene después ya no da miedo.

Paz.