Capítulo 61
Eleanor
Miguel no deja de sonreír durante la cena.
No es una sonrisa normal, sino la de alguien que sabe algo o cree saberlo, que en su caso suele ser todavía peor.
—¿Te ocurre algo? —pregunto.
—Nada.
—Mientes fatal.
—No estoy mintiendo.
—Entonces deja de sonreír así.
—¿Así cómo?
—Como si acabaras de descubrir un secreto.
Miguel adopta una expresión inocente que no engaña absolutamente a nadie.
João lo observa desde el otro lado de la mesa.
—Déjala tranquila.
—No le estoy haciendo nada.
—Todavía.
La conversación provoca algunas risas alrededor de la mesa. Incluso Finch parece relajado por primera vez en horas.
Solo Blackwood permanece distraído, callado y pensativo, y eso sigue preocupándome porque cuanto más silencioso está, más evidente resulta que está planeando algo.
La cena termina poco después. Los habitantes del pueblo empiezan a retirarse a sus casas mientras las conversaciones se apagan poco a poco. Las luces permanecen encendidas detrás de las ventanas y el asentamiento adquiere una tranquilidad extraña.
No parece aislado ni perdido. Parece un hogar, uno que alguien ha protegido durante generaciones.
Durante un instante intento imaginar a Arthur caminando por aquellos senderos, hablando con aquellas personas y aprendiendo sus historias. Por primera vez consigo verlo como algo más que una figura legendaria; consigo verlo como un hombre.
Necesito aire, así que abandono la zona central del pueblo y camino hacia uno de los senderos elevados que bordean el valle.
La noche es cálida, las estrellas cubren el cielo y el silencio resulta sorprendentemente agradable después de todo lo ocurrido durante el día.
Escucho pasos detrás de mí. No necesito girarme; empiezo a reconocer demasiado bien la forma de caminar de Alistair.
—Esto empieza a ser preocupante.
Su voz llega desde mi espalda.
—¿El qué?
—Que siempre acabemos en el mismo sitio.
Me vuelvo hacia él.
—Quizá el pueblo es pequeño.
—Claro.
—O quizá me persigues.
—Esa teoría tiene varios problemas.
—¿Por ejemplo?
—Que eres tú quien se ha ido sin avisar.
No puedo evitar sonreír.
—Buen punto.
Alistair se detiene a mi lado.
Durante unos segundos observamos el valle iluminado. Ninguno parece tener prisa por hablar y, por extraño que resulte, el silencio ya no es incómodo.
—He estado pensando en Arthur.
La frase sale de mis labios antes de que pueda evitarlo.
Alistair asiente.
—Yo también.
—Empiezo a odiar que siempre tengamos las mismas conversaciones.
—Podría discutir contigo sobre botánica si lo prefieres.
—Finch ya ocupa ese puesto.
—Es verdad.
La sonrisa desaparece poco a poco.
—No sé qué hacer con todo esto.
Mi voz suena más cansada de lo que pretendía.
—¿Con qué parte?
—Con todas.
Observo las luces del pueblo antes de continuar.
—Con Arthur, con Arukana, con los guardianes, con Briggs... y con la idea de que mi padre pasó media vida ocultando algo tan enorme.
Alistair tarda unos segundos en responder.
—No creo que tengas que resolverlo esta noche.
—Qué alivio.
—Mañana tampoco.
Aquello consigue arrancarme una risa breve, pero sincera.
La brisa mueve algunos mechones de mi cabello y aparto uno de la cara.
Alistair me observa durante un instante antes de volver la vista hacia el valle. Por alguna razón, aquel pequeño gesto me afecta más de lo que debería.
Durante semanas hemos estado rodeando algo que ninguno quería nombrar. Hemos fingido que la tensión entre nosotros no existía y hemos encontrado toda clase de excusas: mapas, peligros, ruinas, expediciones... cualquier cosa menos nosotros.
—Hay algo que nunca te he preguntado.
La voz de Alistair rompe el silencio.
—Eso suena peligroso.
—Probablemente.
Lo miro.
—Adelante.
Él tarda unos segundos, como si estuviera decidiendo si realmente quiere formular la pregunta.
—¿Por qué viniste?
Parpadeo.
—¿A la expedición?
—No.
Su mirada permanece fija en la mía.
—La razón de verdad.
La pregunta me golpea más de lo esperado. Conozco la respuesta; siempre la he conocido. Simplemente no me gusta admitirla.
—Porque quería encontrar a Arthur.
—Eso ya lo sé.
—Es la verdad.
—Solo una parte.
El silencio se instala entre nosotros y odio que tenga razón.
—Quería demostrar que podía hacerlo.
La confesión sale más despacio de lo que esperaba.
—Quería encontrar algo que él no encontró. Quería dejar de ser la hija de Arthur Whitmore y ser simplemente Eleanor.
Alistair no dice nada. Se limita a escuchar, y eso hace que resulte todavía más fácil seguir hablando.
—Supongo que llevo años intentando competir con alguien que ni siquiera está aquí.
La expresión de Alistair se suaviza.
—No creo que hayas venido para competir.
—¿No?
—No.
Da un paso más cerca.
—Creo que viniste porque lo querías entender.
La certeza de su voz me desarma por completo. Una parte de mí sabe que tiene razón y, además, nadie me había entendido tan bien en mucho tiempo.
Nuestros ojos se encuentran y ninguno aparta la mirada.
La distancia entre nosotros parece mucho menor de lo habitual y, por primera vez, ninguno intenta aumentarla.
Ya no hay discusiones, bromas ni expediciones entre nosotros. Solo la noche y todo lo que llevamos demasiado tiempo evitando.
—Eleanor.
Mi nombre suena diferente cuando lo pronuncia, más suave y cercano.
Siento cómo se acelera mi pulso y, por la expresión de Alistair, sospecho que él tampoco está exactamente tranquilo.
—Sí.
No responde inmediatamente. Se limita a observarme, como si estuviera tomando una decisión o hubiera llegado al mismo punto que yo.
Entonces levanta una mano y aparta un mechón de cabello de mi rostro. El gesto resulta absurdamente íntimo, mucho más de lo que debería y de lo que esperaba.
Durante un instante ninguno se mueve.
Después la distancia desaparece.
Y me besa.
No hay dudas ni vacilaciones, solo una sensación extraña de inevitabilidad, como si ambos hubiéramos estado avanzando hacia este momento desde el día en que nos conocimos.
Apoyo una mano sobre su pecho mientras él me atrae un poco más hacia sí, y el mundo parece quedarse en silencio.
Cuando finalmente nos separamos, ninguno se aleja demasiado. Seguimos tan cerca que puedo sentir su respiración.
—Esto complica bastante las cosas.
La sonrisa que aparece en mis labios es imposible de contener.
—Muchísimo.
—Bien.
—¿Bien?
—Empezaba a cansarme de esperar.
La carcajada que escapa de mi garganta resuena en la oscuridad, y la expresión de Alistair me deja claro que él tampoco piensa seguir fingiendo que esto no está ocurriendo.