ARUKANA: La Ciudad Perdida Capítulo 66
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Capítulo 66

Alistair

Las huellas resultan fáciles de seguir durante la primera hora, quizá demasiado fáciles.

Kane es el primero en darse cuenta. Lejos de parecer satisfecho, avanza varios metros por delante del grupo con una atención casi obsesiva. Se detiene de vez en cuando para examinar una marca en el suelo, una rama rota o una piedra desplazada, y luego reanuda la marcha sin decir una palabra.

Tomas observa sus movimientos en silencio. Ambos parecen entenderse bastante bien sin necesidad de intercambiar demasiadas explicaciones.

Yo camino junto a João. Miguel se mantiene unos metros detrás de nosotros y Reed cierra el grupo. Nadie tiene muchas ganas de conversar después de cómo ha empezado el día.

Finalmente, Kane se detiene.

—¿Qué ocurre?

El antiguo militar se agacha y señala una zona del sendero.

—Mirad.

Nos acercamos. Varias pisadas destacan con claridad sobre el barro húmedo.

—Blackwood.

—Sí.

Kane sigue estudiándolas unos segundos más.

—Y sabe perfectamente que estamos siguiéndolo.

—Eso tampoco es una sorpresa.

—No, pero sí lo es que no esté intentando ocultar el rastro.

Levanta la vista y nos observa.

—De hecho, parece estar haciendo justo lo contrario.

Sus palabras provocan un breve silencio. Todos llegamos a la misma conclusión al mismo tiempo.

Blackwood quiere que lo encontremos.

Seguimos avanzando durante buena parte de la mañana. El sendero desciende entre colinas cubiertas de vegetación y, a medida que nos alejamos del valle, el terreno se vuelve más abrupto y familiar, más parecido a la selva que atravesamos durante semanas.

Miguel es quien rompe finalmente el silencio.

—Nunca pensé que acabaríamos persiguiendo a Blackwood.

—Yo tampoco.

—Si me hubieran dado diez opciones sobre cómo terminaría esta expedición, ninguna incluía esto.

—Eso demuestra una preocupante falta de imaginación.

Miguel gira la cabeza hacia mí.

—¿Acabas de hacer una broma?

—Puede.

—Voy a anotarlo.

—No lo hagas.

—Demasiado tarde.

João niega lentamente con la cabeza.

—Los dos sois agotadores.

—Lo heredé de él.

Miguel me señala.

—Eso no tiene ningún sentido.

—Nunca ha sido un requisito.

Por primera vez en horas aparece una sonrisa en el rostro de João. Es pequeña, apenas un gesto fugaz, pero resulta sorprendentemente reconfortante verla.

Continuamos caminando durante un rato más.

El ambiente sigue siendo tenso, aunque ya no pesa sobre nosotros con la misma intensidad que al amanecer.

La conversación absurda entre Miguel y yo ha servido, al menos por unos minutos, para recordarnos que seguimos siendo personas y no únicamente participantes de una discusión imposible.

Al mediodía encontramos la primera prueba de que Blackwood no está huyendo, sino esperando.

Kane descubre una mochila apoyada junto a una roca. Dentro hay comida, agua y una nota cuya letra resulta inconfundible.

Miguel la recoge de inmediato.

—Por supuesto que ha dejado una nota.

—¿Qué dice?

Miguel lee en voz alta.

—"Si habéis llegado hasta aquí, dejad de caminar tan despacio."

Reed cierra los ojos con resignación.

—Voy a estrangularlo.

—Ponte a la cola.

La respuesta de Kane llega tan rápido que provoca algunas risas. Incluso Tomas parece contener una sonrisa.

Miguel da la vuelta al papel.

—Hay más.

—¿Qué pone?

—"También os agradecería que dejarais de pisar las orquídeas."

Finch se lleva una mano al rostro.

—Lo odio.

—Tú adoras a Blackwood.

—Eso también.

La mochila contiene provisiones suficientes para varias horas de marcha. No parece una trampa ni una provocación. Más bien da la impresión de que Blackwood ha asumido que vamos a alcanzarlo y ha decidido facilitarnos el camino.

