Capítulo 50
Alistair
La llamada de Blackwood consiguió que todo el grupo volviera a reunirse frente a la enorme puerta de piedra.
Durante unos segundos nadie habló. La advertencia de Arthur seguía grabada en la roca como una presencia incómoda observándonos desde el pasado.
Si habéis llegado hasta aquí, ya es demasiado tarde.
No sonaba como una amenaza, sino como el mensaje de alguien que había intentado detener algo y había fracasado.
Mientras Hale fotografiaba cada centímetro de la estructura, Blackwood recorría la superficie con las manos, examinando cada grieta y cada símbolo.
—Hay más inscripciones.
—¿Antiguas? —preguntó Finch.
—Algunas sí.
—¿Y las otras?
—Las otras son mucho más recientes.
Aquella respuesta captó de inmediato la atención de todos.
João se acercó despacio.
—¿Recientes cuánto?
Blackwood apartó varios restos de tierra acumulados junto a una esquina inferior antes de responder.
—Es difícil saberlo con exactitud, pero no hablamos de siglos. Ni siquiera de décadas.
Me acerqué junto a Kane para observar mejor. Las marcas aparecían mezcladas entre símbolos antiguos. Varias estaban escritas en inglés y otras parecían notas rápidas, fragmentos de pensamientos o advertencias dejadas con prisa por alguien que necesitaba transmitir información antes de marcharse.
—Arthur —murmuró Eleanor.
Nadie necesitó preguntarle cómo lo sabía. Todos habíamos empezado a reconocer la letra.
Durante la siguiente media hora fuimos descubriendo frases incompletas repartidas por distintas zonas de la puerta. Algunas resultaban imposibles de reconstruir debido al desgaste de la piedra, pero otras seguían siendo legibles.
—Aquí hay otra —anunció Hale.
Nos reunimos alrededor de una grieta parcialmente cubierta por raíces. Blackwood limpió la superficie con extremo cuidado y leyó en voz alta:
—«No fue un descubrimiento».
El silencio que siguió fue inmediato.
—¿Qué significa eso? —preguntó Finch.
—Que Arthur no consideraba Arukana un hallazgo arqueológico —respondió João—. La veía como algo diferente.
—¿Como qué? —preguntó Reed.
João tardó unos segundos en responder.
—Como un lugar vivo.
Nadie añadió nada. Poco a poco todos empezábamos a comprender que la historia que conocíamos era mucho más compleja de lo que habíamos imaginado.
La tarde avanzó lentamente. La puerta se resistía a cualquier intento de apertura. No tenía cerradura visible ni bisagras aparentes y, aun así, era evidente que había sido diseñada para abrirse.
Blackwood estaba tan concentrado en resolver el problema que terminó hablando consigo mismo.
—Siempre hacen esto.
—¿Quiénes? —preguntó Finch.
—Las civilizaciones antiguas.
—¿Construir puertas?
—Construir puertas absurdamente complicadas.
—Quizá intentaban mantener fuera a los arqueólogos.
La respuesta provocó varias sonrisas, incluso la de Eleanor. Sin querer, me descubrí observándola más tiempo del necesario antes de obligarme a apartar la mirada.
Con el paso de las horas el cansancio empezó a hacerse notar. El calor y la humedad nos habían agotado, y las conversaciones se volvieron más tensas. La paciencia de todos disminuyó, especialmente cuando Blackwood anunció que una de las losas inferiores podía moverse.
—No puede moverse —dije.
—Puede.
—No puede.
—Puede.
—Henry.
—Alistair.
—No voy a empujar una piedra de dos toneladas porque tengas una intuición.
—No es una intuición.
—Claro que lo es.
—Es arqueología.
—La arqueología se parece sospechosamente a una intuición muy cara.
Miguel soltó una carcajada.
Blackwood me fulminó con la mirada.
—Voy a demostrarte que tengo razón.
—Eso suele preceder a las visitas médicas —comentó Reed.
Al final, para mi desgracia, la piedra sí se movió.
Blackwood aprovechó aquella victoria para recordármelo varias veces seguidas.
—Te lo dije.
—Sí.
—Te lo dije.
—Lo sé.
—¿He mencionado ya que te lo dije?
—Varias veces.
—Solo quería asegurarme.
Miguel parecía encantado con el espectáculo. Finch, en cambio, tenía la expresión de alguien que lamentaba profundamente haber conocido a Blackwood.
Sin embargo, la satisfacción duró poco.
Al desplazar completamente la losa apareció un compartimento oculto en el interior de la estructura. Dentro había un objeto que destacaba de inmediato porque no pertenecía a la ciudad ni a ninguna cultura antigua.
Era una caja metálica.
Moderna.
El silencio regresó al grupo mientras todos intercambiábamos miradas. Aquello no era un hallazgo cualquiera.
João palideció incluso antes de que alguien intentara abrirla.
—Yo recuerdo eso.
Todas las miradas se dirigieron hacia él.
—¿Qué quieres decir? —preguntó Eleanor.
João observó la caja durante varios segundos antes de responder.
—Arthur la llevaba cuando nos marchamos.
Sentí cómo la tensión aumentaba a mi alrededor. Si João tenía razón, acabábamos de encontrar algo que Arthur había dejado allí deliberadamente.
La caja estaba oxidada y parcialmente dañada por el paso del tiempo, pero seguía cerrada. Kane utilizó una herramienta para forzar el mecanismo. El sonido metálico resonó por toda la plaza y, cuando la tapa finalmente cedió, nadie dijo una palabra.
En el interior había documentos cuidadosamente protegidos, varios mapas, anotaciones y una carta.
Lo que llamó nuestra atención de inmediato fue que aquella carta estaba dirigida a una única persona.
Eleanor.
Su nombre aparecía escrito con claridad en el sobre.
La expresión de Eleanor cambió por completo. Durante unos segundos pareció incapaz de respirar mientras sostenía la carta entre las manos.
—No puede ser —susurró.
João cerró los ojos lentamente, como si acabara de confirmar algo que llevaba años temiendo.
—Sí puede —respondió en voz baja—. Arthur sabía que algún día volverías.
Nadie se movió mientras Eleanor observaba el sobre. Era una carta escrita décadas atrás y escondida en el corazón de Arukana, esperando exactamente aquel momento.
—Ábrela —dijo Blackwood.
—Henry —murmuró Hale.
—¿Qué?
—Eso ha sonado horrible.
Blackwood hizo una mueca.
—Bueno... sí. Lo siento.
Aun así, nadie sonrió.
Todos queríamos saber qué contenía aquella carta.
De repente, la expedición había dejado de perseguir únicamente la verdad sobre Arukana.
Ahora también buscábamos comprender quién había sido realmente Arthur Whitmore, y tenía la sensación de que ambas respuestas estaban unidas de una forma que todavía no alcanzábamos a entender.