ARUKANA: La Ciudad Perdida Capítulo 69
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Capítulo 69

Eleanor

No vuelvo a ver a Alistair en todo el día.

No porque nos estemos evitando de forma deliberada, o al menos eso intento creer. Simplemente sucede. Después de la reunión, cada uno encuentra alguna excusa para mantenerse ocupado.

Finch pasa horas revisando documentos del archivo.

Pembroke continúa llenando cuadernos con notas interminables.

Miguel desaparece junto a varios habitantes del pueblo y regresa cubierto de barro por algún motivo que nadie se molesta en explicar.

Blackwood permanece encerrado con Reed, enfrascado en discusiones sobre ética, historia y responsabilidad hasta el punto de que incluso João termina huyendo de ellos.

Yo intento leer, ordenar mis notas y releer las cartas de Arthur.

Nada funciona, porque mi cabeza sigue atrapada en la misma conversación y en la misma pregunta:

¿Quién tiene derecho a decidir?

Al caer la tarde encuentro a João sentado bajo el árbol que parece haber convertido en su refugio habitual.

Está tallando algo en un pequeño trozo de madera. No parece especialmente concentrado; más bien da la impresión de ser alguien que necesita mantener ocupadas las manos para darle un respiro a la mente.

—¿Puedo sentarme?

—Si me prometes no hablar de Blackwood.

—No puedo prometer eso.

—Entonces ya hemos empezado mal.

La respuesta consigue arrancarme una sonrisa.

Me siento junto a él y durante unos minutos permanecemos en silencio. La brisa agita las hojas sobre nuestras cabezas mientras, a lo lejos, llegan las voces de varios niños jugando. La vida continúa con absoluta normalidad, indiferente a nuestras preocupaciones.

—Estás preocupada.

No lo dice como una pregunta.

—¿Tanto se nota?

—Mucho.

Suspira y deja la pequeña figura de madera sobre la rodilla.

—¿Es por Alistair?

La pregunta me toma por sorpresa, y por lo visto mi reacción basta como respuesta.

—Madre mía.

—¿Qué?

—Los jóvenes sois muchísimo menos discretos de lo que creéis.

—No somos jóvenes.

—Comparados conmigo, sí.

No puedo discutir eso.

João contempla el valle durante unos instantes antes de volver a hablar.

—Te gusta.

—Sí.

La respuesta sale demasiado deprisa, sin espacio para la duda.

El anciano sonríe.

—A él también le gustas tú.

—Eso tampoco era exactamente un secreto.

—Menos mal. Porque si hubieseis sido más evidentes, habríais tenido que anunciarlo por megáfono.

La imagen resulta tan absurda que termino riéndome. Por primera vez en todo el día siento que parte de la tensión se disipa.

Solo una parte.

—Entonces, ¿cuál es el problema?

La pregunta vuelve a ponerme en aprietos porque ni siquiera sé explicarlo con claridad.

—Creo que estamos empezando a ver las cosas de forma distinta.

João asiente despacio.

—Eso suele pasar.

—No parece una buena señal.

—Depende.

Lo miro.

—¿De qué?

—De si estáis discutiendo porque queréis ganar o porque queréis entenderos.

La respuesta me deja pensativa. No estoy segura de cuál de las dos cosas estamos haciendo, y quizá ese sea precisamente el problema.

Lo encuentro al anochecer, cerca del río.

Por supuesto.

Empiezo a sospechar que ambos hemos elegido los mismos refugios sin necesidad de ponernos de acuerdo.

Alistair levanta la vista cuando me acerco. Su expresión cambia ligeramente. No parece enfadado ni molesto, solo cansado. Probablemente yo tenga el mismo aspecto.

—Hola.

—Hola.

Durante unos segundos ninguno sabe cómo empezar.

Resulta ridículo. Hace apenas dos días nos besábamos junto a este mismo río y ahora parece que estemos negociando un tratado internacional.

