Capítulo 49
Eleanor
El descenso desde el observatorio transcurrió en silencio.
No era un silencio incómodo ni hostil, sino ese que aparece cuando demasiadas piezas empiezan a encajar al mismo tiempo y nadie sabe todavía qué imagen están formando.
Tomas no había intentado detenernos ni convencernos de nada. Se había limitado a advertirnos, y lo más inquietante era que parecía creer sinceramente que nos estaba ayudando.
Mientras avanzábamos entre las ruinas, observé varias veces a João.
El viejo guía caminaba unos metros por delante, con la mirada fija en el suelo y los hombros más hundidos de lo habitual.
La aparición de Tomas había removido algo en él.
No parecía miedo, sino culpa, y la diferencia resultaba importante.
—Estás pensando demasiado fuerte.
La voz de Miguel me sacó de mis pensamientos.
—No sabía que eso hiciera ruido.
—Créeme, lo hace.
Levanté una ceja.
—¿Y cómo suena?
—Como alguien que está a punto de tomar una mala decisión.
—Eso es preocupantemente específico.
—Tengo experiencia.
No pude evitar sonreír.
Miguel aprovechó inmediatamente aquella pequeña victoria.
—Ahí está. Llevabas una hora con cara de tragedia griega.
—Mi padre acaba de pasar de explorador brillante a misterio andante.
—Bueno, eso explica parte de la cara.
—¿Y el resto?
—Eso tendrías que preguntárselo a MacKenzie.
Giré la cabeza tan rápido que Miguel sonrió como un criminal satisfecho.
—No sé de qué hablas.
—Claro que sí.
—Miguel...
—Vale, vale. Me callo.
La conversación terminó cuando Kane levantó una mano y obligó al grupo entero a detenerse.
El antiguo militar permaneció inmóvil junto a un edificio parcialmente derrumbado. Observaba algo oculto tras una maraña de raíces gigantescas que cubrían una de las paredes.
Alistair fue el primero en acercarse.
—¿Qué has encontrado?
Kane apartó varias ramas.
—Creo que esto.
Durante unos segundos nadie entendió lo que estaba viendo. Después, Blackwood dejó escapar una exclamación.
Aquella pared no era realmente una pared, sino una enorme puerta tallada directamente en la roca. Las raíces habían crecido sobre ella durante décadas, quizá siglos, ocultándola casi por completo.
—Dios mío... —murmuró Hale.
Blackwood ya estaba limpiando parte de la superficie con una delicadeza casi religiosa.
—No es una entrada cualquiera.
—¿Cómo lo sabes? —preguntó Finch.
—Porque todo en esta ciudad parece conducir aquí.
El arqueólogo retrocedió unos pasos mientras observaba la estructura completa.
—Calles, escalinatas, canales... Todo converge hacia este punto.
Alistair cruzó los brazos.
—¿Y qué significa eso?
—Significa que acabamos de encontrar el lugar más importante de Arukana.
João se había quedado completamente inmóvil. Lo observé unos segundos y comprendí que parecía mucho más afectado que Blackwood, incluso más que yo.
—Ya has estado aquí.
La frase salió antes de que pudiera pensarlo.
Todos se volvieron hacia él.
João tardó unos segundos en responder.
—Sí.
—Con Arthur.
No era una pregunta.
El viejo guía asintió lentamente.
Un silencio pesado cayó sobre el grupo.
—¿Qué hay detrás? —preguntó Alistair.
João observó la puerta antes de responder.
—La última vez que estuve aquí no llegamos a entrar.
Blackwood pareció a punto de sufrir una crisis nerviosa.
—¿Cómo que no entrasteis?
—Arthur decidió marcharse.
—¿Después de llegar hasta aquí?
—Sí.
—Eso no tiene ningún sentido.
João sonrió sin humor.
—Exactamente.
Nadie dijo nada durante unos instantes, porque ésa era precisamente la pregunta que nos perseguía desde el principio. ¿Por qué Arthur abandonó? ¿Por qué regresó? ¿Por qué se arrepintió? Y, sobre todo, ¿qué había visto?
Blackwood continuó examinando la puerta. De repente se inclinó hacia una esquina inferior.
—Hay algo.
Todos nos acercamos.
Entre las raíces apareció una pequeña inscripción.
No era antigua. Era moderna.
Reconocí la letra antes incluso de leerla.
Arthur.
Sentí que el estómago se me contraía.
Blackwood limpió cuidadosamente la piedra y la frase apareció poco a poco. Cuando terminó de leerla, nadie habló durante varios segundos.
—¿Qué dice? —preguntó Hale.
Blackwood tragó saliva antes de responder.
—"Si habéis llegado hasta aquí, ya es demasiado tarde."
El aire pareció desaparecer a mi alrededor y sentí las piernas extrañamente pesadas.
Mi padre había escrito aquello. No había dudas.
Aquellas palabras estaban dirigidas exactamente a personas como nosotros, a quienes seguirían sus pasos sin ser capaces de detenerse.
—No me gusta esto —dijo Reed.
—Es la primera cosa sensata que escucho hoy —respondió Finch.
Pero nadie sonrió.
La advertencia sonaba desesperada, no amenazante. Era como si Arthur hubiera intentado impedir algo y hubiera fracasado en el intento.
Mientras el resto seguía observando la inscripción, me alejé unos metros sin darme cuenta. Necesitaba aire, espacio y dejar de descubrir nuevas versiones de un hombre que cada vez reconocía menos.
—Eleanor.
No me giré.
Sabía quién era.
—¿Qué?
—Mírame.
Aquello me molestó lo suficiente para obedecer.
Alistair estaba frente a mí, con la expresión seria y la mirada fija. Por primera vez desde que lo conocía, parecía haber abandonado cualquier intento de ocultar su preocupación.
—No tienes que cargar con todo esto tú sola.
—No estoy cargando con nada.
—Eso es mentira.
—Gracias por tu sutileza.
—Nunca ha sido una de mis virtudes.
A pesar de todo, una sonrisa apareció brevemente en mis labios.
Alistair la vio y algo cambió en su expresión. Se volvió más suave, más difícil de interpretar y, por alguna razón, mucho más peligroso.
Durante unos segundos ninguno habló. El ruido del resto del grupo pareció alejarse junto con las ruinas que nos rodeaban, hasta que solo quedó aquella mirada incómodamente cercana.
—Tu padre tomó sus decisiones —dijo finalmente—. No son tuyas.
Bajé la vista porque, por alguna razón, aquellas palabras me afectaban mucho más de lo que deberían.
—No lo sé.
—Yo sí.
Cuando levanté la cabeza, él seguía allí, demasiado cerca. Durante un instante tuve la absurda sensación de que, si daba un paso más, algo cambiaría entre nosotros para siempre.
La voz de Blackwood llegó desde la puerta antes de que ninguno pudiera comprobarlo.
—¡Será mejor que vengáis a ver esto!
Ambos nos apartamos casi al mismo tiempo, con una rapidez sospechosa, como dos personas sorprendidas haciendo algo que todavía no se atreven a admitir.
Mientras regresábamos junto al resto del grupo, tuve una certeza inquietante. Cada vez resultaba más difícil distinguir qué parte de aquella expedición me daba más miedo: la verdad sobre Arthur o lo que empezaba a sentir por Alistair MacKenzie.