ARUKANA: La Ciudad Perdida Capítulo 57
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Capítulo 57

Eleanor

Nadie aparta la vista de la columna de humo.

Se eleva lentamente sobre las copas de los árboles, tan real que resulta imposible atribuirla a una ilusión o a un simple error de interpretación.

Durante meses hemos seguido diarios incompletos, mapas alterados y testimonios contradictorios. Hemos cruzado océanos, remontado ríos y atravesado selvas persiguiendo una ciudad que muchos consideraban una fantasía.

Ahora tengo la sensación de que estamos a punto de descubrir algo mucho más difícil de explicar.

Las ruinas no encienden hogueras.

Las personas sí.

Blackwood es el primero en romper el silencio.

—Tenemos que seguir.

—Qué inesperado —murmura Reed.

—No hemos llegado hasta aquí para detenernos delante de una columna de humo.

—Por una vez estoy de acuerdo con él —dice Pembroke.

Miguel resopla.

—Eso sí que da miedo.

Las sonrisas son escasas y breves. La tensión sigue creciendo entre nosotros.

Reanudamos la marcha. La vegetación se vuelve menos salvaje a medida que avanzamos. No desaparece, pero adopta un aspecto distinto.

Empiezo a notar detalles que antes habrían pasado desapercibidos: un árbol podado, un sendero apenas visible y una acumulación de piedras colocadas deliberadamente.

Son señales discretas, pero inequívocamente humanas.

Kane se detiene junto a una estructura camuflada entre la vegetación y levanta una mano para que nos acerquemos.

A primera vista parece parte del paisaje. Sin embargo, cuando la observo con atención, empiezo a distinguir sus elementos: madera, cuerdas, apoyos y una plataforma elevada.

—Puesto de observación.

La voz de Kane suena completamente segura.

Finch levanta la vista.

—Está perfectamente escondido.

—Esa es la idea.

El antiguo militar recorre la estructura con la mirada.

—Desde ahí pueden ver el sendero.

—¿Desde hace cuánto tiempo? —pregunta Reed.

João observa la plataforma antes de responder.

—Mucho.

—¿Nos han estado observando desde el principio?

El anciano tarda unos segundos en contestar.

—Sí.

La respuesta provoca un silencio incómodo.

Todos llegamos a la misma conclusión al mismo tiempo: los guardianes no empezaron a vigilarnos cuando encontramos Arukana. Lo hacían mucho antes, quizá desde que entramos en su territorio. Tal vez incluso desde el primer día.

La columna de humo parece cada vez más cercana, y también las evidencias de presencia humana.

Empiezan a aparecer senderos mejor definidos, pequeños puentes de madera sobre zonas embarradas y marcas talladas en algunos troncos.

No reconozco los símbolos, pero estoy segura de que tienen un significado.

Nada de aquello parece improvisado. Todo transmite organización, permanencia y una historia mucho más larga de lo que habíamos imaginado.

Alistair camina a mi lado mientras observa el entorno.

—¿Qué piensas?

—Que Arthur sabía exactamente adónde conducía esta ruta.

—Yo también.

—Y que dejó suficientes pistas para que llegáramos.

—También.

Lo miro.

—Pero seguía intentando detenernos.

Alistair guarda silencio unos instantes.

—Quizá quería que llegara la persona adecuada.

—¿Y quién sería esa persona?

Una leve sonrisa aparece en sus labios.

—Supongo que esa es la pregunta.

No respondo, porque una parte de mí teme conocer la respuesta.

El sonido llega antes que la visión.

Al principio apenas lo percibo, pero poco a poco se vuelve más claro. Una voz. Luego otra.

Me detengo y el resto hace lo mismo.

Nadie habla. Todos escuchamos.

Son voces humanas, lejanas pero inconfundibles.

Miguel gira lentamente la cabeza.

—Decidme que no soy el único que ha oído eso.

—No lo eres.

—Perfecto.

—No parece que estés tranquilo.

—Porque no lo estoy.

Finch observa la vegetación que tenemos delante.

—¿Cuántas personas creéis que viven aquí?

—No lo sé.

—Yo tampoco.

—Y eso es precisamente lo que me preocupa.

El sendero gira alrededor de una formación rocosa.

Entonces aparece Tomas.

Lo hace como siempre: sin previo aviso, sin ruido y sin que nadie consiga verlo acercarse.

Kane deja escapar una maldición por lo bajo.

Tomas parece ignorarlo. Su atención se centra primero en el grupo, después en João y finalmente en mí.

—Habéis llegado lejos.

—Eso parece —dice Blackwood.

—Más lejos de lo que Arthur deseaba.

La frase basta para que todos guardemos silencio.

—¿Por qué? —pregunto.

Tomas me observa durante unos segundos.

—Porque conocía las consecuencias.

—¿De qué?

—De encontrar la verdad.

No parece dispuesto a explicar más.

Alistair da un paso adelante.

—¿Vas a impedirnos continuar?

—No.

—Entonces ¿por qué estás aquí?

Tomas dirige la vista hacia el valle oculto más allá de los árboles.

—Porque todavía podéis marcharos.

Blackwood resopla.

—No pienso hacerlo.

—Lo sé.

—Entonces deja de repetirlo.

Tomas lo observa con una tranquilidad casi irritante.

—No lo digo por ti.

La respuesta provoca una sonrisa involuntaria en Miguel.

Blackwood no parece apreciarla.

Tomas se aparta finalmente del sendero y nadie comenta nada mientras retomamos la marcha.

La tensión aumenta con cada paso y tengo la sensación de estar acercándome al final de una historia que comenzó mucho antes de que yo naciera: la historia de Arthur, la de Arukana y la que João ha protegido durante medio siglo.

El sendero desciende unos metros más. Después los árboles empiezan a abrirse, primero poco a poco y luego de golpe.

Y entonces lo veo.

No es una ruina, ni un templo, ni una ciudad abandonada.

Son casas.

Una, luego otra y después muchas más.

Veo chimeneas, huertos y senderos que conectan las construcciones. Hay personas moviéndose entre ellas, niños corriendo, ancianos conversando bajo la sombra de los árboles, hombres trabajando la madera y mujeres transportando cestas.

Es vida.

Vida auténtica.

Una comunidad que el resto del mundo cree desaparecida desde hace generaciones.

A mi alrededor nadie habla.

Ni Blackwood. Ni Pembroke. Ni siquiera Miguel.

Todos permanecemos inmóviles observando el valle.

Acabamos de comprender la verdad.

Arthur no encontró una ciudad perdida.

Encontró un pueblo que seguía vivo y decidió protegerlo del mundo.