Epílogo
Eleanor
Un año después
—No pienso firmar eso.
Levanto la vista del escritorio y encuentro a Alistair al otro lado de la mesa, sosteniendo el documento como si acabara de recibir una ofensa personal de la peor clase.
La expresión indignada que luce podría ser completamente auténtica o una interpretación cuidadosamente ensayada; después de todo este tiempo, sigo sin saber con certeza dónde termina una cosa y empieza la otra.
—Es un contrato perfectamente razonable.
—Es una atrocidad burocrática.
—Eres tú quien quiso trabajar conmigo.
—No esperaba tantas normas.
—Eso dicen todos.
Una sonrisa aparece en sus labios y, pese a mis esfuerzos por mantener la compostura, termino devolviéndosela.
Hemos tenido esta misma discusión innumerables veces durante el último año.
Cambian los detalles, cambian los documentos y cambian las circunstancias, pero el resultado siempre es el mismo: ninguno de los dos consigue imponerse al otro y, en el fondo, ninguno parece especialmente interesado en hacerlo.
Las oficinas de la Real Sociedad Científica están más concurridas que nunca.
Desde la publicación de nuestro trabajo sobre Arukana, el interés público no ha dejado de crecer.
Las invitaciones a conferencias llegan constantemente, los artículos sobre la expedición siguen apareciendo en revistas y periódicos de todo el mundo, y todavía recibimos cartas de investigadores que desean conocer más detalles sobre nuestro hallazgo.
Lo que más me satisface, sin embargo, no es la atención recibida ni el reconocimiento profesional.
Es la forma en que la historia ha terminado siendo contada.
Arthur Whitmore ya no es recordado como un hombre que ocultó un descubrimiento al resto del mundo.
Ahora se le reconoce como alguien que eligió proteger una comunidad y preservar una historia que merecía sobrevivir en sus propios términos.
Cada vez que encuentro una referencia a él en ese sentido, siento una pequeña satisfacción difícil de describir.
Porque significa que tomamos la decisión correcta.
El resto del grupo tampoco ha permanecido quieto durante este tiempo.
Blackwood publicó un libro pocos meses después de nuestro regreso, algo que nadie encontró sorprendente.
Reed escribió varios artículos académicos sobre distintos aspectos de la expedición, mientras que Pembroke pareció convertir la experiencia en una fuente inagotable de publicaciones y conferencias.
Miguel, por su parte, continúa enviándonos cartas desde lugares tan remotos que a veces necesito consultar un mapa para averiguar dónde se encuentra exactamente.
João responde a todas sin excepción, aunque sigue insistiendo en que el muchacho le da demasiado trabajo y demasiadas preocupaciones.
Nadie le cree cuando intenta aparentar molestia.
De hecho, cuanto más se queja, más evidente resulta el afecto que siente por él.
Me levanto despacio de la silla para alcanzar unos documentos y noto inmediatamente la mirada de Alistair sobre mí.
—Otra vez.
—¿Qué?
—Te estás esforzando demasiado.
—Estoy embarazada, no inválida.
—Lo sé.
—Entonces deja de mirarme así.
—No puedo.
La respuesta llega sin vacilación alguna y provoca exactamente la reacción que esperaba. Intento mantener una expresión seria, pero la sonrisa termina escapándose de todos modos.
Alistair rodea la mesa y se detiene a mi lado. Con delicadeza, apoya una mano sobre mi vientre.
Todavía me cuesta acostumbrarme a la idea.
Hay momentos en los que todo parece completamente natural, como si siempre hubiera formado parte de nuestra vida, y otros en los que la realidad me sorprende de nuevo, como si acabara de descubrirla por primera vez.
Es una sensación extraña.
Y maravillosa.
—¿Crees que heredará tu carácter? —pregunta.
—Espero que no.
—Yo también.
—Qué poco apoyo.
—No es falta de apoyo. Es instinto de supervivencia.
Le doy un suave golpe en el brazo y ambos terminamos riendo.
Durante unos segundos permanecemos así, compartiendo una tranquilidad que hace un año me habría parecido imposible. Después de todo lo que vivimos, después de los peligros, las dudas y las decisiones que tuvimos que tomar, esta sencillez se siente como un regalo.
A veces sigo pensando en Arukana.
Recuerdo el valle oculto entre las montañas, a la anciana que nos recibió, a Tomas vigilando silenciosamente desde las sombras y a Arthur, cuya presencia parecía acompañarnos incluso décadas después de su muerte.
Pienso en todo lo que comenzó con aquella expedición y en cómo cambió nuestras vidas.
Pienso en las preguntas que nos llevaron hasta allí y en las respuestas que encontramos por el camino.
Entonces miro a Alistair.
Miro el trabajo que compartimos, los proyectos que seguimos construyendo juntos y la familia que está a punto de crecer.
Y comprendo algo que tardé demasiado tiempo en aprender.
Hay historias que concluyen cuando encuentras aquello que estabas buscando.
Sin embargo, las más importantes son las que empiezan después, cuando decides qué hacer con todo lo que has encontrado en el camino.
Y esa, la nuestra, apenas está comenzando.