Capítulo 64
Alistair
A la mañana siguiente encuentro a Blackwood despierto antes que nadie.
Eso, por sí solo, no tiene nada de extraño.
Lo que sí me llama la atención es verlo sentado junto a una de las terrazas que dominan el valle sin un libro en las manos, sin tomar notas y sin bombardear a nadie con preguntas.
Simplemente observa las casas dispersas entre la vegetación, las personas que comienzan sus tareas diarias y la rutina tranquila del pueblo.
Cuando me acerco, apenas gira la cabeza.
—Buenos días.
—Depende.
—Eso suena prometedor.
Blackwood resopla.
—Llevo toda la noche pensando.
—Eso también suena prometedor.
—No te burles.
—No me estoy burlando.
—Mentira.
—Un poco.
Por primera vez desde que llegamos aparece una sonrisa fugaz en su rostro. Apenas dura unos segundos antes de desvanecerse.
—¿Tú qué harías?
La pregunta me toma por sorpresa.
—¿Sobre qué?
—Sobre ellos.
Inclina la cabeza hacia el valle.
—¿Guardarías el secreto?
Permanezco callado unos instantes. Sé perfectamente a qué se refiere y, además, empiezo a sospechar que esa misma cuestión terminará enfrentándonos tarde o temprano.
—No lo sé.
Blackwood niega despacio.
—Yo sí.
La firmeza de su respuesta me provoca una sensación incómoda. Por la forma en que lo dice, tengo la impresión de que su decisión no traerá nada bueno.
Después del desayuno, el consejo vuelve a convocarnos. Nos reunimos en la misma sala donde escuchamos la historia de Briggs. La anciana está presente, igual que Tomas y varios de los miembros que participaron en la conversación anterior.
Cuando todos ocupamos nuestros lugares, Tomas toma la palabra.
—Hay algo más que debéis saber.
La atención de la sala se concentra de inmediato en él.
—Sobre Arthur.
Eleanor se incorpora ligeramente.
—¿Qué ocurre con él?
La anciana responde en su idioma y Tomas traduce.
—No vino una sola vez.
Un silencio denso se instala entre nosotros.
—¿Cómo?
La pregunta sale de labios de Reed.
—Arthur regresó. Varias veces.
Durante unos segundos nadie parece comprender lo que acaba de escuchar. Yo tampoco. Aquello contradice muchas de las conclusiones que habíamos sacado.
—¿Volvió aquí?
Eleanor no aparta la vista de Tomas.
—Sí.
—¿Cuántas veces?
La anciana responde con una explicación más extensa.
—Tres.
La sorpresa recorre la mesa. Miguel intercambia una mirada con João, mientras Blackwood permanece inmóvil. Eleanor parece incapaz de reaccionar.
—¿Tres veces?
—Sí.
La anciana continúa hablando y Tomas escucha con atención antes de traducir.
—La primera vez vino buscando respuestas. La segunda, tranquilidad. La tercera, despedirse.
Nadie comenta nada. La explicación resulta devastadora precisamente porque es sencilla. No habla de un explorador legendario ni de una figura histórica, sino de un hombre intentando encontrar su lugar antes de decir adiós.
La conversación continúa durante largo rato. Poco a poco reconstruimos los últimos años de Arthur. Descubrimos que mantuvo correspondencia con algunos miembros del consejo, que envió medicinas, herramientas y libros, y que siguió ayudando a proteger el secreto incluso después de abandonar la selva.
Entonces llega una revelación que transforma por completo la expresión de João.
La anciana habla durante varios segundos y Tomas tarda un momento en traducir.
—La última vez que Arthur vino quería quedarse.
João cierra los ojos, como si acabara de escuchar algo que llevaba años sospechando pero nunca había querido confirmar.
—¿Quedarse? —pregunta Eleanor.
—Sí.
—¿Aquí?
—Sí.
La respuesta deja la sala en absoluto silencio.
Nadie esperaba algo así. Arthur Whitmore, el explorador más famoso de su generación, había considerado desaparecer del mundo y vivir allí, entre aquellas personas y en aquel valle oculto.
—¿Por qué no lo hizo?
La pregunta la formula Finch.
La anciana observa a Eleanor antes de responder. Cuando Tomas traduce, su voz adquiere un tono inesperadamente suave.
—Porque tenía una hija.
Eleanor baja la mirada y nadie vuelve a hablar durante varios segundos.
La reunión termina cerca del mediodía. La información que acabamos de recibir es demasiado importante y demasiado personal para asimilarla de inmediato, así que todos buscamos algo de espacio para pensar.
Al salir, Miguel se acerca a João.
—¿Lo sabías?
—No.
—¿Nada?
—Sabía que quería volver. No sabía que había pedido quedarse.
Miguel guarda silencio un momento antes de hacer otra pregunta.
—¿Y tú qué habrías hecho?
João contempla el valle, las montañas que lo rodean y las personas que se mueven entre las casas.
—Lo mismo que hizo él.
—¿Marcharte?
—Volver con mi familia.
La respuesta deja pensativo a Miguel y, si soy sincero, también a mí.
Encuentro a Eleanor una hora más tarde. Está sentada junto al río que atraviesa uno de los extremos del asentamiento. Tiene una de las cartas sobre las rodillas y observa el agua correr con expresión ausente.
Me siento a su lado.
Durante un rato ninguno de los dos habla. El murmullo constante del río llena el silencio hasta que finalmente ella suspira.
—No sé qué hacer con toda esta información.
—Creo que nadie lo sabe.
—Es frustrante.
—Lo sé.
Eleanor gira ligeramente la cabeza hacia mí.
—Llevo años enfadada con él. Y ahora, cada vez que descubro algo nuevo, me resulta más difícil seguir estándolo.
—Eso no significa que estuvieras equivocada.
—¿No?
—No.
La observo unos segundos antes de continuar.
—Solo significa que era más complicado de lo que pensabas.
Una sonrisa pequeña aparece en sus labios. Parece cansada, pero también sincera.
—Sigues siendo irritantemente razonable.
—Es uno de mis muchos talentos.
—No exageres.
—Demasiado tarde.
Su risa rompe la tensión acumulada durante el día. Por un instante, todo parece un poco más ligero. No mucho, pero sí lo suficiente para recordar que todavía somos capaces de encontrar algo de calma en medio de tantas revelaciones.
Cuando regresamos al asentamiento, encuentro a Blackwood observando otra vez el valle.
Esta vez lleva varios documentos bajo el brazo y tiene una expresión que no me gusta en absoluto. La conozco demasiado bien. Es la mirada de alguien que ya ha tomado una decisión y está convencido de ella.
Mientras lo observo, una sensación de inquietud se instala en mi estómago. Tengo el presentimiento de que esa decisión acabará causándonos problemas muy pronto.