ARUKANA: La Ciudad Perdida Capítulo 51
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Capítulo 51

Eleanor

Durante varios segundos fui incapaz de abrir la carta.

La sostuve entre las manos como si el papel pudiera quemarme.

Era absurdo, porque no era más que un sobre envejecido, protegido durante años en una caja metálica y oculto en una ciudad que no debería existir.

Sin embargo, mi nombre estaba allí, escrito por mi padre, y aquello convertía el hallazgo en algo mucho más difícil de soportar que cualquier inscripción, advertencia o ruina que hubiéramos encontrado hasta entonces.

Eleanor.

Solo mi nombre, trazado con una letra que reconocería en cualquier parte.

Nada más.

Y aun así bastó para que todo dentro de mí se tensara.

—No tienes que hacerlo ahora —dijo Alistair.

Su voz llegó desde mi lado, baja y firme, sin una pizca de presión.

Blackwood abrió la boca para intervenir.

Hale le puso una mano en el brazo antes de que pudiera hacerlo.

—Ni se te ocurra.

—No iba a...

—Sí ibas.

Blackwood cerró la boca con una expresión de indignación contenida.

Miguel, por una vez, permaneció en silencio. Aquello me sorprendió casi tanto como la existencia de la carta.

Volví a mirar el sobre. La tinta estaba algo desvaída, pero la letra seguía siendo perfectamente legible.

Mi padre había escrito mi nombre sabiendo, o al menos creyendo, que algún día lo leería allí, frente a aquella puerta imposible y rodeada de personas que habían seguido sus pasos hasta el final.

—Si no la abro ahora —dije—, no creo que pueda hacerlo después.

Alistair no respondió. Se limitó a quedarse a mi lado, y aquella presencia silenciosa consiguió que el temblor de mis manos disminuyera un poco.

Abrí el sobre con cuidado. Dentro había una hoja doblada en tres partes.

El papel era grueso, amarillento por el tiempo, aunque se conservaba sorprendentemente bien.

Lo desplegué despacio, consciente de todas las miradas clavadas en mí, aunque la única presencia que percibía con claridad era la de Alistair.

La carta comenzaba con mi nombre.

No con un saludo afectuoso.

No con un “querida Eleanor”.

Solo mi nombre, como si mi padre hubiera sabido que cualquier intento de cercanía desde la primera línea me habría parecido falso.

Tragué saliva y empecé a leer en voz alta.

—“Eleanor. Si estás leyendo esto, significa que has llegado mucho más lejos de lo que debía permitirte mi silencio.”

El grupo entero permaneció inmóvil.

Incluso Blackwood guardó silencio.

—“También significa que he fracasado dos veces. La primera, al no ser capaz de abandonar Arukana cuando todavía podía hacerlo. La segunda, al no conseguir que tú no heredases mi misma condenada necesidad de buscar respuestas.”

La voz se me quebró ligeramente al final de la frase.

Lo odié.

Alistair avanzó apenas medio paso. No me tocó ni dijo nada, pero sentí su apoyo de todos modos y encontré fuerzas para continuar.

—“Antes de que odies a todos los que te han traído hasta aquí, debes saber algo: João no me traicionó. Los guardianes tampoco. Fui yo quien les falló.”

João cerró los ojos.

Miguel lo observó con una mezcla de sorpresa y tristeza.

Blackwood, por su parte, parecía haberse olvidado de respirar.

Continué leyendo.

—“No descubrí Arukana. Me dejaron entrar. Esa es la primera mentira que el mundo habría preferido escuchar de mis labios. Habría sido sencillo regresar a Londres, presentar mapas, reclamar gloria y permitir que la Real Sociedad me felicitara por haber encontrado una ciudad perdida. Pero Arukana no estaba perdida. Arukana estaba protegida.”

Las palabras cayeron sobre nosotros con un peso distinto.

Ya lo habíamos sospechado.

También lo habíamos escuchado de boca de João.

Pero verlo escrito por Arthur lo convertía en una verdad imposible de discutir.

—“Los guardianes no son salvajes, ni fantasmas, ni restos de una civilización muerta. Son personas. Herederos de quienes abandonaron la ciudad cuando comprendieron que todo contacto con el exterior terminaba de la misma manera: enfermedad, codicia, saqueo y hombres convencidos de tener derecho a nombrar aquello que no les pertenecía.”

Finch bajó la mirada.

Hale apretó la cámara contra el pecho como si de pronto pesara más.

Seguí leyendo.

—“Prometí protegerlos. Prometí que no revelaría el camino. Durante un tiempo creí que podría cumplir esa promesa.”

La siguiente línea me obligó a detenerme.

No porque fuera difícil de leer.

Sino porque comprendí, antes de pronunciarla, que iba a doler.

—“Pero encontré la cámara.”

Blackwood levantó la cabeza de inmediato.

—¿Qué cámara?

Nadie respondió.

Yo tampoco.

Continué.

—“Detrás de la puerta hay una sala que los guardianes no cruzan. No por superstición, aunque así lo llaman algunos. No por ignorancia. Tampoco por un miedo irracional. No entran porque lo que hay dentro les arrebató demasiadas cosas.”

