ARUKANA: La Ciudad Perdida Capítulo 55
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Capítulo 55

Eleanor

Nadie habla durante varios segundos después de leer la última línea de la nota de Briggs.

El silencio se instala en la sala como una presencia incómoda mientras todos intentamos asimilar la misma idea.

Arthur no ocultaba una ciudad.

Ocultaba una persona.

Blackwood es el primero en reaccionar, algo que no me sorprende en absoluto. Si existe una posibilidad de encontrar una respuesta, es incapaz de dejarla escapar.

Toma la hoja y vuelve a leerla. Luego una segunda vez. Y después una tercera.

—Tiene que haber más.

—Esa frase empieza a ser preocupante —murmura Miguel.

—Porque normalmente significa que vamos a meternos en problemas.

—Más problemas —corrige Finch.

—Buen punto.

Nadie sonríe, ni siquiera Miguel. La tensión que llena la sala es demasiado intensa para eso.

João permanece sentado frente a la mesa con los ojos clavados en las notas de Arthur. Lleva varios minutos sin intervenir, y eso empieza a inquietarme. Durante toda la expedición siempre ha tenido algo que aportar: un consejo, una advertencia o alguna historia relacionada con el pasado.

Ahora parece un hombre atrapado entre recuerdos que preferiría no revivir.

—João.

Levanta la cabeza lentamente.

—¿Sí?

—¿Sabías algo de esto?

El anciano observa la nota, luego me mira a mí y finalmente recorre con la vista al resto del grupo.

—No.

La respuesta llega demasiado rápido, aunque también parece sincera.

—No sabía lo que escribió Briggs.

—No es lo que he preguntado.

Se produce una breve pausa.

Alistair sigue apoyado contra la pared. Conozco bien esa expresión: está observando y esperando, dejando que los demás hablen más de lo que tenían previsto.

—Sabía que Arthur ocultaba cosas.

—Eso ya lo sabemos —dice Blackwood.

—No tanto como crees.

La respuesta consigue algo poco habitual: que el cartógrafo se quede callado.

João se inclina hacia delante.

—Arthur cambió después de aquella expedición.

—¿Cómo?

—Antes quería descubrir cosas. Después quiso protegerlas.

La frase queda suspendida entre nosotros.

A simple vista no parece una diferencia enorme, pero lo cambia todo. Modifica por completo la imagen que siempre he tenido de mi padre.

Durante años todo el mundo ha hablado de Arthur Whitmore como un explorador obsesionado con encontrar Arukana. Ahora empiezo a sospechar que pasó el resto de su vida intentando impedir que alguien más la encontrara.

Blackwood comienza a revisar los documentos dispersos sobre la mesa. Va pasando mapas, cartas, notas y anotaciones con rapidez, hasta que de pronto se detiene.

—Esperad.

Todos levantamos la vista.

—¿Qué ocurre?

No responde de inmediato. Se limita a revisar varias páginas más mientras su expresión cambia gradualmente: primero curiosidad, luego confusión y finalmente algo cercano al desconcierto.

—Esto no encaja.

—Sé más específico —dice Reed.

—La nota de Briggs.

—¿Qué pasa con ella?

Blackwood coloca varias hojas sobre la mesa.

—Dice que Arthur ocultaba una persona.

—Eso pone ahí.

—Sí, pero Arthur nunca habla de una persona.

Nos acercamos para mirar.

Empiezo a leer y enseguida entiendo lo que ha encontrado. La misma expresión aparece repetida una y otra vez.

Los que permanecieron.

Los que permanecieron.

Los que permanecieron.

Finch frunce el ceño.

—Está en plural.

—Exacto.

Blackwood señala otra página.

—Aquí también.

Miguel se inclina sobre la mesa.

—Los supervivientes.

Reed toma otra nota.

—Y aquí pone los herederos.

El silencio vuelve a extenderse por la habitación mientras todos llegamos a la misma conclusión.

—No habla de una persona —murmuro.

Blackwood niega lentamente.

—Habla de varias.

João cierra los ojos, como si aquella conclusión hubiera despertado algo que llevaba décadas intentando mantener enterrado.

Durante la siguiente hora revisamos todo el material.

No encontramos ningún nombre ni ninguna descripción concreta. Tampoco aparece nada que permita identificar a una sola persona. Todo está escrito en plural: los supervivientes, los herederos, los que permanecieron.

Miguel termina dejándose caer sobre una silla.

—Empiezo a odiar a Arthur.

—Ponte a la cola —resoplo.

—Lo digo en serio.

—Yo también.

Miguel me observa durante unos segundos, intentando decidir si estoy bromeando. Al final comprende que no.

—Vale.

—Vale.

Una sonrisa fugaz cruza su rostro antes de desaparecer. La realidad de lo que acabamos de descubrir vuelve a imponerse demasiado rápido.

Entonces João rompe el silencio.

—Arthur nunca utilizaba palabras al azar.

Todos nos volvemos hacia él.

—¿Qué quieres decir?

—Si escribió eso tantas veces es porque era importante.

—Eso es evidente —dice Pembroke.

—No para ti.

La respuesta sorprende a todos, especialmente a Pembroke. João rara vez pierde la paciencia.

—Lleváis semanas buscando una ciudad.

Su mirada recorre lentamente al grupo.

—Arthur llevaba años intentando que entendierais que la ciudad nunca fue lo importante.

Nadie replica.

Porque, en el fondo, todos empezamos a sospechar que tiene razón.

Al caer la tarde encontramos una última anotación.

Es pequeña y está escondida en una esquina de un mapa, tan discreta que casi pasa desapercibida.

Es Alistair quien la descubre.

—Eleanor.

Levanto la vista.

Me señala una marca y me acerco.

La letra es de Arthur. Estoy completamente segura.

—¿Qué pone?

Leo varias veces porque al principio creo haber entendido mal.

Pero no.

Las palabras son claras.

—Más allá de Arukana.

La habitación queda en silencio.

Alistair toma el mapa.

—¿Hay algo más?

Asiento mientras noto cómo se acelera mi pulso.

—Una ruta.

Blackwood se acerca de inmediato.

—¿Una ruta hacia dónde?

Lo miro y después vuelvo a fijarme en el mapa. Por primera vez desde que encontramos la ciudad tengo la sensación de que estamos a punto de cruzar una frontera completamente distinta.

—No lo sé.

Paso un dedo sobre la línea dibujada por Arthur.

—Pero no conduce al interior de Arukana.

La expresión de João cambia de forma evidente. Todos lo notamos.

De repente parece mucho más viejo, más cansado y profundamente preocupado. Y eso resulta más inquietante que cualquier cosa que hayamos descubierto hasta ahora.

—João.

La voz de Alistair suena tranquila y controlada.

—¿Qué hay al final de esta ruta?

El anciano observa el mapa durante largos segundos antes de levantar la vista.

Por primera vez desde que lo conozco parece verdaderamente asustado.

—Un lugar al que Arthur nunca quiso que llegarais.