ARUKANA: La Ciudad Perdida Capítulo 53
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Capítulo 53

Eleanor

Durante varios segundos nadie dijo una palabra.

La frase seguía allí, escrita con la letra apresurada de Briggs sobre el papel envejecido.

"Si me ocurre algo, no busquéis entre los guardianes."

Blackwood fue el primero en reaccionar. Tomó la página con ambas manos y volvió a leerla como si esperara encontrar palabras nuevas.

—Tiene que haber más.

—Sigue leyendo —dijo Finch—. Por una vez estoy completamente de acuerdo contigo.

Blackwood pasó a la siguiente hoja mientras el resto nos acercábamos a la mesa de piedra.

La cámara permanecía en silencio. Aquel lugar parecía absorber cualquier sonido, y hasta las conversaciones llegaban amortiguadas, como si las paredes estuvieran escuchando.

Briggs había escrito deprisa. Algunas líneas resultaban difíciles de descifrar, aunque otras se entendían perfectamente.

Blackwood comenzó a leer.

—"Los guardianes saben cosas. Ocultan cosas. Pero no son ellos."

Pasó otra página.

—"He observado sus movimientos durante semanas."

Y una más.

—"El problema empezó antes de llegar a Arukana."

Miguel frunció el ceño.

—Eso no tiene sentido.

—Claro que lo tiene —respondió Kane—. Si sospechaba de alguien de la expedición.

El antiguo militar intercambió una mirada con Alistair. Ninguno parecía cómodo con aquella posibilidad, y era fácil entender por qué.

Llevábamos semanas conviviendo. Habíamos compartido campamentos, comida, peligros y secretos. Pensar que Briggs podía haber sido asesinado por alguien cercano resultaba mucho más inquietante que imaginar a cualquier guardián oculto entre las ruinas.

Blackwood siguió avanzando entre las notas.

Cada nueva página parecía complicar más las cosas.

—"Arthur no ocultó la verdad completa."

Levantó la cabeza.

—Eso es nuevo.

João permaneció inmóvil.

—Continúa.

Blackwood obedeció.

—"Arthur ocultó una parte. Otra parte fue ocultada por alguien más."

Un silencio incómodo se extendió por el grupo.

—¿Alguien más? —preguntó Hale.

—Eso pone.

Blackwood volvió a examinar las páginas.

—Y aquí se vuelve más extraño.

—¿Más extraño? —preguntó Reed—. No pensaba que fuera posible.

El arqueólogo ignoró el comentario.

—Briggs escribe varias veces el mismo nombre.

Sentí un vuelco en el estómago. João también se tensó.

—¿Qué nombre? —pregunté.

Blackwood tardó unos segundos en responder.

—Arthur.

Fruncí el ceño.

—Eso ya lo sabemos.

—No exactamente.

Me mostró la página.

El nombre de Arthur aparecía repetido una y otra vez. Algunas veces acompañado de preguntas, otras de fechas. Entre todas ellas destacaba una frase que me provocó un escalofrío.

"¿Y si Arthur nunca estuvo solo?"

Nadie comentó nada porque todos comprendimos enseguida lo que implicaba.

Durante años habíamos asumido que Arthur había llegado allí con João, que había descubierto Arukana, cometido errores y desaparecido. Sin embargo, jamás nos habíamos planteado una pregunta mucho más sencilla.

¿Quién más estuvo con él?

Miguel fue el primero en verbalizarla.

—Creía que la expedición original era pequeña.

—Lo era —respondió João.

—Entonces ¿de quién habla?

João guardó silencio, y aquella falta de respuesta resultó más reveladora que cualquier explicación.

Alistair terminó formulando la pregunta que todos teníamos en mente.

—¿Nos estás diciendo que Arthur ocultó a alguien?

João tardó varios segundos en responder. Cuando finalmente habló, parecía más cansado que nunca.

—No lo sé.

—Eso no ha sonado convincente —dijo Finch.

—Porque no lo es —admitió João.

El grupo entero quedó inmóvil. João rara vez reconocía algo así.

—Hay cosas que Arthur nunca me contó —continuó—. Y cada vez estoy más convencido de que esas cosas son exactamente las que nos faltan para entender lo que ocurrió aquí.

Blackwood volvió a las páginas.

—Hay más.

Todos nos acercamos de nuevo. Esta vez leyó con mayor atención.

—"Si desaparezco, buscad en la cámara. Si encuentro pruebas, las dejaré donde nadie espere encontrarlas."

—¿Dónde? —preguntó Hale.

—No lo dice.

—Pues es una información bastante poco útil —murmuró Reed.

Blackwood siguió leyendo.

La expresión de su rostro fue cambiando gradualmente: primero mostró curiosidad, luego sorpresa y, finalmente, una preocupación evidente.

—¿Qué pasa ahora? —preguntó Miguel.

Blackwood levantó la vista.

—Creo que Briggs sabía que alguien lo estaba observando.

La frase recorrió la cámara como una corriente helada.

—¿Cómo puedes saberlo? —pregunté.

El arqueólogo señaló una línea concreta.

—Porque escribió esto.

Y leyó en voz alta:

—"Ha empezado a seguirme. Ya no puedo trabajar solo. Si me ocurre algo, no será un accidente."

No hizo falta que nadie comentara nada.

Briggs había sido asesinado y, según aquellas notas, había previsto exactamente lo que podía ocurrirle. La cuestión ya no era si alguien había acabado con él, sino quién lo había hecho.

Durante varios minutos seguimos revisando los documentos. Había dibujos, mapas y referencias a distintas zonas de Arukana, hasta que Blackwood encontró algo diferente.

Era un croquis sencillo, trazado con rapidez.

—¿Qué es eso? —preguntó Hale.

Blackwood estudió el dibujo, observó la cámara y volvió a mirar el papel.

—Creo que es esta sala.

Todos dirigimos la vista a nuestro alrededor.

—¿Y qué señala? —preguntó Alistair.

Blackwood acercó la página a la luz.

—Una pared.

—Hay muchas paredes.

—Lo sé.

—Entonces estás siendo poco específico.

Blackwood ignoró a Miguel y comenzó a recorrer la estancia comparando el dibujo con la arquitectura real. Nosotros lo seguimos.

Pasaron varios minutos antes de que se detuviera frente a una sección aparentemente normal.

Nada destacaba a simple vista. La piedra tenía el mismo aspecto que el resto de la cámara y no mostraba ninguna marca especial. Aun así, Briggs había señalado exactamente aquel lugar.

—¿Seguro? —preguntó Reed.

—No —admitió Blackwood—, pero tampoco creo estar equivocado.

—Qué tranquilidad —murmuró Finch.

Kane examinó la piedra con atención. Golpeó varias veces con los nudillos y luego repitió el gesto unos centímetros más allá.

El sonido cambió ligeramente.

Fue una diferencia sutil, pero suficiente para que todos la percibiéramos.

Kane miró a Alistair.

—Hay un hueco detrás.

Mi corazón empezó a latir con más fuerza.

Blackwood parecía a punto de explotar de emoción. Miguel sonreía como un niño ante un regalo inesperado. Yo, en cambio, solo podía pensar en Briggs, en aquel hombre que había llegado hasta allí, había descubierto algo importante y murió antes de poder explicarlo.

Alistair se colocó junto a la pared y observó al resto del grupo.

—Muy bien.

Su mirada recorrió la estancia antes de añadir:

—Veamos qué era tan importante como para que alguien estuviera dispuesto a matar por ello.