Reed se acercó un poco.

—Eso suena a enfermedad.

—O a veneno —murmuró Kane.

João permaneció callado.

Tomas ni siquiera estaba allí, pero sentí como si su advertencia siguiera acompañándonos.

Leí la siguiente parte en voz más baja.

—“No sé cómo llamarlo sin parecer un loco. No es oro. No es un tesoro. No es un arma en el sentido vulgar de la palabra. Es conocimiento. Registros. Pruebas. La memoria de una ciudad entera. Y también la prueba de una mentira tan grande que cualquier potencia europea mataría por poseerla.”

Blackwood dio un paso hacia mí.

—¿Qué mentira?

La pregunta quedó suspendida en el aire.

Miré la carta, pero las líneas siguientes no ofrecían una respuesta directa.

Mi padre, incluso muerto, seguía obligándonos a avanzar paso a paso.

—“Si alguien llega a esa cámara con hambre de gloria, Arukana morirá por segunda vez. Si alguien llega con miedo, quizá destruya lo único que todavía puede protegerla. Yo llegué con ambas cosas.”

Aquello me hizo daño.

Más que las advertencias.

Más que las mentiras.

Porque sonaba auténtico.

Dolorosamente auténtico.

—“Por eso escribí que no debíais confiar en mí. Porque quise protegerlos, Eleanor, pero una parte de mí quiso también ser recordada. Y un hombre dividido entre la verdad y la gloria acaba traicionando a ambas.”

No pude seguir de inmediato.

El papel tembló entre mis dedos.

No quería llorar delante de todos.

No quería derrumbarme allí, frente a Blackwood, Hale, Finch, João, Miguel, Reed, Kane y aquella puerta que parecía tragarse todo lo que quedaba de mi padre.

Pero la carta no me ofrecía ningún refugio.

Alistair habló entonces.

—Puedo terminarla yo.

Negué con la cabeza.

—No. Es para mí.

La firmeza de mi voz contrastaba con cómo me sentía por dentro.

Él asintió sin discutir.

Y precisamente por eso estuvo a punto de romperme por completo.

Respiré hondo y continué.

—“Si has venido buscando a tu padre, lo siento. Sé que merecías algo mejor que ruinas, silencios y advertencias escritas demasiado tarde. Sé que merecías un hombre capaz de volver a casa y quedarse. Pero nunca fui tan valiente como tú necesitabas que fuera.”

La vista se me nubló durante un instante.

Parpadeé varias veces.

No iba a llorar.

Todavía no.

—“No cruces la puerta por mí. No lo hagas para limpiar mi nombre. No lo hagas para demostrar que eres mi hija. Si la cruzas, que sea porque tú lo decides, no porque mi sombra siga empujándote.”

Aquellas palabras me atravesaron.

Eran exactamente las que habría necesitado escuchar cuando era niña.

También eran las que había dejado de esperar hacía mucho tiempo.

—“Y si decides entrar, recuerda esto: la puerta no se abre con fuerza. Se abre con renuncia.”

Me quedé inmóvil.

Blackwood frunció el ceño.

—¿Con renuncia?

—Eso ha sonado innecesariamente poético —murmuró Finch.

—No —dijo João.

Todos volvimos la vista hacia él.

El guía observaba la puerta con una expresión diferente.

—No es poesía.

Alistair se giró hacia él.

—¿Sabes qué significa?

João tardó unos segundos en responder.

—Creo que sí.

Blackwood se acercó a la estructura.

—Entonces explícalo.

João señaló los símbolos antiguos que rodeaban la losa desplazada.

—La puerta no se abre empujando. Se abre quitando algo.

—¿Quitando qué? —preguntó Hale.

João miró la caja metálica.

Luego la carta.

Finalmente me miró a mí.

—Algo que Arthur dejó atrás.

Bajé la vista hacia el contenido de la caja.

Había mapas, notas y páginas llenas de anotaciones.

Entre todo aquello destacaba un objeto pequeño que nadie había tocado hasta entonces.

Una medalla.

No era antigua.

Era británica.

Reconocí el emblema al instante.

La Real Sociedad.

La misma institución que había convertido a mi padre en una leyenda incluso antes de su desaparición.

La tomé con cuidado.

Pesaba más de lo que esperaba.

Quizá porque no sostenía solo metal.

Quizá porque sostenía la parte de Arthur que había soñado con regresar a Londres cubierto de gloria.

—Renuncia —murmuré.

Alistair me observó.

—Eleanor.

—Es esto.

Lo supe incluso antes de que João asintiera.

Me acerqué a la puerta con la medalla en la mano. Blackwood se apartó sin protestar, algo que en cualquier otra circunstancia habría parecido un milagro.

Junto a la inscripción de Arthur había una pequeña cavidad. No parecía diseñada para una llave.

Parecía el lugar destinado a una ofrenda.

O quizá a una despedida definitiva.

Deposité la medalla en ella.

Durante un instante no ocurrió nada.

Después la piedra vibró bajo nuestros pies.

Hale retrocedió con un jadeo.

Finch soltó una maldición muy poco académica.

