Capítulo 68
Alistair
La reunión se celebra a la mañana siguiente.
Nadie la ha convocado oficialmente y, aun así, todos sabemos que va a ocurrir. Llevamos días rodeando la misma cuestión y ya no queda margen para seguir evitándola.
El consejo ocupa sus lugares habituales en la gran sala. Tomas permanece junto a la anciana mientras nosotros nos sentamos frente a ellos: João, Miguel, Reed, Finch, Pembroke, Blackwood, Eleanor y yo.
Durante unos instantes reina el silencio.
La anciana es la primera en hablar. Su voz suena tranquila, aunque también cansada, como la de alguien que ha tenido conversaciones parecidas demasiadas veces a lo largo de su vida. Tomas escucha con atención antes de traducir.
—Habéis encontrado las respuestas que buscabais. Nadie puede discutir eso.
Hace una breve pausa antes de continuar.
—Ahora debemos conocer vuestra decisión.
Blackwood se inclina ligeramente hacia delante.
—¿Nuestra decisión?
—Cuando regreséis al mundo exterior —traduce Tomas sin apartar la vista de nosotros—. ¿Qué vais a contar?
La pregunta cae sobre la sala con todo su peso. No porque resulte inesperada, sino porque todos sabíamos que acabaría llegando.
El primero en responder es Pembroke, algo que no sorprende a nadie.
—La existencia histórica de Arukana debería estudiarse.
La anciana escucha la traducción y responde de inmediato.
—No he preguntado eso.
Pembroke frunce el ceño.
—Entonces no entiendo la pregunta.
—Sí la entiendes —replica Tomas con amabilidad, aunque sin ceder un ápice—. ¿Vais a revelar la ubicación del pueblo?
El silencio vuelve a extenderse por la sala, más denso que antes y mucho más difícil de ignorar.
—No.
La respuesta de João llega sin vacilación alguna.
—No.
Miguel lo observa unos segundos antes de bajar la vista, como si hubiera esperado exactamente esa reacción.
—¿Por qué? —pregunta Blackwood.
João gira la cabeza hacia él.
—Porque conozco al mundo.
—Eso no es una respuesta.
—Lo es.
La firmeza de su tono obliga a Blackwood a guardar silencio durante unos segundos.
João apoya las manos sobre la mesa.
—Cuando era joven pensaba como tú. Creía que el conocimiento siempre era algo bueno y que cualquier descubrimiento debía compartirse. Después vi lo que ocurría cuando llegaban personas convencidas de saber qué era mejor para los demás.
Nadie lo interrumpe, porque no parece estar hablando únicamente de Arukana. Habla desde toda una vida de experiencias.
Blackwood tarda un momento en responder. Cuando lo hace, su voz resulta mucho más serena que durante la discusión del día anterior.
—¿Y qué hacemos entonces?
Su mirada recorre la mesa: João, el consejo y finalmente el resto de nosotros.
—¿Fingimos que nunca existieron?
—Nadie ha dicho eso.
La respuesta llega de Reed.
Todos nos volvemos hacia él mientras el médico se encoge ligeramente de hombros.
—Existe una diferencia entre publicar una investigación y entregar un mapa.
Blackwood permanece pensativo, aunque no parece convencido.
—¿Y quién decide dónde está el límite?
Nadie responde de inmediato, porque esa es precisamente la cuestión que nos divide.
La conversación continúa durante más de una hora.
Las posturas empiezan a separarse con claridad, aunque sin llegar a convertirse en una discusión agresiva.
Finch cree que la ubicación debe permanecer oculta.
Reed comparte una opinión similar. Pembroke defiende la publicación de parte de los descubrimientos, mientras que Blackwood considera inmoral ocultar información de semejante importancia.
Miguel cambia de postura varias veces a lo largo del debate, algo que resulta sorprendentemente honesto. Probablemente represente mejor que nadie el conflicto que todos sentimos.
Solo Eleanor permanece callada.
Escucha cada argumento, observa a quienes hablan y reflexiona antes de intervenir. Esa actitud empieza a preocuparme porque conozco bien esa expresión: todavía no ha decidido qué piensa realmente.
Finalmente Tomas se vuelve hacia ella.
—¿Y tú?
La sala parece contener la respiración.
Eleanor tarda unos segundos en responder.
—No lo sé.
La sinceridad de sus palabras resulta casi dolorosa.
—Entiendo por qué Arthur hizo lo que hizo y por qué vosotros lo protegéis.
Su mirada se dirige primero al consejo y luego a João.
—Pero también entiendo por qué Briggs quería contarlo y por qué Blackwood piensa como piensa.
Nadie parece sorprendido, porque es cierto. Todos comprendemos ambas posiciones y precisamente por eso resulta tan difícil elegir una.
Entonces Tomas dirige la misma pregunta hacia mí.
—¿Y tú?
La respuesta me encuentra preparado, o al menos eso creo.
—No revelaría la ubicación.
Blackwood suspira como si ya hubiera anticipado mi postura.
—¿Por qué?
Miro hacia la ventana. Desde allí puedo ver el valle y a las personas que caminan entre las casas. Cuando vuelvo a mirarlo, las palabras salen con naturalidad.
—Porque ya no veo una expedición ni un hallazgo arqueológico. Veo un hogar.
El silencio vuelve a instalarse entre nosotros.
—Y porque no creo que tengamos derecho a decidir por ellos.
Blackwood abre la boca para responder, pero Eleanor se adelanta.
—¿Y nosotros sí tenemos derecho a decidir por el resto del mundo?
La pregunta me golpea más de lo que esperaba.
No hay hostilidad en su voz ni intención de atacarme. Solo intenta comprender, y quizá por eso me cuesta más responder, porque no estoy seguro de tener una respuesta satisfactoria.
La reunión termina poco después.
No porque alguien haya ganado la discusión ni porque se haya alcanzado una conclusión definitiva. Simplemente llega un momento en que resulta evidente que nadie va a cambiar de opinión ese día.
Abandonamos la sala poco a poco. Blackwood sale primero, seguido por Pembroke. Después se marchan Reed y Finch. Miguel acompaña a João.
Al final solo quedamos Eleanor y yo.
El silencio que compartimos es distinto al de la noche anterior. No resulta incómodo, pero sí más frágil e incierto.
Ella permanece observando la puerta cerrada.
—No era tan sencillo como esperaba.
—No.
—Ojalá lo fuera.
—Yo también.
Por primera vez desde que nos conocemos no parece que estemos en el mismo lado de una discusión, y ambos somos conscientes de ello.
Eleanor suspira.
—Creo que todavía necesito pensar.
Asiento porque entiendo exactamente lo que quiere decir.
Y mientras la observo, empiezo a sospechar que la verdadera distancia entre nosotros no la han creado la selva, Arukana ni Arthur. La está creando una pregunta para la que ninguno de los dos posee una respuesta capaz de satisfacer al otro.