ARUKANA: La Ciudad Perdida Capítulo 58
81%

Capítulo 58

Alistair

Durante varios segundos nadie se mueve.

El valle permanece extendido ante nosotros mientras intentamos aceptar lo que estamos viendo. Después de meses de viaje, semanas siguiendo pistas incompletas y años persiguiendo una leyenda, la respuesta aparece delante de nosotros de la forma más inesperada posible.

Lo que tenemos ante los ojos no son ruinas ni restos arqueológicos de una civilización desaparecida. Es una comunidad viva, habitada, y ese descubrimiento cambia por completo el significado de todo lo que creíamos haber encontrado.

Miguel es el primero en recuperar la voz.

—Bueno.

Nadie responde.

—¿Soy el único que está replanteándose toda su carrera?

—No —dice Reed.

—Bien.

—Yo estoy replanteándome varias cosas.

—Yo también.

Finch sigue observando el valle sin apartar la vista.

—Esto es imposible.

—Y sin embargo está ahí.

La respuesta de Blackwood suena casi maravillada. Por primera vez desde que lo conozco no parece estar pensando en artículos científicos ni en prestigio académico. Se limita a contemplar el paisaje con una expresión de asombro genuino, exactamente igual que el resto de nosotros.

Tomas espera pacientemente a unos metros de distancia. No intenta apresurarnos ni parece especialmente satisfecho por nuestra reacción. Tampoco da la impresión de estar preocupado. Se limita a observarnos con la tranquilidad de alguien que ya ha presenciado esta escena antes.

João avanza lentamente hacia él mientras el resto del grupo permanece en silencio.

Hay algo extraño en la forma en que ambos hombres se miran. No parecen amigos, pero tampoco enemigos. Más bien dan la impresión de estar unidos por recuerdos demasiado antiguos y complejos para explicarlos con facilidad.

—Ha pasado mucho tiempo.

La voz de João apenas supera un susurro.

Tomas asiente.

—Más del que imaginas.

—Pensé que nunca volvería.

—Nosotros también.

Nadie interrumpe. Todos comprendemos que aquella conversación no está dirigida a nosotros, sino a ellos dos: hombres separados por medio siglo de silencio y reunidos de nuevo en un lugar que parecía existir solo en los recuerdos.

Empezamos a descender hacia el valle.

A medida que nos acercamos, los habitantes comienzan a darse cuenta de nuestra presencia. Las conversaciones se apagan poco a poco, las herramientas dejan de moverse y algunos niños señalan en nuestra dirección antes de correr hacia los adultos.

No percibo hostilidad en sus rostros, pero sí una cautela perfectamente comprensible. Para ellos somos desconocidos surgidos de una selva que durante generaciones los ha mantenido ocultos y protegidos del resto del mundo.

Mateus parece tan nervioso como cualquiera de nosotros.

—Nunca había visto nada parecido.

—Nadie lo ha visto —responde Finch.

—Ese es precisamente el problema.

La frase provoca un silencio incómodo, porque todos sabemos que tiene razón.

Cuando llegamos a las primeras construcciones, los habitantes nos observan con una mezcla de curiosidad y desconfianza.

Algunos son claramente descendientes indígenas.

Otros muestran rasgos que recuerdan antiguos mestizajes.

Sin embargo, todos parecen formar parte de una misma comunidad que ha vivido aislada durante generaciones.

Una anciana se detiene al ver a João. Lo observa durante varios segundos y después lleva una mano al pecho.

El anciano parece incapaz de reaccionar.

—¿La conoces? —pregunta Miguel.

João tarda un momento en responder.

—Era una niña.

Nadie sabe qué decir después de eso.

La mujer sonríe y, durante un instante, parece que los cincuenta años transcurridos entre ambos desaparecen por completo.

Nos conducen hacia el centro del asentamiento. No parece una plaza en el sentido tradicional, sino un amplio espacio abierto rodeado por varias construcciones de mayor tamaño.

Allí nos esperan varios ancianos, hombres y mujeres que nos observan con atención mientras Tomas intercambia unas palabras con ellos en una lengua que ninguno de nosotros comprende. La conversación dura varios minutos.

Finalmente, una mujer de cabello completamente blanco se pone en pie.

Su mirada recorre al grupo con calma, deteniéndose en Kane, Reed, Finch, Blackwood, Pembroke, Miguel y João antes de fijarse por último en Eleanor.

La anciana permanece inmóvil unos segundos, como si acabara de reconocer algo... o a alguien.

Eleanor parece percibirlo también.

La mujer avanza despacio y el silencio se extiende por todo el lugar. Cuando llega frente a ella, extiende una mano y toca el colgante que Eleanor lleva al cuello.

El colgante de Arthur.

La reacción es inmediata. Varios ancianos intercambian miradas y algunos murmuran entre ellos.

La mujer habla durante unos segundos.

Tomas escucha atentamente antes de traducir.

—Dice que te pareces a él.

Eleanor tarda unos instantes en reaccionar.

—¿A Arthur?

Tomas asiente.

La anciana continúa hablando, esta vez durante más tiempo, y cuanto más la escucha, más sorprendido parece Tomas.

Cuando finalmente termina, todos aguardamos la traducción.

—Dice que Arthur hablaba de ti.

El silencio que sigue es absoluto.

Eleanor se queda inmóvil.

Yo también.

Ninguno esperaba aquello.

Arthur desapareció hace décadas y, aun así, había hablado de una hija que entonces todavía era una niña... o quizá ni siquiera había nacido.

La anciana vuelve a hablar con una voz suave, casi afectuosa.

Cuando termina, Tomas tarda varios segundos en traducir.

—Dice que siempre quiso volver.

Algo cambia en la expresión de Eleanor, y lo veo claramente. Durante toda la expedición ha intentado comprender quién era realmente Arthur, y acaba de descubrir algo que no aparece en ningún diario, ningún mapa ni ninguna carta.

Arthur intentó regresar.

La anciana se vuelve entonces hacia el resto del consejo. Hablan entre ellos durante varios minutos y la conversación parece tener una importancia evidente.

Finalmente, Tomas vuelve a acercarse.

—El consejo quiere hablar con vosotros.

—¿Sobre qué? —pregunta Blackwood.

—Sobre Arthur.

—Eso es un buen comienzo.

—Y sobre la verdad.

Nadie responde. Todos sabemos que hemos llegado demasiado lejos para dar media vuelta ahora.

Tomas observa al grupo y después dirige la vista hacia el edificio más grande del asentamiento.

—Hay cosas que debéis conocer antes de tomar cualquier decisión.

La frase provoca un escalofrío colectivo. Empieza a sonar peligrosamente parecida a una advertencia, y las advertencias relacionadas con Arukana nunca han sido simples.

Mientras seguimos a Tomas hacia el edificio del consejo, tengo la sensación de que estamos a punto de escuchar la historia que Arthur pasó toda su vida intentando proteger. Y sospecho que nada de lo que descubramos volverá a permitirnos mirar este lugar de la misma forma.