ARUKANA: La Ciudad Perdida Capítulo 54
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Capítulo 54

Alistair

Durante unos segundos nadie se movió. Todos observábamos la pared señalada por Briggs como si esperáramos que revelara su secreto por voluntad propia.

La cámara permanecía en silencio. A nuestro alrededor, las estanterías de piedra cargadas de registros antiguos parecían extenderse hasta la oscuridad, recordándonos que apenas habíamos empezado a comprender aquel lugar.

Blackwood fue el primero en reaccionar, como era de esperar. Se acercó a la pared con una emoción tan evidente que resultaba difícil saber si estaba investigando un misterio o celebrando la mañana de Navidad.

—Ayudadme con esto.

—Eso siempre termina mal —comentó Reed.

—Y, sin embargo, aquí estamos —replicó Blackwood.

Kane se colocó junto a él, seguido por Finch. Yo terminé uniéndome también.

La pared no mostraba ninguna abertura visible. No había cerraduras, símbolos ni mecanismos evidentes. A simple vista parecía idéntica al resto de la cámara. Sin embargo, Briggs la había marcado, y Briggs había llegado más lejos que ninguno de nosotros.

Durante varios minutos examinamos cada centímetro hasta que João encontró la diferencia.

—Aquí.

Todos nos giramos hacia él. El viejo guía señalaba una pequeña hendidura casi invisible cerca del suelo. No parecía importante, precisamente por eso llamó nuestra atención.

Blackwood se arrodilló de inmediato.

—No puede ser.

—¿Qué ocurre? —preguntó Hale.

El arqueólogo pasó los dedos por la piedra y sonrió.

—No es una pared.

—Empiezo a cansarme de oír eso —murmuró Finch.

Blackwood ignoró el comentario. Presionó la hendidura una vez. No ocurrió nada. Lo intentó de nuevo y luego una tercera vez. Entonces se escuchó un sonido seco procedente del interior de la estructura.

Todos retrocedimos instintivamente.

La piedra vibró ligeramente y una sección rectangular comenzó a desplazarse hacia un lado. El silencio se hizo más profundo cuando descubrimos lo que ocultaba.

No era una sala, ni un pasadizo, ni un tesoro.

Era un pequeño escondite cuidadosamente oculto y, a diferencia de todo lo demás en Arukana, completamente moderno.

—Dios mío —susurró Hale.

Dentro había una mochila de expedición que llevaba décadas allí.

João palideció.

—La recuerdo.

Nadie necesitó preguntar de quién era. Todos lo sabíamos.

Arthur.

Durante unos instantes nadie tocó nada. El peso emocional del hallazgo parecía llenar la estancia. Finalmente, Eleanor avanzó con movimientos lentos y cuidadosos, como si cualquier gesto brusco pudiera destruir algo irreemplazable.

Abrió la mochila.

Dentro encontró cuadernos, mapas, instrumentos y una carpeta de cuero protegida por varias capas de tela encerada.

Blackwood parecía a punto de sufrir un colapso de felicidad académica.

—¿Puedo? —preguntó.

—No —respondió Eleanor sin vacilar.

La respuesta fue tan inmediata como comprensible.

Blackwood adoptó una expresión ofendida.

—Solo preguntaba.

—Y yo he respondido.

Miguel soltó una carcajada. Incluso yo tuve que apartar la mirada para ocultar una sonrisa.

Eleanor abrió la carpeta y su expresión cambió casi al instante.

—¿Qué pasa? —pregunté.

No respondió enseguida. Leyó varias líneas, volvió atrás y revisó otra página antes de levantar la vista.

—Arthur estaba investigando a alguien.

El grupo entero quedó inmóvil.

—¿A quién? —preguntó Reed.

Eleanor tragó saliva.

—No lo sé. No aparece ningún nombre, pero esto no son notas sobre Arukana.

Tomé una de las hojas y comprobé que tenía razón. No eran estudios arqueológicos, sino observaciones detalladas: fechas, movimientos y comportamientos. Parecía el registro de alguien que llevaba tiempo vigilando a una persona.

—Esto es imposible —murmuró Hale.

—No —dijo João.

La gravedad de su voz hizo que todos nos giráramos hacia él.

—No lo es.

El viejo guía parecía estar viendo un fantasma.

—Las últimas semanas antes de desaparecer apenas dormía. Pensaba que alguien le estaba ocultando cosas.

—¿Quién? —preguntó Finch.

João negó lentamente con la cabeza.

—Nunca me lo dijo.

Blackwood siguió revisando las páginas. Su entusiasmo inicial había desaparecido y ahora parecía genuinamente preocupado.

—Aquí hay algo más.

Señaló una hoja doblada.

No pertenecía a Arthur. La letra era distinta y mucho más reciente.

Briggs.

El silencio regresó de inmediato porque aquello solo podía significar una cosa: Briggs también había encontrado el escondite y había dejado algo allí.

Blackwood desplegó la hoja mientras todos nos inclinábamos hacia delante.

La nota contenía apenas unas líneas, pero bastaron para cambiar el ambiente de la sala.

"Arthur tenía razón."

Nada más leer aquello sentí cómo aumentaba la tensión.

Blackwood continuó.

"Si alguien encuentra esto después de mí, ya será demasiado tarde."

Nadie habló. Llevábamos días escuchando la misma advertencia una y otra vez. Arthur. Los guardianes. Tomas. Y ahora Briggs.

Demasiadas personas repitiendo el mismo mensaje.

Demasiadas personas asustadas por la misma verdad.

Blackwood siguió leyendo.

La última línea estaba escrita con trazos apresurados, como si Briggs hubiera tenido prisa o temiera que alguien pudiera aparecer en cualquier momento.

Cuando terminó de leerla, un escalofrío me recorrió la espalda.

—¿Qué dice? —preguntó Miguel.

Blackwood levantó la vista lentamente.

—Dice...

Miró a Eleanor, después a João y finalmente al resto del grupo.

—"Arthur no ocultaba una ciudad."

El silencio fue absoluto.

—¿Entonces qué ocultaba? —preguntó Hale.

Blackwood volvió a mirar la página. Su voz apenas superó un susurro cuando leyó la última frase.

—"Ocultaba una persona."