ARUKANA: La Ciudad Perdida Capítulo 62
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Capítulo 62

Alistair

Me despierto antes del amanecer y permanezco unos instantes observando el techo de madera de la habitación que me han asignado.

La noche anterior regresa a mi memoria con una claridad irritante. Recuerdo el beso, la forma en que Eleanor me miró y la sonrisa que apareció después en sus labios.

Cierro los ojos con la esperanza de despejarme, pero el intento resulta inútil. Cuanto más trato de apartar el recuerdo, más detalles vuelven a mi cabeza.

—Magnífico.

Lo murmuro para mí mismo y descubro, con cierta desesperación, que estoy sonriendo como un idiota.

El problema llega durante el desayuno.

Besar a alguien resulta sorprendentemente sencillo; lo complicado viene después, cuando intentas comportarte con normalidad delante de una expedición formada por personas demasiado observadoras.

Llego a la plaza principal procurando aparentar tranquilidad. En cuanto Miguel me ve acercarme, una sonrisa se dibuja en su rostro.

Mala señal.

—Buenos días.

—Buenos días.

La sonrisa no desaparece.

—¿Has dormido bien?

—Sí.

—Qué bien.

—Miguel.

—¿Sí?

—Deja de hacer eso.

—¿Hacer qué?

João ni siquiera levanta la vista de la taza que sostiene.

—Lo sabe.

Miguel gira la cabeza hacia él.

—¿Qué sé?

—Todo.

—Eso no es verdad.

—Entonces deja de sonreír.

—No puedo.

—Lo imaginaba.

Desde el otro lado de la mesa, Reed resopla con evidente cansancio.

—No sé qué está pasando, pero empiezo a arrepentirme de haber venido.

—Es una reacción perfectamente razonable —dice Finch.

Eleanor aparece pocos minutos después y comprendo de inmediato que mi situación no tiene remedio.

En cuanto nuestras miradas se encuentran, ambos apartamos la vista al mismo tiempo. El gesto es tan evidente que Miguel deja escapar un sonido extraño, una mezcla entre bufido y carcajada contenida.

João le da un codazo, aunque el esfuerzo resulta completamente inútil.

—Voy a dar un paseo.

Miguel se pone de pie al instante.

—Yo también.

—No.

—¿Por qué?

—Porque no.

—Tus argumentos son cada vez mejores.

Antes de que pueda responder, aparece Tomas. Y, por primera vez en mucho tiempo, me alegro sinceramente de verlo.

—El consejo quiere enseñaros algo.

Miguel parece profundamente decepcionado.

Yo, en cambio, me siento salvado.

Abandonamos la zona principal del asentamiento acompañados por Tomas y la anciana del consejo.

Avanzamos por una red de senderos que se internan en la parte más antigua del pueblo.

A medida que caminamos, las construcciones cambian de aspecto.

La madera muestra las marcas del tiempo, algunas casas conservan reparaciones acumuladas durante generaciones y otras parecen tan antiguas que cuesta imaginar cuándo fueron levantadas.

—¿Adónde vamos? —pregunta Pembroke.

—A un lugar que Arthur visitó muchas veces.

La respuesta capta de inmediato la atención de Eleanor. También la mía.

Tomas nos conduce hasta una construcción situada cerca del límite norte del asentamiento. No destaca por su tamaño ni por su apariencia, pero posee una solemnidad difícil de explicar.

La puerta se abre y la anciana nos invita a entrar.

El interior está abarrotado de objetos: estanterías repletas de cajas, herramientas cuidadosamente ordenadas, libros, mapas y montones de documentos.

Durante unos segundos nadie dice nada. Todos comprendemos al mismo tiempo lo que tenemos delante.

Es un archivo, construido y ampliado durante generaciones.

—Dios mío.

Blackwood contempla los estantes como si acabara de encontrar un tesoro.

—¿Todo esto pertenece al pueblo?

Tomas asiente.

—Y una parte pertenece a Arthur.

El silencio que sigue es absoluto.

Eleanor da un paso adelante mientras la anciana se acerca a una estantería. Extrae una caja de madera, la sostiene unos instantes y finalmente se la entrega.

A ella.

Mi compañera tarda un momento en reaccionar.

—¿Qué es?

La anciana responde en su idioma y Tomas traduce.

—Lo que Arthur dejó aquí.

Nadie se mueve.

Eleanor abre la caja con lentitud.

Dentro hay varios cuadernos, algunas fotografías, documentos doblados y un pequeño paquete de cartas atadas con una cuerda.

Sus manos tiemblan apenas al cogerlas, un movimiento tan leve que probablemente pasaría desapercibido para cualquiera. Yo, sin embargo, lo noto.

—¿Son suyas?

Tomas vuelve a asentir.

—Sí.

Ella permanece observándolas durante varios segundos, como si temiera descubrir lo que contienen. Da la impresión de que una parte de ella sospecha que esas hojas guardan respuestas para las que quizá todavía no está preparada.

La mañana transcurre entre documentos y descubrimientos.

Blackwood parece a punto de sufrir una apoplejía de felicidad. Finch revisa dibujos botánicos realizados décadas atrás, Reed encuentra antiguos registros médicos y Pembroke está convencido de haber descubierto el archivo histórico más importante del siglo.

Miguel intenta tocar absolutamente todo.

João se lo impide con una paciencia que solo puede proceder de años de práctica.

Mientras tanto, Eleanor permanece sentada junto a una ventana con las cartas sobre las rodillas.

Todavía no las ha abierto.

Las observa en silencio, perdida en sus pensamientos, como si necesitara reunir valor antes de dar el siguiente paso.

Finalmente me acerco.

—¿Sigues posponiéndolo?

Ella levanta la vista.

—Puede que sí.

—No parece una estrategia especialmente eficaz.

—Lo sé.

Sus dedos recorren el borde del paquete.

—Pero si no las abro todavía, durante unos minutos más pueden ser cualquier cosa.

No respondo enseguida porque la entiendo perfectamente.

—Y cuando las abras dejarán de serlo.

—Exacto.

El silencio se instala entre nosotros durante unos instantes.

Después sonríe.

Es una sonrisa pequeña y algo nerviosa, pero también sincera.

—Qué curioso.

—¿Qué?

—He cruzado medio mundo buscando respuestas y ahora que las tengo delante me da miedo leerlas.

Me siento a su lado.

—Creo que eso significa que son importantes.

Ella baja la vista hacia las cartas, respira profundamente y desata la cuerda.

La primera hoja aparece doblada con cuidado. La tinta está envejecida, aunque sigue siendo perfectamente legible.

Eleanor despliega el papel.

Sus ojos recorren las primeras líneas.

Entonces se queda completamente inmóvil.

—¿Qué ocurre?

Tarda unos segundos en responder. Cuando finalmente lo hace, su voz apenas supera un susurro.

—Está dirigida a mí.

Miro el papel.

Solo alcanzo a distinguir las primeras palabras, pero basta para comprender la magnitud del momento.

En la parte superior de la página puede leerse claramente:

Para Eleanor, cuando sea lo bastante mayor para comprender por qué tomé esta decisión.

Y tengo la sensación de que acabamos de encontrar la respuesta que ha perseguido durante toda su vida.