ARUKANA: La Ciudad Perdida Capítulo 63
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Capítulo 63

Eleanor

Durante varios segundos soy incapaz de leer más allá de la primera línea.

Las palabras permanecen inmóviles sobre el papel.

Para Eleanor, cuando sea lo bastante mayor para comprender por qué tomé esta decisión.

Tengo la sensación absurda de que, si levanto la vista, todo habrá desaparecido: la carta, el archivo, el pueblo y todas las respuestas que he perseguido durante tanto tiempo.

Pero cuando parpadeo, el papel sigue entre mis manos.

Y la letra continúa siendo la de Arthur.

La conozco demasiado bien. La he visto en diarios, cuadernos, notas de viaje y cartas enviadas desde medio mundo. Sin embargo, nunca había tenido delante algo como esto.

Porque esta vez no escribía para la Real Sociedad, ni para periodistas o colegas.

Escribía para mí.

—¿Vas a leerla?

La voz de Alistair es suave.

Asiento, aunque tardo unos segundos más en hacerlo. Necesito respirar y prepararme para lo que pueda encontrar.

Llevo años imaginando qué le preguntaría a mi padre si pudiera volver a verlo. Nunca se me ocurrió que sería él quien me respondería primero.

Finalmente bajo la vista y empiezo a leer.

Eleanor.

Si estás leyendo esto significa que has llegado más lejos de lo que yo esperaba.

No sé cuántos años tendrás. No sé quién te habrás convertido. Ni siquiera sé si seguirás enfadada conmigo.

Pero sí sé una cosa.

Si has llegado hasta aquí, has heredado exactamente el mismo defecto que yo.

No sabes rendirte.

Una sonrisa involuntaria aparece en mis labios, aunque desaparece casi de inmediato cuando la emoción me golpea con fuerza.

Sigo leyendo.

Quiero que entiendas algo antes de juzgarme.

Cuando encontré este lugar pensé que había descubierto el mayor hallazgo de la historia.

Me equivoqué.

El hallazgo no era Arukana.

Eran las personas.

Las palabras empiezan a volverse borrosas y tengo que detenerme unos segundos.

Alistair no dice nada. Permanece sentado a mi lado, acompañándome en silencio, sin presionarme ni hacer preguntas. Su sola presencia consigue sostenerme en ese momento, y agradezco más de lo que podría expresar que esté allí.

Continúo leyendo.

He pasado gran parte de mi vida persiguiendo lugares: ciudades, mapas y leyendas. Pensaba que descubrir algo significaba encontrarlo.

Ahora sé que descubrir algo también puede significar protegerlo.

Trago saliva mientras releo la frase.

En pocas palabras resume todo lo que hemos vivido durante la expedición: las discusiones, los secretos, las decisiones difíciles, Briggs, João y los guardianes.

La carta continúa.

Llegará un día en que tendrás que tomar una decisión.

No sé cuál será.

No sé qué preguntas te habrán traído hasta aquí.

Pero quiero que recuerdes algo.

La verdad pertenece a quien debe vivir con ella.

No a quien la encuentra.

No a quien la reclama.

No a quien cree merecerla.

Permanezco inmóvil unos instantes, intentando comprender el verdadero peso de aquellas palabras y todo lo que implican.

En ese momento una voz rompe el silencio.

—¿Qué dice?

La pregunta llega desde detrás de nosotros.

Levanto la vista y encuentro a Miguel observándonos. A su lado está João, y detrás de ellos aparecen Reed, Finch y Pembroke.

Blackwood continúa en otra parte del archivo, probablemente enterrado bajo montañas de documentos.

—¿Interrumpimos algo?

—Sí —responde Alistair.

—Perfecto.

Miguel se sienta de todos modos.

João le da un ligero golpe en el hombro.

—Algún día aprenderás modales.

—Lo dudo.

—Yo también.

El intercambio consigue aliviar parte de la tensión y arranca algunas sonrisas, haciendo que el ambiente resulte un poco más ligero.

Miguel señala la carta.

—¿Y bien?

Lo observo unos segundos antes de tomar una decisión.

—Creo que deberíais escuchar esto.

Durante la siguiente media hora leo la carta completa.

Arthur habla de sus errores, de sus dudas y del miedo que sintió cuando comprendió las consecuencias de revelar la existencia del pueblo. También habla de João.

Cuando llego a ese fragmento, el anciano permanece completamente inmóvil.

Le debo más de lo que jamás admitiría delante de él.

Lo cual probablemente le hará sonreír cuando lea esta frase.

Miguel suelta una carcajada.

João resopla.

—Arthur era un insolente.

—Eso suena a cumplido.

—Porque lo es.

La diversión dura poco, porque las siguientes páginas adquieren un tono mucho más sombrío.

La carta habla de pérdidas, sacrificios, decisiones imposibles y una soledad mucho más profunda de la que yo había imaginado.

Cuando termino, la habitación queda sumida en el silencio.

Nadie parece tener nada que añadir, y tampoco es necesario.

Arthur acaba de hablar por sí mismo y resulta muy distinto al hombre que todos habíamos construido en nuestra imaginación.

La tarde cae lentamente sobre el valle.

Poco a poco los demás regresan al asentamiento. Primero Pembroke, después Reed y más tarde Finch.

Miguel intenta quedarse, pero João termina arrastrándolo prácticamente a la fuerza.

Cuando finalmente desaparecen, solo quedamos dos personas en el archivo.

Alistair y yo.

La luz anaranjada entra por las ventanas mientras las sombras se alargan entre las estanterías. Por primera vez en todo el día puedo detenerme a procesar lo que siento.

—¿Estás bien?

La pregunta de Alistair es sincera, y precisamente por eso responder resulta tan difícil.

—No lo sé.

Él asiente como si comprendiera perfectamente la respuesta.

—Empiezo a pensar que esa frase es contagiosa.

La sonrisa aparece antes de que pueda evitarlo.

—Probablemente.

—Es preocupante.

—Mucho.

Permanecemos unos instantes en silencio. No es incómodo; al contrario, resulta extrañamente reconfortante.

Entonces me doy cuenta de algo.

Por primera vez desde que comenzó la expedición no estoy intentando alcanzar a Arthur, demostrar nada ni perseguir una sombra del pasado. Simplemente estoy viviendo el presente, sin compararlo con lo que perdí ni con lo que esperaba encontrar.

Y eso resulta inesperadamente agradable.

—Gracias.

Alistair levanta una ceja.

—¿Por qué?

—Por quedarte.

Su expresión cambia ligeramente y se vuelve más cálida.

—No tienes que darme las gracias por eso.

—Aun así lo hago.

Nuestros ojos se encuentran y el silencio adquiere un significado distinto, igual que ocurrió la noche anterior. Hay algo sereno en ese instante, una cercanía que ya no necesita explicaciones y que se vuelve cada vez más difícil de ignorar.

Alistair se acerca despacio, como si quisiera darme tiempo para apartarme si así lo quisiera.

No lo hago.

No quiero hacerlo.

Su mano encuentra la mía y, por primera vez desde que llegamos a Arukana, después de meses de búsqueda y preguntas, permito que toda la tensión acumulada se disuelva un poco.

Los problemas siguen ahí y las respuestas aún no son completas, pero eso deja de importar durante unos segundos.

Lo único que siento es que ya no estoy sola cargando con todo ese peso.

Y esa noche, cuando abandonamos juntos el archivo para regresar al pueblo, comprendo que algo ha cambiado de forma definitiva entre nosotros.