Eso resulta inquietante por motivos que ninguno menciona en voz alta.

Lo encontramos poco después, no porque Kane siga el rastro ni porque Tomas conozca especialmente bien la zona, sino porque Blackwood está sentado en mitad del sendero esperándonos.

Literalmente.

Permanece apoyado sobre un tronco caído, con varios documentos sobre las rodillas y una expresión tranquila que consigue irritarme al instante.

Miguel se detiene en seco.

—No puedo creer esto.

—Yo tampoco.

—¿Estabas esperando aquí?

Blackwood levanta la vista.

—Evidentemente.

—¿Por qué?

—Porque sabía que me encontraríais.

La respuesta provoca un silencio cargado de incredulidad.

Finalmente, João da un paso al frente.

—¿Qué demonios estás haciendo?

Por primera vez desaparece la sonrisa del rostro de Blackwood.

—Lo que alguien tenía que hacer.

—No.

La voz de João suena más dura que nunca.

—Lo que estás haciendo es repetir exactamente los errores de Briggs.

Blackwood se pone en pie.

—No es lo mismo.

—¿Por qué?

La pregunta queda suspendida entre ambos mientras se sostienen la mirada.

—Porque yo conozco toda la historia.

João deja escapar una risa amarga.

—Y aun así no has entendido nada.

La discusión continúa durante varios minutos. Nadie interviene porque todos comprendemos que es una conversación necesaria.

Blackwood sostiene los documentos con fuerza.

—¿Sabéis qué es lo que más me molesta?

Su mirada recorre al grupo antes de continuar.

—Que todos actuáis como si la decisión ya estuviera tomada.

—Porque quizá lo está.

La respuesta de Tomas llega con una calma absoluta.

—No. No podéis decidir por el resto del mundo.

—¿Y tú sí?

El silencio se vuelve más pesado.

Tomas sigue observándolo sin apartar la vista.

—¿Quién te ha dado derecho a decidir qué es mejor para ellos?

Blackwood abre la boca para responder, pero termina cerrándola sin decir nada.

Por primera vez parece quedarse sin argumentos.

Y esa es precisamente la cuestión que ninguno ha logrado resolver.

No existe una respuesta sencilla ni una solución perfecta.

Durante demasiado tiempo todos hemos buscado una alternativa capaz de evitar cualquier sacrificio, cualquier consecuencia o cualquier pérdida.

Sin embargo, cuanto más nos acercamos al final, más evidente resulta que esa alternativa quizá nunca existió.

La tensión se reduce poco a poco, no porque alguien cambie de opinión, sino porque finalmente empiezan a escucharse.

Blackwood vuelve a sentarse sobre el tronco. Parece agotado, mucho más de lo que aparentaba al principio.

Por primera vez desde que lo conocemos no parece un hombre convencido de tener razón, sino alguien que carga con una responsabilidad demasiado grande.

—No quiero hacerles daño.

La confesión llega en voz baja.

—Lo sé.

Esta vez responde João.

No hay reproche en sus palabras. Tampoco aprobación. Solo comprensión.

—Entonces, ¿qué se supone que debemos hacer?

Nadie contesta de inmediato.

Es la misma pregunta que nos persigue desde que llegamos al valle, la misma que Arthur intentó responder durante décadas y que terminó costándole la paz.

Blackwood observa los documentos durante unos segundos. Después nos mira a nosotros.

Finalmente suspira y entrega los mapas a Tomas.

—Todavía creo que os equivocáis.

—Lo sé.

—Pero no voy a convertirme en Briggs.

El alivio que siento es inmediato.

No porque el problema haya desaparecido. Sigue ahí, tan complejo como siempre. La diferencia es que ya no estamos enfrentándonos entre nosotros.

Ahora todos sabemos que la verdadera discusión aún nos espera, y que no tendrá lugar en la selva.

Llegará cuando sea el momento de decidir qué verdad regresará con nosotros al otro lado del océano.