Capítulo 60
Alistair
Nadie habla después de las últimas palabras de Tomas.
La palabra tragedia queda suspendida sobre la mesa mientras el silencio se adueña de la sala.
Los ancianos evitan mirarnos, Tomas mantiene la vista fija en la madera e incluso Blackwood parece haber perdido momentáneamente las ganas de discutir, algo que jamás creí posible.
Finalmente es Reed quien rompe el silencio.
—¿Qué ocurrió exactamente?
Tomas traduce.
La anciana escucha la pregunta y responde sin apartar la vista de nosotros. Habla durante varios segundos y, cuando termina, Tomas tarda un momento antes de empezar.
—Briggs intentó abandonar el valle durante la noche.
Nadie reacciona.
—Pensó que podría llegar al río antes de que los guardianes descubrieran que se había marchado.
—¿Y lo consiguió? —pregunta Miguel.
—Durante un tiempo.
La respuesta llega acompañada de una sombra de tristeza.
—Pero los guardianes conocían mejor el terreno.
La historia continúa desarrollándose poco a poco, como una herida que vuelve a abrirse.
Briggs escapó y los guardianes fueron tras él. Intentaron alcanzarlo, convencerlo y hacerlo regresar, pero estaba decidido. Había dedicado años de su vida a encontrar aquello y no estaba dispuesto a permitir que desapareciera de nuevo.
—No estaba equivocado.
La voz de Blackwood rompe la quietud de la sala y todos nos volvemos hacia él.
—No he dicho que lo estuviera.
La respuesta de Tomas es inmediata.
—Entonces estamos de acuerdo.
—No.
La firmeza de esa única palabra hace que Blackwood frunza el ceño.
—¿No?
—Comprendo por qué quería marcharse, pero eso no significa que estuviera dispuesto a sacrificar este lugar para conseguirlo.
Durante varios segundos ninguno de los dos aparta la mirada y la tensión crece con rapidez. Es João quien interviene antes de que la discusión vaya más lejos.
—¿Cómo murió?
La pregunta devuelve la atención de todos a lo importante.
La anciana responde y esta vez la traducción resulta mucho más breve.
—Hubo una lucha.
Miguel baja la vista. Finch permanece inmóvil y Reed se pasa una mano por la barba.
Nadie parece satisfecho con aquella respuesta porque todos comprendemos lo que implica. No fue una ejecución ni un asesinato planeado, pero tampoco un accidente.
Fue una tragedia, exactamente como había dicho Tomas.
La reunión termina poco después, no porque se hayan agotado las preguntas, sino porque ninguno parece capaz de seguir escuchando.
Salimos al exterior cuando el sol ya empieza a descender detrás de las montañas. El aire parece más fresco y ligero, aunque probablemente sea solo una ilusión. La verdad suele tener ese efecto.
Miguel camina junto a João mientras hablan en voz baja. Finch y Reed continúan discutiendo sobre las implicaciones históricas del descubrimiento, y Pembroke parece incapaz de decidir si está horrorizado o fascinado.
Blackwood, en cambio, permanece callado, y eso me preocupa más que cualquier otra cosa. Cuando guarda silencio significa que está pensando, y cuando piensa demasiado suele acabar tomando decisiones arriesgadas.
Necesito alejarme un poco para ordenar las ideas.
Abandono el centro del asentamiento y camino hasta una zona elevada desde la que se ve buena parte del valle.
Las luces empiezan a encenderse en algunas viviendas. Se escuchan conversaciones lejanas, risas y perros ladrando. Es la vida cotidiana de una comunidad que ha permanecido oculta durante generaciones.
Arthur tenía razón.
Por primera vez empiezo a entenderlo por completo. No protegió unas ruinas; protegió personas, y existe una diferencia enorme entre ambas cosas.
Escucho pasos detrás de mí.
No necesito girarme para reconocerlos.
Eleanor se detiene a mi lado y durante unos segundos ninguno dice nada. Observamos el valle, las luces, las montañas y la vida que se extiende bajo nosotros.
—¿Sigues pensando en Briggs?
Su pregunta rompe finalmente el silencio.
—Sí.
—Yo también.
La respuesta no me sorprende. Llevo todo el día viendo la misma expresión en su rostro, esa mezcla de tristeza y confusión que ninguno de los dos ha conseguido apartar.
—¿Y?
La miro.
—¿Y qué?
—¿Qué piensas?
Tarda unos segundos en responder.
—Creo que si hubiera sido yo, habría querido marcharme.
La sinceridad de la respuesta me obliga a reflexionar.
—Lo imaginaba.
—¿Y tú?
Observo el valle una vez más antes de volver a mirarla.
—No lo sé.
Una sonrisa cansada aparece en sus labios.
—Esa respuesta empieza a repetirse mucho.
—Quizá porque por primera vez tengo más preguntas que respuestas.
—Bienvenido a mi mundo.
La frase consigue arrancarme una breve sonrisa. Ella también sonríe y, durante unos instantes, el peso de todo lo que hemos descubierto parece desaparecer.
Solo por un momento, porque la realidad sigue ahí, esperándonos.
—¿Sabes qué es lo peor?
La voz de Eleanor se vuelve más suave.
—¿Qué?
—Que empiezo a comprender a mi padre.
Permanezco en silencio mientras ella continúa observando las luces del pueblo.
—Llevo años enfadada con él. Pensando que abandonó respuestas, que eligió desaparecer y que dejó demasiadas preguntas sin resolver.
Traga saliva antes de continuar.
—Y ahora descubro que quizá estaba intentando proteger algo más importante que su propio legado.
La emoción aparece en su voz por primera vez. No de forma dramática ni exagerada, pero está ahí y resulta imposible no percibirla.
—Eso no significa que tengas que perdonarlo.
Ella gira la cabeza.
—¿No?
—No inmediatamente.
Nuestros ojos se encuentran.
—Comprender a alguien y perdonarlo son cosas distintas.
La expresión de Eleanor cambia ligeramente, como si nadie le hubiera dicho eso antes o como si necesitara escucharlo precisamente ahora.
—A veces eres sorprendentemente inteligente.
—Solo a veces.
—No te emociones.
—Demasiado tarde.
La risa que escapa de sus labios es suave y breve, pero auténtica.
Y algo dentro de mí se relaja al escucharla.
El silencio regresa, aunque esta vez es distinto: más tranquilo, más cercano.
La distancia entre nosotros parece menor de lo habitual y ninguno hace nada por aumentarla.
—Alistair.
Mi nombre suena diferente cuando ella lo pronuncia, más íntimo, más personal.
La miro y ella sostiene mi mirada.
Por primera vez desde que comenzó esta expedición tengo la sensación de que ninguno de los dos se está escondiendo detrás de mapas, ruinas o misterios.
Solo estamos nosotros: dos personas agotadas y confundidas, intentando encontrar sentido a todo lo que hemos descubierto y quizá también a lo que llevamos semanas evitando.
Ninguno aparta la mirada ni da un paso atrás.
Por un instante tengo la sensación de que algo está a punto de cambiar, algo importante e inevitable.
Pero justo entonces escuchamos la voz de Miguel llamándonos desde la distancia.
—¡Os están buscando!
Eleanor deja escapar una carcajada inesperada y yo cierro los ojos durante un segundo.
—Voy a matar a tu amigo.
—No es mi amigo.
—Mentira.
—Bueno, quizá un poco.
Seguimos observándonos unos instantes más antes de comenzar a caminar de regreso al pueblo.
Sin embargo, algo ha cambiado.
Lo percibo en ella y también en mí, y sospecho que ambos somos perfectamente conscientes de ello.