ARUKANA: La Ciudad Perdida Capítulo 52
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Capítulo 52

Alistair

La puerta permaneció abierta apenas lo suficiente para recordarnos que llevaba décadas esperando aquel momento.

Nadie tuvo demasiadas ganas de cruzarla de inmediato. No después del derrumbe, de la sangre y, desde luego, de la carta.

Mientras Reed terminaba de limpiar la herida de mi costado, Blackwood recorría el borde de la abertura como un hombre que intenta contener el impulso de lanzarse a un precipicio lleno de respuestas.

—Si sigues inclinándote un poco más, acabarás dentro sin necesidad de caminar.

Blackwood ni siquiera se volvió.

—Si sigues interrumpiéndome, acabarás siendo el primer arqueólogo asesinado por un escocés.

—Qué específico.

—He tenido tiempo para pensarlo.

Miguel soltó una carcajada e incluso Finch sonrió. La tensión se alivió durante unos instantes, aunque la oscuridad que esperaba al otro lado de la puerta seguía allí, recordándonos que aún no habíamos descubierto nada.

Reed terminó el vendaje y me dio una palmada en el hombro.

—No te hagas el valiente.

—Nunca me hago el valiente.

—Acabas de lanzarte debajo de una piedra.

—Eso fue una decisión puntual.

—Ha sido una estupidez puntual.

—También.

Reed pareció satisfecho con aquella respuesta. Se alejó hacia el resto del grupo y me dejó sentado sobre una losa parcialmente cubierta de musgo.

No tardé ni medio minuto en notar que alguien se acercaba.

Eleanor, naturalmente.

Se sentó a mi lado sin pedir permiso, aunque tampoco necesitaba hacerlo.

Durante unos instantes ninguno habló. La ciudad parecía contener la respiración a nuestro alrededor; el viento movía lentamente las raíces que cubrían las estructuras cercanas y el aire frío que escapaba de la cámara abierta seguía extendiéndose por la plaza.

—No deberías haberte movido tan rápido —dijo finalmente.

—Y tú no deberías colocarte debajo de cosas que se caen.

—No me coloqué debajo.

—Las pruebas indican lo contrario.

Ella giró la cabeza para mirarme. Intentó parecer enfadada, pero no lo consiguió. Había demasiada preocupación detrás de aquella expresión.

—Podrías haberte hecho mucho daño.

—No ha ocurrido.

—Pero podría haber ocurrido.

—Eleanor.

Esperé a que me mirara.

—Estoy bien.

La respuesta no pareció convencerla. Y, por alguna razón, aquello me gustó mucho más de lo que debería.

Ella permaneció unos segundos observándome antes de suspirar.

—Te odio un poco.

—Eso sí me resulta familiar.

—No hablo en serio.

—Ya lo sé.

El silencio regresó, aunque no resultó incómodo. Últimamente casi ninguno lo era, y eso empezaba a convertirse en un problema. Uno agradable, pero problema al fin y al cabo.

La exploración comenzó una hora más tarde.

Kane insistió en revisar primero la estabilidad de la entrada. Reed apoyó la idea, Finch también, mientras que Blackwood protestó durante aproximadamente ocho minutos seguidos, lo que para él equivalía a mostrar una paciencia admirable.

Cuando finalmente obtuvimos permiso para entrar, la expedición avanzó unida. Nadie discutió aquella decisión. Después de lo ocurrido con Briggs, todos habíamos aprendido que separarse era una mala idea.

La cámara resultó mucho más grande de lo que esperábamos.

No parecía una tumba, ni un templo, ni una sala ceremonial. Era algo completamente distinto.

Filas de estanterías de piedra recorrían las paredes. Algunas se habían derrumbado, pero otras seguían intactas. Miles de tablillas, cilindros, placas grabadas y recipientes ocupaban el espacio.

La sensación era extraña, como entrar en una biblioteca construida para sobrevivir siglos.

—Dios mío... —murmuró Hale.

Blackwood ni siquiera respondió. Parecía incapaz de hacerlo y, por primera vez desde que lo conocía, comprendí perfectamente por qué.

