ARUKANA: La Ciudad Perdida Capítulo 70
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Capítulo 70

Alistair

No consigo dormir.

Llevo más de una hora tumbado, observando el techo de madera de la habitación mientras la discusión con Eleanor se repite una y otra vez en mi cabeza. No son las palabras lo que me persigue, sino la expresión que tenía cuando nos despedimos junto al río.

Porque no parecía enfadada. Parecía herida.

Y esa diferencia pesa mucho más de lo que me gustaría admitir.

Al final me incorporo y abandono la habitación. El pueblo permanece sumido en el silencio de la madrugada; solo llegan hasta mí el murmullo lejano del río y algunos sonidos aislados procedentes de las casas cercanas.

Salgo al exterior con la intención de despejarme. Necesito caminar y ordenar mis pensamientos, aunque sospecho que no lograré ninguna de las dos cosas.

La primera luz del amanecer empieza a extenderse sobre el valle cuando encuentro a João sentado junto a una de las terrazas de cultivo. Sostiene una taza entre las manos y no parece especialmente sorprendido al verme acercarme.

—No puedes dormir.

No lo dice como una pregunta.

—¿Tanto se nota?

—Mucho.

Me siento a su lado y permanecemos observando cómo el sol comienza a iluminar lentamente las montañas.

—Cuando alguien de tu edad sale a caminar antes de amanecer suele haber dos posibilidades.

—¿Cuáles?

—O está enamorado o ha tomado una decisión estúpida.

—Esperemos que sea la primera.

—Eso espero yo también.

La respuesta consigue arrancarme una sonrisa cansada.

Nos quedamos un rato contemplando el paisaje. El silencio entre nosotros no resulta incómodo; João siempre ha tenido la capacidad de convertirlo en una forma más de conversación.

—La quieres.

Tampoco esta vez formula una pregunta.

—Sí.

—Lo imaginaba.

Da un sorbo a la taza antes de continuar.

—Y ella a ti.

—Eso tampoco ayuda demasiado.

—No pretendía ayudar.

—Gracias.

—De nada.

Resoplo mientras él sonríe brevemente. Sin embargo, la expresión divertida desaparece poco después.

—¿Sabes cuál es el problema?

—Tengo la sensación de que vas a decírmelo igualmente.

—Correcto.

Deja la taza en el suelo y se vuelve hacia mí.

—Estáis intentando responder algo que todavía no habéis definido del todo.

Frunzo el ceño.

—Eso no tiene ningún sentido.

—Claro que lo tiene. Tú estás intentando decidir qué proteger, mientras que ella intenta decidir qué merece ser conocido. Parece la misma discusión, pero en realidad estáis hablando de cosas distintas.

Sus palabras permanecen resonando en mi cabeza incluso después de que termine de hablar.

Por primera vez empiezo a comprender algo que hasta ahora se me había escapado. Quizá Eleanor nunca ha defendido que el pueblo deba ser encontrado. Quizá lo que intenta evitar es que desaparezca de la historia.

Y esas dos ideas no son equivalentes.

Cuando regreso al asentamiento encuentro movimiento junto al edificio del consejo. Tomas conversa con varios ancianos y la anciana que nos recibió el primer día también está allí.

Junto a ellos se encuentra Eleanor.

Sostiene un cuaderno entre las manos y no necesito acercarme para reconocerlo. Es la última caja. La última carta de Arthur.

Hay algo diferente en ella. No parece más feliz ni más tranquila, pero transmite una serenidad nueva, como si hubiera llegado por fin a una conclusión que llevaba mucho tiempo buscando.

La anciana termina de hablar y Eleanor asiente. Después se vuelve y nuestras miradas se encuentran.

Durante unos segundos permanecemos inmóviles.

Finalmente ella empieza a caminar hacia mí.

Nos alejamos juntos del centro del pueblo sin decir nada al principio. Hay demasiadas emociones acumuladas y demasiadas cuestiones pendientes para encontrar las palabras adecuadas de inmediato.

Es Eleanor quien rompe el silencio.

—He leído la última carta.

Asiento.

—¿Y?

La pregunta sale más suave de lo que pretendía.

Ella baja la vista hacia el cuaderno.

—No me ha dicho qué hacer.

Una sensación de alivio atraviesa mi pecho. Era exactamente lo que esperaba y, en el fondo, también lo que necesitaba escuchar.

—¿No?

Niega despacio.

—Arthur tampoco tenía una respuesta definitiva.

La confesión me sorprende.

—¿Qué quieres decir?

—Que pasó años intentando encontrar la decisión correcta y nunca estuvo completamente seguro de haberla tomado.

Seguimos caminando mientras el sendero desciende hacia el río.

—Entonces, ¿qué decía?

Eleanor esboza una sonrisa triste, aunque sincera.

—Que las personas se equivocan cuando buscan decisiones perfectas. Lo único que existen son decisiones con consecuencias, y debemos elegir aquellas con las que podamos convivir.

La frase queda suspendida entre nosotros.

Y resulta dolorosamente cierta.

Nos detenemos junto al agua, en el mismo lugar donde discutimos la noche anterior.

La diferencia es evidente. Esta vez ninguno intenta convencer al otro. Ambos queremos comprender.

—João cree que estábamos discutiendo preguntas distintas.

Eleanor levanta la mirada de inmediato.

—¿Eso ha dicho?

—Más o menos.

Una pequeña sonrisa aparece en sus labios.

—Suena a él.

—Sí.

La sonrisa se desvanece lentamente.

—Y tiene razón.

La observo mientras toma aire antes de continuar.

—Alistair, nunca he querido que encuentren este lugar. No creo que el pueblo deba exponerse ni convertirse en una atracción científica, un titular o un destino para aventureros.

La firmeza de su voz no deja espacio para dudas.

—Lo sé.

Asiento despacio porque, de repente, muchas cosas empiezan a encajar.

—Entonces ¿qué quieres?

La respuesta llega sin vacilaciones.

—Quiero que existan.

Durante un instante no entiendo a qué se refiere, pero ella continúa antes de que pueda preguntar.

—Quiero que la historia de Arukana sobreviva. Quiero que Arthur no sea recordado únicamente como un hombre que ocultó un descubrimiento. Y quiero que estas personas no desaparezcan del mundo simplemente porque decidimos protegerlas.

Sus ojos se encuentran con los míos.

—Creo que hay una diferencia entre revelar una ubicación y contar una historia.

Y entonces lo comprendo.

Por completo.

La conversación se prolonga durante más de una hora.

Por primera vez desde que comenzó todo esto no discutimos ni defendemos posiciones enfrentadas. Nos dedicamos a construir algo juntos. Exploramos posibilidades, descartamos algunas ideas y desarrollamos otras mientras buscamos un punto de equilibrio.

No una solución perfecta.

Una solución humana.

Una que pueda funcionar.

Cuando finalmente regresamos al pueblo, la decisión aún no está completamente tomada. Sin embargo, ya podemos distinguirla en la distancia, como un sendero que empieza a aparecer entre la niebla.

Todavía queda camino por recorrer. Todavía existen dudas.

Pero la dirección es clara.

Y mientras caminamos uno junto al otro, empiezo a sospechar que el verdadero legado de Arthur nunca fue el secreto que protegió durante toda su vida.

Quizá su legado consistía en enseñarnos que algunas verdades no deben ocultarse y que otras no deben pertenecer a nadie.

La diferencia entre ambas, al final, es algo que cada generación debe decidir por sí misma.