—Creo que deberíamos hablar.

—Sí.

—Bien.

—Perfecto.

Y, aun así, ninguno añade nada más.

La situación sería cómica si no resultara tan frustrante.

Finalmente soy yo quien rompe el silencio.

—No quiero pelearme contigo.

—Yo tampoco.

—Entonces vamos bien.

—De momento.

La pequeña sonrisa que aparece entre nosotros desaparece enseguida, porque ambos sabemos que lo difícil viene después.

—He estado pensando en lo que dijiste.

Alistair permanece atento.

—¿Y?

—Y sigo sin saber qué hacer.

La sinceridad parece aliviarlo un poco.

—Eso tiene sentido.

—Lo que no tiene sentido es que todos estemos actuando como si solo existieran dos opciones.

—Porque quizá son las únicas que existen.

Niego con la cabeza.

—No lo creo.

—¿No?

—No.

La frustración empieza a abrirse paso.

—No puede ser tan simple. Contarlo todo o no contar nada. Tiene que haber alguna alternativa.

Alistair guarda silencio unos segundos antes de responder con una calma que me irrita más de lo que debería.

—¿Y si no la hay?

La pregunta queda suspendida entre nosotros.

Por primera vez desde que llegamos al valle siento que avanzamos en direcciones distintas. No porque uno tenga razón y el otro esté equivocado, sino porque ninguno la tiene realmente.

—Creo que estás dando por hecho que sabes qué es lo mejor para ellos.

La frase sale antes de que pueda suavizarla.

Alistair frunce ligeramente el ceño.

—Y creo que tú estás dando por hecho que sabes qué es lo mejor para todos los demás.

—Eso no es justo.

—¿No?

Ahora es él quien parece frustrado.

—Eleanor, llevamos días viendo este lugar, conociendo a esta gente y escuchando su historia. Y aun así sigues hablando de ellos como si fueran una teoría.

La acusación me golpea con fuerza.

Sé que no es cierta.

Y, precisamente por eso, me duele que él pueda creerlo.

—Eso no es verdad.

—Entonces dime cuál es tu solución.

Abro la boca para responder.

Pero no sale nada.

Sigo sin tener una respuesta. Solo preguntas. Y quizá eso sea lo que más me enfurece.

El silencio que sigue resulta insoportable.

Ninguno parece dispuesto a continuar la discusión, pero tampoco encontramos la forma de arreglar lo que acaba de romperse.

Alistair suspira primero.

—Creo que necesitamos tiempo.

La frase duele más de lo que debería. Suena razonable, probablemente incluso correcta, y aun así no quiero escucharla.

—Sí —murmuro—. Quizá sí.

Nos observamos durante unos segundos, los suficientes para comprender que ninguno sabe cómo regresar al punto en el que estábamos ayer.

Esa certeza resulta mucho más dolorosa que la discusión.

Finalmente doy un paso atrás y luego otro.

—Buenas noches, Alistair.

Él tarda un instante en responder.

—Buenas noches, Eleanor.

Mientras me alejo, siento que la distancia entre nosotros es mucho mayor que toda la selva que hemos cruzado juntos.

Regreso a mi habitación con la cabeza llena de pensamientos.

La encuentro vacía, salvo por una caja de madera apoyada sobre la mesa.

La reconozco de inmediato.

Pertenece al archivo.

Frunzo el ceño, me acerco y descubro una nota doblada encima. La letra no es de Tomas ni de João.

Es de la anciana.

Solo contiene una frase:

Tu padre pidió que esto fuera para ti cuando llegara el momento adecuado.

Permanezco inmóvil durante unos segundos antes de abrir la caja.

Dentro hay un cuaderno.

Y una carta.

La última.

La que nunca había encontrado.

La que Arthur jamás llegó a enviar.

Mientras observo el sobre con mi nombre escrito en la portada, comprendo que mi padre todavía no ha terminado de contarme su historia.