Capítulo 65
Eleanor
Algo no encaja desde el momento en que me despierto.
Al principio no sé explicar qué es exactamente. La sensación aparece antes incluso de abrir los ojos por completo: una incomodidad vaga, una impresión difícil de definir que se instala en algún rincón de mi mente.
Permanezco unos segundos tumbada, escuchando los sonidos habituales del pueblo. Oigo voces lejanas, pasos sobre la tierra y el murmullo constante del río acompañando el inicio del día. Todo parece normal y, sin embargo, la inquietud persiste.
Me visto y salgo al exterior. El aire de la mañana todavía conserva algo de frescor, y varios habitantes ya están ocupados con sus tareas. Algunas mujeres preparan comida cerca de las casas mientras un grupo de niños corre por uno de los senderos.
La vida continúa igual que el día anterior.
Pero la sensación no desaparece.
La respuesta me espera junto a la mesa del desayuno. Una de las sillas está vacía y, por lo que parece, nadie se ha dado cuenta todavía.
Miguel llega el primero. Se sirve una taza de café y se deja caer sobre un banco.
—Por favor, decidme que hoy no vamos a descubrir otra civilización secreta.
—Haré todo lo posible —responde Reed.
—Gracias.
—No te prometo nada.
—Eso ya me preocupa más.
Finch aparece poco después, seguido por Kane y luego por Pembroke. Todos ocupan sus lugares.
Todos menos uno.
Mi mirada vuelve a la silla vacía y esta vez comprendo qué era lo que me inquietaba desde que desperté.
—¿Dónde está Blackwood?
Miguel levanta la cabeza.
—Buena pregunta.
—¿Lo habéis visto esta mañana?
Nadie responde.
Kane frunce ligeramente el ceño.
—Pensaba que estaba contigo.
—¿Por qué iba a estar conmigo?
—Porque normalmente está donde haya documentos.
—Eso es inquietantemente cierto.
La conversación todavía parece inofensiva, hasta que aparece João.
El anciano se detiene en seco al observar la mesa y su reacción es inmediata.
—¿Dónde está?
La pregunta surge sin vacilar, como si él también hubiera contado los asientos en cuanto llegó.
—No lo sabemos.
João no responde. Se limita a girar la cabeza hacia el edificio del archivo y empieza a caminar hacia allí con una rapidez impropia de su edad.
Demasiado rápido.
Lo encontramos abierto.
La puerta permanece entornada y varias estanterías siguen exactamente igual que el día anterior. Otras, en cambio, no.
Kane es el primero en entrar y su expresión cambia casi al instante.
—Mierda.
La reacción basta para que todos aceleremos el paso.
—¿Qué ocurre?
Kane señala una mesa.
Hay huecos evidentes donde antes había documentos. Faltan cuadernos, varios mapas han desaparecido y algunas carpetas muestran páginas arrancadas.
Durante unos segundos nadie dice nada. Todos entendemos exactamente lo que significa.
Miguel es el primero en expresarlo.
—Se ha llevado cosas.
—Sí —responde Reed con voz grave—. Y muchas.
João permanece inmóvil observando los espacios vacíos. Tiene la mandíbula tensa y las manos cerradas en puños. Nunca lo había visto así.
—No...
La palabra apenas es un susurro.
—João...
—No.
Esta vez su voz suena más firme, más dura.
El anciano gira lentamente la cabeza.
—Ese idiota.
El silencio que sigue resulta casi incómodo. En más de dos meses de expedición jamás le habíamos oído hablar de esa manera.
Tomas llega pocos minutos después. Alguien del pueblo debió avisarlo.
Escucha las explicaciones sin interrumpir mientras examina las estanterías, los huecos vacíos y los documentos desaparecidos. Cuando termina, nos mira y, por primera vez desde que lo conocemos, parece realmente preocupado.
—¿Cuándo fue la última vez que alguien lo vio?
—Anoche.
—Después de cenar.
—Antes de que regresáramos a las habitaciones.
Tomas asiente lentamente y luego intercambia unas palabras rápidas con uno de los guardianes. El hombre sale de inmediato para cumplir la orden.
—¿Qué ocurre?
—Estamos comprobando los senderos.
Mientras tanto, Kane examina el suelo cerca de la puerta. Permanece agachado varios minutos, concentrado en las marcas del terreno.
Cuando finalmente se incorpora, su expresión no deja lugar a dudas.
—Se marchó antes del amanecer.
—¿Solo?
—Sí.
Miguel maldice por lo bajo. Finch se pasa una mano por el cabello y Reed permanece inmóvil.
Yo, en cambio, siento cómo algo frío empieza a instalarse en mi estómago.
Todos estamos pensando en lo mismo.
En Briggs.
Nadie pronuncia el nombre al principio, pero está presente en cada mirada, en cada silencio y en cada gesto.
Finalmente es Pembroke quien se atreve a mencionarlo.
—Esto se parece demasiado a...
—No.
La respuesta de João lo interrumpe de inmediato.
La firmeza de su voz sorprende a todos.
—No se parece.
—João...
—No.
El anciano avanza un paso y sus ojos brillan con una intensidad que nunca le había visto.
—Briggs no sabía lo que ocurriría. Blackwood sí.
El silencio vuelve a extenderse por la sala.
—Briggs descubrió algo y tomó una decisión. Blackwood escuchó toda la historia, escuchó lo que pasó y entendió por qué ocurrió. Y aun así ha decidido marcharse.
Nadie intenta discutirle.
Resulta imposible ignorar la verdad que contienen sus palabras.
Alistair aparece a mi lado en algún momento del caos. No sé exactamente cuándo ocurre; simplemente noto su presencia y la calma que transmite incluso en una situación como esta.
—Lo encontraremos.
Lo miro.
—¿Y después?
La pregunta queda suspendida entre nosotros porque ninguno conoce la respuesta.
Si encuentran a Blackwood, si regresa, si se niega a volver o insiste en seguir adelante, todo parece conducir al mismo lugar: un conflicto inevitable.
Alistair tarda unos segundos en responder.
—Después hablaremos.
—Eso es muy optimista.
—Lo intento.
A pesar de todo consigo sonreír. No mucho, pero lo suficiente.
La decisión se toma antes del mediodía.
Kane dirigirá la búsqueda. Tomas irá con él, y también Alistair. Miguel insiste en participar, Reed se ofrece voluntario y João ni siquiera pregunta si puede acompañarlos. Simplemente anuncia que irá.
Nadie intenta impedírselo.
Yo tampoco, porque sé perfectamente que sería inútil.
Nos reunimos junto al límite del asentamiento. Los guardianes ya han localizado el sendero utilizado por Blackwood y las huellas son lo bastante recientes como para mantener la esperanza.
La ventaja todavía es pequeña, pero existe.
Kane estudia el terreno por última vez antes de levantar la vista.
—Si queremos alcanzarlo, tenemos que salir ahora.
Nadie discute. Nadie duda.
Todos sabemos lo que está en juego.
No se trata solo de Blackwood ni de los documentos que ha robado. Se trata de decidir qué ocurrirá con el secreto que ha marcado la vida de Arthur, la muerte de Briggs y la existencia entera de este pueblo.
Mientras observo cómo el grupo empieza a prepararse para partir, tengo la sensación de que acabamos de cruzar una frontera invisible y que, ocurra lo que ocurra a partir de ahora, ninguno de nosotros volverá a ser la misma persona.