ARUKANA: La Ciudad Perdida Capítulo 59
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Capítulo 59

Eleanor

El edificio del consejo es más sencillo de lo que esperaba.

Después de todo lo que hemos imaginado durante meses, después de las leyendas, los diarios y los secretos, esperaba encontrar algo parecido a un templo o una construcción ceremonial.

En cambio, parece una casa: una casa grande, sólida y antigua, construida para durar.

Quizá eso sea precisamente lo que más me impresiona.

Nada de este lugar parece diseñado para impresionar a nadie, probablemente porque nunca fue construido para ser encontrado.

Tomas nos conduce al interior.

La sala principal está iluminada por varias lámparas de aceite y por la luz que entra a través de amplias ventanas abiertas.

Los miembros del consejo toman asiento alrededor de una larga mesa de madera y nos indican que hagamos lo mismo.

Durante unos instantes nadie habla. Los ancianos nos observan con atención, como si intentaran decidir qué clase de personas somos, no como científicos ni como exploradores, sino simplemente como personas.

La anciana de cabello blanco rompe finalmente el silencio.

Habla despacio, con calma y sin perder de vista a ninguno de nosotros.

Tomas escucha y traduce.

—Dice que Arthur se sentó en esta misma sala.

La frase provoca una reacción inmediata y todos intercambiamos miradas.

—¿Aquí? —pregunta Blackwood.

Tomas asiente.

—Exactamente aquí.

La anciana continúa.

—Dice que llegó igual que vosotros, lleno de preguntas.

—Eso sí me lo creo —murmura Miguel.

—Yo también —dice Reed.

La anciana sigue hablando con el mismo tono tranquilo.

—Dice que Arthur pasó semanas entre ellos, que aprendió su lengua, escuchó sus historias e hizo preguntas que nadie había hecho antes.

Mi atención permanece fija en cada palabra.

Durante toda mi vida he conocido al explorador, al científico, al hombre que aparece en fotografías y conferencias. Ahora estoy empezando a descubrir a una persona completamente distinta.

—¿Por qué no contó la verdad?

La pregunta sale de mis labios antes de que pueda detenerla.

Tomas traduce.

Los ancianos intercambian algunas palabras antes de que la anciana responda.

La traducción tarda unos segundos.

—Porque comprendió lo que ocurriría si lo hacía.

La respuesta provoca un silencio inmediato.

Blackwood se inclina hacia delante.

—No podemos asumir que el mundo habría reaccionado mal.

—Sí podemos —dice João.

Todos nos giramos hacia él.

Permanece sentado con las manos apoyadas sobre la mesa.

—Porque el mundo siempre reacciona igual.

Blackwood abre la boca para replicar, pero João continúa.

—Llegan comerciantes. Después soldados. Después políticos. Y luego hombres que creen saber qué es mejor para todos los demás.

Su mirada recorre la estancia.

—Siempre ocurre igual.

Nadie responde, porque aunque nadie quiera admitirlo, existe una parte incómoda de verdad en sus palabras.

La conversación continúa durante más de una hora.

Poco a poco los ancianos empiezan a contarnos la historia que Arthur descubrió.

Hablan de sus antepasados, de la antigua ciudad, de las guerras, de las epidemias y, sobre todo, de los supervivientes.

La palabra aparece una y otra vez.

Los que permanecieron.

Los herederos.

De repente todo empieza a encajar.

Arthur no ocultaba una ciudad; ocultaba a las personas que sobrevivieron a ella.

Aquellos habitantes no son descendientes lejanos de Arukana. Son Arukana, la continuidad viva de una historia que el resto del mundo considera terminada.

Miguel parece tan impresionado como cualquiera.

—Dios mío.

—Sí —dice Finch—. Eso explica muchas cosas.

—Y complica otras cuantas.

En un momento determinado la conversación se detiene.

Uno de los ancianos dirige unas palabras a João.

Él permanece inmóvil unos segundos antes de responder en la misma lengua.

La sala queda en silencio.

Miguel observa a su padre.

—¿Qué ocurre?

João tarda varios segundos en responder.

—Me han preguntado por tu madre.

La sorpresa aparece inmediatamente en el rostro de Miguel.

—¿La conocían?

João asiente.

—Sí.

La respuesta deja a Miguel sin palabras.

Y por primera vez desde que comenzó la expedición comprendo algo que nunca me había planteado.

Mientras para nosotros este lugar era una leyenda, para João siempre fue parte de su vida.

No regresó a una ciudad perdida; regresó a una parte de sí mismo.

La conversación cambia cuando Blackwood pronuncia un nombre.

—Briggs.

El efecto es inmediato.

Los ancianos intercambian miradas.

Tomas permanece inmóvil.

La anciana deja de hablar y el ambiente de la sala se vuelve mucho más pesado.

Alistair lo nota.

Yo también.

En realidad, todos lo notamos.

Blackwood observa la reacción.

—Lo conocisteis.

No es una pregunta, sino una conclusión.

La anciana responde algo breve.

Tomas traduce.

—Sí.

—¿Qué ocurrió con él?

Nadie responde inmediatamente.

Los miembros del consejo hablan entre ellos durante varios segundos antes de que la anciana vuelva a intervenir.

Su voz ya no tiene el mismo tono.

Hay tristeza en ella, y también algo parecido al remordimiento.

Tomas escucha y luego baja la vista antes de traducir.

—Briggs encontró el pueblo.

Nadie se mueve.

—Descubrió quiénes eran.

—Eso ya lo sabemos —dice Pembroke.

—No sabemos todo.

La respuesta de Tomas llega con una firmeza que no le había escuchado antes.

La sala vuelve a quedar en silencio.

La anciana continúa hablando durante más tiempo y, cuando termina, Tomas tarda unos segundos en encontrar las palabras adecuadas.

—Briggs quiso marcharse.

Blackwood asiente inmediatamente.

—Claro.

—Quiso contarlo al mundo.

La tensión aumenta.

—Creía que todos tenían derecho a conocer la verdad.

Nadie responde, porque ninguno puede decir que la idea le parezca absurda.

La anciana sigue hablando.

Su voz se vuelve más grave, más lenta, más difícil de escuchar.

Tomas traga saliva antes de continuar.

—Intentaron convencerlo de que se quedara.

—¿Y?

La pregunta de Reed apenas es un susurro.

—Se negó.

La sala queda completamente inmóvil.

Todos sabemos lo que viene después. Lo sabemos desde que encontramos el cuerpo de Briggs y, aun así, nadie quiere escucharlo.

La anciana pronuncia unas últimas palabras.

Tomas cierra los ojos un instante antes de traducir.

—Intentó marcharse.

—¿Y entonces?

La pregunta sale de mis labios.

Tomas levanta la vista y, por primera vez desde que lo conozco, parece llevar el peso de aquella historia sobre los hombros.

—Y entonces comenzó la tragedia.