ARUKANA: La Ciudad Perdida Capítulo 56
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Capítulo 56

Alistair

Nadie duerme especialmente bien aquella noche.

No hace falta preguntar para saberlo. Basta con observar las caras durante el desayuno improvisado de la mañana siguiente.

Reed parece haber descansado poco, Finch lleva varios minutos removiendo una taza ya vacía e incluso Blackwood está más callado de lo habitual, algo tan inquietante como poco frecuente.

La revelación del mapa ha cambiado el ambiente del grupo. Hasta ahora perseguíamos respuestas; ahora tenemos la sensación de que son ellas las que nos esperan al final del camino.

João es el último en aparecer. Llega caminando despacio desde una de las construcciones donde los habitantes de Arukana nos han alojado, y Miguel se incorpora en cuanto lo ve.

—¿Has descansado algo?

—Lo suficiente.

—Eso significa que no.

—Eso significa que estoy viejo.

—Llevas diciendo eso veinte años.

Una sombra de sonrisa cruza el rostro de João antes de desvanecerse. Su atención termina posándose sobre el mapa desplegado en la mesa, y con ello desaparece cualquier posibilidad de ligereza.

Una hora más tarde volvemos a reunirnos alrededor de la misma mesa.

Blackwood sostiene el documento como si temiera que alguien fuera a arrebatárselo.

—La ruta empieza aquí.

Señala el extremo norte de Arukana.

—Después atraviesa esta zona.

—Que no aparece en ninguno de los mapas que hemos encontrado —añade Reed.

—Exacto.

—¿Y luego?

Blackwood sigue con el dedo la línea marcada por Arthur.

—Luego desaparece.

—Eso es muy útil.

—No la hizo para ayudarte a ti, Miguel.

—Menos mal. Empezaba a sentirme ofendido.

Las sonrisas son escasas. La tensión continúa instalada entre nosotros.

João observa el mapa sin tocarlo, como si el simple contacto pudiera despertar recuerdos que preferiría mantener enterrados.

—¿Reconoces el recorrido? —pregunto.

Tarda unos segundos en responder.

—Sí.

La respuesta provoca un silencio inmediato.

—¿Has estado allí?

El anciano asiente despacio.

—Hace mucho tiempo.

—¿Con Arthur?

—Sí.

Nadie añade nada durante unos instantes. Es la primera vez que João admite algo tan importante de forma tan directa.

—¿Qué hay al final? —pregunta Pembroke.

João baja la vista hacia la mesa.

—No lo sé.

Blackwood resopla con incredulidad.

—Eso es imposible.

—¿Por qué?

—Porque acabas de decir que estuviste allí.

—Dije que recorrí el camino. No es lo mismo.

La respuesta deja a Blackwood sin argumentos, algo que ocurre con muy poca frecuencia.

Abandonamos Arukana poco después.

Tomas aparece mientras nos preparamos para partir. Surge entre las construcciones del mismo modo en que parece hacerlo siempre: sin ruido, sin avisos y sin que nadie consiga verlo llegar.

Ni siquiera Kane.

Aquello sigue molestando enormemente al antiguo militar.

—Empiezo a pensar que lo hace a propósito.

—Lo hago.

La respuesta de Tomas provoca una expresión de derrota absoluta en Kane. Miguel estalla en una carcajada y hasta Reed deja escapar una sonrisa.

Tomas nos observa unos segundos antes de dirigir la vista hacia João. Ambos intercambian una mirada larga y silenciosa, una conversación completa que ninguno de nosotros alcanza a comprender.

Finalmente, Tomas habla.

—Todavía podéis regresar.

Blackwood ni siquiera finge considerar la propuesta.

—No.

—Lo imaginaba.

—Entonces ahórrate el discurso.

Tomas no parece ofendido ni sorprendido. Simplemente se vuelve hacia mí.

—Arthur esperaba que llegarais hasta aquí.

—¿Y después?

—Después ya no estaba seguro de querer que continuarais.

Las palabras quedan suspendidas en el aire. Nadie sabe qué responder porque todos pensamos exactamente lo mismo: Arthur dejó el mapa, las pistas y la ruta, pero aun así parecía temer que alcanzáramos el final del recorrido.

El sendero abandona las ruinas y se interna en una zona de vegetación mucho más densa.

Kane avanza en cabeza mientras el porteador Mateus camina detrás de él cargando parte del equipo. Finch y Reed discuten sobre plantas venenosas, y Miguel intenta convencer a Blackwood de que deje de caminar mientras lee documentos, aunque sin éxito.

Yo permanezco cerca de Eleanor. No porque sea necesario, sino porque a estas alturas ambos hemos dejado de fingir que se trata de una coincidencia.

—¿En qué piensas?

Ella aparta la vista de la vegetación.

—En Arthur.

—Eso no reduce demasiado las posibilidades.

—Justamente.

Continúa caminando unos segundos antes de añadir:

—Empiezo a creer que pasó años intentando advertirnos.

—Y también guiándonos.

—Sí.

—Es una combinación extraña.

—Mi padre era una combinación extraña.

No puedo discutir eso. Cada nueva revelación parece confirmar exactamente la misma idea.

Llevamos varias horas avanzando cuando Kane levanta una mano.

Todo el grupo se detiene de inmediato y el silencio se extiende entre nosotros.

—¿Qué ocurre?

Kane señala el suelo.

Me acerco y, al principio, no veo nada. Después distingo una huella humana marcada sobre la tierra húmeda. Parece reciente. Muy reciente.

Reed se agacha junto a ella.

—No es nuestra.

—Eso ya lo había deducido.

—Intentaba ser útil.

—Lo agradezco.

Kane examina el terreno durante unos segundos más. Encuentra otra marca y luego una tercera.

No se trata de una sola persona.

Son varias.

Miguel intercambia una mirada con su padre.

—Nos están observando.

—Sí.

La respuesta de João llega casi en un susurro, como si hubiera estado esperando ese momento desde hacía mucho tiempo.

Seguimos avanzando mientras las señales se vuelven cada vez más evidentes.

Encontramos ramas cortadas, senderos ocultos y restos de actividad reciente. Nada parece antiguo ni abandonado; todo transmite la sensación de que alguien ha pasado por allí hace muy poco.

Finch descubre una pequeña zona cultivada entre la vegetación. No es grande ni especialmente visible, pero basta para confirmar nuestras sospechas.

—Esto no es casual.

—No —responde João.

—Entonces alguien vive cerca.

El anciano guarda silencio.

Y esa ausencia de respuesta resulta más reveladora que cualquier explicación.

El sol empieza a descender cuando alcanzamos una elevación rocosa.

Kane es el primero en detenerse. Después lo hacen Reed y Hale. Yo avanzo unos pasos más y entonces lo veo.

A lo lejos, más allá de la línea de árboles, una columna de humo asciende lentamente hacia el cielo.

No parece un incendio ni un accidente. Tiene el aspecto inconfundible de una señal de vida.

A mi lado, Eleanor contiene el aliento. Blackwood permanece inmóvil e incluso Pembroke parece incapaz de encontrar algo que criticar.

Durante varios segundos nadie dice una palabra, porque todos comprendemos lo mismo al mismo tiempo.

No estamos siguiendo las huellas de una civilización desaparecida. Estamos siguiendo el rastro de personas que todavía viven aquí, personas que Arthur decidió proteger.

Y por primera vez desde que comenzó esta expedición, empiezo a sospechar que la respuesta que llevamos meses buscando es mucho más grande de lo que cualquiera de nosotros imaginó.