Kane agarró a Miguel del brazo y lo apartó hacia atrás.

Alistair llegó a mi lado en cuestión de segundos.

—Atrás.

—Estoy bien.

—Por una vez en tu vida, no discutas.

—Qué forma tan encantadora de preocuparte.

—Eleanor.

La seriedad de su tono me obligó a mirarlo.

Estaba asustado.

No por la puerta.

No por Arukana.

Por mí.

Aquello me golpeó con una intensidad inesperada.

La puerta volvió a vibrar.

Un sonido profundo recorrió la plaza, como si algo enterrado durante décadas acabara de despertar.

La enorme losa central se desplazó unos centímetros.

Los suficientes para liberar una corriente de aire frío desde el interior.

Los suficientes para que todos comprendiéramos que la puerta podía abrirse.

Y también los suficientes para que parte del marco superior se agrietara.

Kane gritó algo.

Reed tiró de Finch.

Blackwood permaneció inmóvil, fascinado por el movimiento de la piedra.

Entonces un fragmento del arco se desprendió.

No era especialmente grande, pero caía directamente hacia mí.

No tuve tiempo de reaccionar.

Alistair sí.

Me empujó con fuerza hacia un lado y ambos caímos al suelo. La piedra impactó justo donde yo había estado un segundo antes y se hizo añicos contra las losas con un estruendo seco.

Durante unos instantes solo escuché polvo, gritos y el latido salvaje de mi corazón.

Después sentí el peso de Alistair sobre mí.

Su respiración acelerada.

La mano que protegía mi cabeza.

El cuerpo que me cubría de los escombros.

—¿Estás bien?

Su voz sonó áspera y demasiado cercana.

—Sí.

La respuesta apenas salió de mis labios.

—¿Y tú?

No respondió enseguida.

Eso fue lo que me asustó.

—Alistair.

Intentó incorporarse y soltó una maldición entre dientes.

Entonces vi la sangre.

No era mucha.

Pero bastaba.

Le corría desde una herida en el costado, donde un fragmento de piedra había rasgado la tela de su camisa y la piel.

El miedo me atravesó de golpe.

—Reed.

Mi voz salió demasiado alta y demasiado alterada.

Todos se volvieron hacia nosotros.

—¡Reed!

Alistair intentó sentarse.

—No es nada.

—Cállate.

Me miró sorprendido.

—¿Perdón?

—He dicho que te calles.

Miguel apareció a nuestro lado con los ojos muy abiertos.

—Vaya.

—Ni una palabra.

—No iba a decir nada.

—Sí ibas.

—Sí, iba.

Reed llegó enseguida y me apartó con suavidad.

—Déjame ver.

—Estoy bien —insistió Alistair.

—Otra persona que miente fatal —murmuró Reed.

Me quedé a pocos pasos, con las manos todavía temblando.

Y odié lo evidente que resultaba todo.

Odié que Miguel lo hubiera notado.

Odié que João también.

Pero sobre todo odié que Alistair, incluso herido, siguiera mirándome como si la que necesitara protección fuera yo.

Reed examinó la herida y soltó un suspiro.

—No es profunda.

El alivio fue tan intenso que casi me dejó sin fuerzas.

—Pero necesita limpiarse y vendarse —añadió—. Y tú necesitas dejar de hacerte el héroe.

—Tomaré nota.

—No lo harás.

—Probablemente no.

Aquello debería haberme hecho sonreír.

Sin embargo, no pude.

Alistair levantó la vista hacia mí.

—Eleanor.

—No vuelvas a hacer eso.

La frase escapó antes de que pudiera detenerla.

Él parpadeó.

—¿Salvarte la vida?

—Lanzarte delante de una piedra.

—Lo tendré en cuenta la próxima vez que una piedra intente matarte.

—No es gracioso.

El silencio que siguió nos dejó demasiado expuestos.

Mi voz había temblado.

Y él lo había escuchado.

Alistair sostuvo mi mirada durante varios segundos.

—No podía dejar que te golpeara.

—Pues podrías haber encontrado una forma de evitarlo sin que te golpeara a ti.

—Aceptaré sugerencias para futuras ocasiones.

—Eres imposible.

—Eso suelo decirlo yo de ti.

No sé quién se movió primero.

Tal vez ninguno.

Tal vez simplemente la distancia entre nosotros había dejado de parecer suficiente.

Pero Reed carraspeó.

—Voy a vendarlo antes de que decidáis tener esta conversación encima de un montón de escombros.

Miguel, por supuesto, no pudo contenerse.

—Por una vez apoyo al médico.

Me aparté con el rostro ardiendo.

Alistair bajó la mirada, aunque no antes de que alcanzara a ver la sombra de una sonrisa en sus labios.

La puerta seguía entreabierta.

Una estrecha línea de oscuridad se extendía al otro lado.

Mientras Reed limpiaba la herida de Alistair, comprendí dos cosas con una claridad insoportable.

La primera era que la carta de mi padre acababa de mostrarnos cómo entrar.

La segunda, mucho más difícil de ignorar, era que el miedo que había sentido al verlo sangrar ya no se parecía en absoluto a algo que pudiera llamar compañerismo.