ARUKANA: La Ciudad Perdida Capítulo 67
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Capítulo 67

Eleanor

El regreso al valle resulta mucho más silencioso que la ida.

Blackwood camina con nosotros sin que nadie lo vigile ni lo acuse, pero la tensión sigue acompañándonos durante todo el trayecto.

No porque alguien crea que volverá a escapar, sino porque todos sabemos que el problema continúa exactamente donde estaba antes.

La única diferencia es que ya ha dejado de esconderse.

Durante semanas perseguimos mapas, ruinas y secretos. Ahora perseguimos una respuesta, y cada vez tengo más claro que esa respuesta no existe, al menos no una capaz de satisfacer a todo el mundo.

Cuando las primeras casas del pueblo aparecen entre los árboles, siento un alivio inesperado. No porque el conflicto haya terminado —sé perfectamente que no es así—, sino porque regresar significa dejar de correr detrás de él, aunque solo sea por unas horas.

La noticia del regreso de Blackwood se extiende rápidamente por el asentamiento. Varios guardianes observan desde la distancia, acompañados por algunos habitantes del valle. No percibo hostilidad en sus miradas, pero sí una preocupación comprensible.

Para ellos no somos exploradores ni invitados. Somos una amenaza potencial. Una amenaza educada y, en algunos casos, incluso simpática, pero una amenaza al fin y al cabo.

Tomas conversa durante varios minutos con el consejo antes de desaparecer junto a la anciana. Blackwood recibe la invitación de acompañarlos. No parece especialmente cómodo con la idea, aunque tampoco sorprendido.

Antes de marcharse, se vuelve hacia nosotros.

—Supongo que me lo he ganado.

—Bastante.

La respuesta de Miguel le arranca una sonrisa cansada.

—Gracias por el apoyo.

—Para eso estamos los amigos.

—No somos amigos.

—Llevamos meses atravesando una selva juntos. Eso cuenta como amistad.

—Cuenta como trauma compartido.

Miguel se toma unos segundos para reflexionar.

—También sirve.

Por primera vez desde la mañana, Blackwood parece relajarse un poco. Después desaparece en el edificio del consejo.

La tarde transcurre despacio mientras el pueblo recupera parte de su rutina. Las conversaciones vuelven a llenar los caminos, los niños corren entre las casas y varias mujeres preparan comida al aire libre. La normalidad intenta imponerse a los acontecimientos de los últimos días.

Sin embargo, en nuestro grupo nadie parece realmente tranquilo.

Reed y Finch discuten sobre lo que ocurrirá cuando regresemos a Inglaterra.

Pembroke dedica gran parte de la tarde a escribir notas sin descanso.

João permanece sentado bajo un árbol observando el valle con expresión ausente, mientras Miguel intenta convencerlo una y otra vez de participar en algún juego local.

Fracasa en cada intento, pero eso no parece desanimarlo.

Yo termino alejándome hacia el río. Con el paso de los días, ese lugar se ha convertido en mi refugio favorito dentro del asentamiento.

Encuentro a Alistair sentado sobre una roca junto al agua. Tiene una libreta cerrada sobre las rodillas y una expresión pensativa que desaparece en cuanto me ve acercarme.

—Empiezo a creer que me sigues.

Levanta la vista.

—Yo iba a decir exactamente lo mismo.

—Eso es imposible.

—¿Por qué?

—Porque yo he llegado primero.

—Llevo aquí media hora.

—Detalles.

La sonrisa que aparece en su rostro consigue que algo dentro de mí se relaje de inmediato.

Quizá porque los últimos días han sido demasiado intensos.

Quizá porque empiezo a asociar esa sonrisa con la sensación de estar a salvo.

No estoy segura, pero tampoco siento la necesidad de analizarlo demasiado.

Me siento a su lado y durante unos minutos observamos el río sin decir nada. La comodidad de ese silencio sigue sorprendiéndome. Siempre había pensado que la cercanía dependía de las palabras, pero empiezo a sospechar que ocurre justo lo contrario.

—¿Cómo está Blackwood?

La pregunta rompe finalmente la quietud.

—Confundido.

—Eso nos incluye a todos.

—Cierto.

Recojo una pequeña piedra y la lanzo al agua.

—¿Crees que tiene razón?

Alistair tarda unos segundos en responder.

—¿Sobre qué parte?

—Eso tampoco ayuda.

—Lo sé.

Lo observo mientras suspira y busca las palabras adecuadas.

—Creo que tiene razón cuando dice que ocultar algo así es una decisión enorme.

—Y también crees que se equivoca.

—Sí.

—¿Por qué?

Permanece pensativo unos instantes antes de señalar el valle.

—Porque llevo varios días observando este lugar y ya no veo un descubrimiento. Veo personas. Familias. Niños. Gente intentando vivir en paz.

Su voz se suaviza.

—Es mucho más difícil sacrificar a una persona que una teoría.

No respondo enseguida. Comprendo perfectamente lo que quiere decir y, para ser sincera, una parte de mí empieza a pensar exactamente igual.

El sol comienza a descender y una luz dorada cubre el valle, las montañas y el río. Todo parece más tranquilo de lo que debería.

—¿Sabes qué es lo peor?

La pregunta se me escapa antes de pensarlo.

—¿Qué?

—Que creo que Arthur tenía razón.

Alistair gira la cabeza hacia mí sin mostrar sorpresa.

—Yo también.

La confesión me arranca una sonrisa triste.

—Nos habría odiado por tardar tanto en admitirlo.

—Arthur disfrutaba demasiado teniendo razón.

—Eso también es cierto.

La risa compartida aligera parte de la tensión acumulada durante la conversación. Durante unos instantes, todo parece sencillo. Extrañamente sencillo.

La distancia entre nosotros desaparece poco a poco, sin grandes gestos ni momentos dramáticos. Simplemente ocurre.

Mi hombro termina rozando el suyo y ninguno de los dos se aparta.

El silencio regresa, pero esta vez es distinto. Más íntimo, más cálido y mucho más difícil de ignorar.

—Cuando regresemos...

La voz de Alistair se interrumpe.

Lo miro.

—¿Sí?

Por primera vez desde que lo conozco parece dudar, y eso me resulta inesperadamente adorable.

—Cuando regresemos, me gustaría seguir viéndote.

Parpadeo.

—¿Eso era lo que te daba miedo decir?

—No te burles.

—Lo estoy intentando.

La sonrisa vuelve a aparecer en sus labios, aunque desaparece cuando comprende que lo estoy tomando completamente en serio.

—A mí también me gustaría.

Sus ojos permanecen sobre los míos durante varios segundos y, de repente, el futuro deja de parecer una idea abstracta. Por primera vez imagino algo después de la expedición, después de Arthur y después de Arukana. Algo que no gira alrededor de una búsqueda, sino de una elección.

El sol casi ha desaparecido cuando regresamos al pueblo. Caminamos despacio, sin ninguna prisa por llegar.

Y por primera vez desde que comenzó todo esto, me permito pensar que quizá exista un final feliz esperándonos al otro lado de esta historia.

Todavía no sé que dentro de muy poco vamos a descubrir lo equivocados que estamos.