João avanzó lentamente por la sala, mucho más despacio que el resto. Observaba cada rincón como si estuviera reconstruyendo recuerdos mientras caminaba.

—Arthur estuvo aquí —dijo finalmente—. No hay duda.

Eleanor se acercó.

—¿Cómo lo sabes?

João señaló una mesa de piedra situada al fondo.

Sobre ella descansaban varios objetos modernos: una lámpara oxidada, un cuaderno deteriorado, una cantimplora y una brújula.

Mi estómago se tensó de inmediato porque reconocí aquella brújula.

Y no era de Arthur.

—Briggs —susurró Hale.

Nadie la contradijo. Todos habíamos llegado a la misma conclusión. Aquellos objetos pertenecían a Briggs y demostraban que había estado allí.

Blackwood llegó primero y abrió cuidadosamente el cuaderno.

Las primeras páginas estaban dañadas, aunque otras seguían siendo legibles. El arqueólogo comenzó a leer en silencio y su expresión cambió poco a poco.

—¿Qué ocurre? —preguntó Finch.

Blackwood levantó la vista. Parecía sinceramente alterado.

—Creo que Briggs descubrió algo antes de morir.

—Eso ya lo sabíamos —respondió Reed.

—No. No entendéis.

Blackwood negó lentamente.

—Creo que descubrió quién estaba mintiendo.

Un silencio pesado recorrió la cámara.

Eleanor dio un paso adelante.

—¿Quién?

Blackwood volvió a mirar las páginas.

—No lo sé todavía. Hay varias hojas arrancadas, pero...

Se detuvo para releer una línea y luego otra.

—Briggs estaba convencido de que Arthur ocultó una parte de la verdad.

João cerró los ojos.

—Eso también lo sabía Arthur —murmuró.

Nadie respondió. Aquella frase abría demasiadas preguntas nuevas y cada respuesta parecía alejarnos más de la historia sencilla con la que habíamos comenzado: una ciudad perdida, un explorador desaparecido y una expedición en busca de respuestas.

Ahora era algo mucho más complejo.

Una historia de secretos, mentiras, promesas y personas que habían intentado proteger algo durante demasiado tiempo.

Mientras el resto examinaba el cuaderno de Briggs, me descubrí observando a Eleanor.

Estaba inclinada sobre una de las mesas, completamente concentrada. Una mecha de cabello le caía sobre la cara y tuvo que apartarla sin dejar de leer.

Era un gesto simple, casi insignificante, pero aun así consiguió distraerme durante varios segundos.

Miguel apareció a mi lado, como si hubiera estado esperando exactamente ese momento.

—Vaya.

No aparté la vista.

—Ni se te ocurra.

—No he dicho nada.

—Precisamente.

Miguel sonrió.

—Por curiosidad, ¿cuánto tiempo piensas seguir fingiendo que no ocurre nada?

Lo miré.

—No sé de qué hablas.

—Claro. Y Blackwood odia llamar la atención.

—Miguel.

—Solo digo que toda la expedición se ha dado cuenta.

—Eso no es cierto.

—Alistair, hasta Reed se ha dado cuenta.

Aquello consiguió preocuparme un poco.

—Eso sí es grave.

—Muchísimo.

Antes de que pudiera responder, una voz resonó desde el otro extremo de la cámara.

—Será mejor que vengáis.

Era Blackwood.

Algo en su tono hizo que todo el grupo se pusiera en movimiento de inmediato.

Cuando llegamos junto a él, descubrimos que había encontrado una cavidad oculta bajo una de las estanterías derrumbadas.

Dentro había un pequeño paquete envuelto en tela. Era moderno, demasiado moderno para pertenecer a la ciudad.

Blackwood lo abrió despacio.

Todos nos quedamos inmóviles.

El paquete contenía varias páginas arrancadas del cuaderno de Briggs, exactamente las que faltaban.

En la primera aparecía una frase escrita con trazos apresurados, una frase que hizo que el silencio se volviera absoluto.

"Si me ocurre algo, no busquéis entre los guardianes."

Nadie habló.

Todos comprendimos inmediatamente lo que significaba.

Briggs sospechaba de alguien.

Y ese alguien no pertenecía a los guardianes.