ARUKANA: La Ciudad Perdida Capítulo 48
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Capítulo 48

Alistair

La figura no vuelve a aparecer aquella noche, pero eso no significa que deje de estar presente.

Todos pensamos en ella: en el observatorio, en la advertencia, en la libreta y en Briggs.

La ciudad parece observarnos desde cada esquina y, por primera vez desde que llegamos a Arukana, la sensación de estar acercándonos a una respuesta empieza a mezclarse con otra mucho más incómoda: la sospecha de que quizá no nos guste lo que encontremos.

El amanecer llega acompañado de una niebla espesa que cubre parte de las ruinas y transforma las calles de piedra en corredores fantasmales. Kane está despierto antes que nadie. Yo también, aunque no por disciplina, sino por costumbre y porque llevo demasiado tiempo sin dormir correctamente.

—No te ves especialmente descansado.

La voz llega desde detrás de mí. Me giro y encuentro a Eleanor.

Naturalmente.

—Tú tampoco.

—Eso es porque llevo días persiguiendo los secretos de un hombre que ya está muerto.

—Yo llevo días intentando impedir que un grupo de científicos se mate accidentalmente.

—Visto así, quizá vas ganando.

La sonrisa aparece antes de que consiga evitarla. Eleanor la detecta al instante y parece demasiado satisfecha consigo misma.

—Ha sido una sonrisa.

—No.

—Sí.

—Lo has imaginado.

—Claro.

Durante unos segundos observamos cómo la niebla avanza entre las ruinas. Ninguno parece tener prisa por regresar al campamento, y esa tranquilidad compartida resulta peligrosamente agradable.

La llegada de Blackwood arruina el momento, como suele ocurrir.

—Necesito voluntarios.

—Eso nunca es una buena frase —dice Eleanor.

—Lo será cuando escuchéis mi idea.

—No lo será —respondo.

Blackwood decide ignorarnos, una habilidad que ha perfeccionado notablemente durante las últimas semanas.

—La parte superior del observatorio todavía no la hemos explorado.

—Porque casi nos matamos llegando hasta aquí —replica Finch.

—Detalles.

—No son detalles. Son precisamente las cosas que suelen matarnos.

Blackwood parece sinceramente decepcionado por aquella objeción.

Una hora después estamos subiendo igualmente.

La expedición avanza por una escalinata exterior que rodea parte de la torre. El ascenso resulta lento; las piedras están desgastadas, la vegetación invade muchos tramos y la niebla reduce la visibilidad.

Kane va delante, seguido por João y después el resto del grupo.

Eleanor camina varios escalones por debajo de mí. Debería ser irrelevante, pero noto constantemente dónde está, y eso resulta profundamente irritante.

La subida termina en una terraza semicircular situada muy cerca de la cima.

Y allí encontramos algo inesperado.

No una inscripción, ni una ruina, ni un símbolo.

Una persona.

Una persona real que parece haber estado esperándonos.

El grupo entero se detiene y el silencio cae sobre nosotros.

La figura permanece inmóvil junto a una pared cubierta de grabados. Es un hombre mayor, de cabello oscuro salpicado de canas, vestido con ropa sencilla y sin armas visibles. No parece sorprendido de vernos; al contrario, transmite la impresión de que sabía exactamente cuándo llegaríamos.

João es el primero en reaccionar.

—Tomas.

El hombre lo observa durante varios segundos sin moverse.

—Ha pasado mucho tiempo —responde finalmente.

Su voz es tranquila y profunda, y habla un inglés sorprendentemente bueno.

Miguel gira de inmediato hacia su padre.

—¿Lo conoces?

—Sí.

La respuesta apenas supera un murmullo.

El silencio regresa porque acabamos de cruzar una frontera invisible. Los guardianes ya no son una historia, ni una sombra, ni una presencia observándonos desde la distancia.

Ahora tienen rostro.

—Sabíamos que vendríais —dice Tomas.

Blackwood parece a punto de explotar.

—Entonces lleváis semanas siguiéndonos.

—Meses —corrige Tomas.

La respuesta deja a todos inmóviles.

—¿Meses? —pregunta Hale.

—Desde antes de que entrarais en la selva.

Nadie parece especialmente cómodo con aquella información.

Yo tampoco.

—¿Fuisteis vosotros quienes matasteis a Briggs? —pregunto.

La pregunta rompe la tensión de inmediato.

Tomas me mira, luego a João y finalmente al resto del grupo.

—No.

La respuesta llega sin vacilación, demasiado rápida para parecer preparada y demasiado directa para sonar falsa.

—Entonces ¿quién lo hizo? —pregunta Eleanor.

Por primera vez el hombre duda. Apenas un instante, pero suficiente para que todos lo notemos.

—Briggs encontró algo —dice finalmente.

—Eso ya lo sabemos —responde Blackwood.

—No.

La mirada de Tomas se endurece ligeramente.

—No lo sabéis.

El silencio vuelve a extenderse entre nosotros.

—¿Qué encontró? —pregunta João.

Tomas lo observa durante varios segundos antes de responder.

—Lo mismo que encontró Arthur.

Mi estómago se tensa.

La respuesta no aclara nada y, al mismo tiempo, lo cambia todo.

—¿Y qué fue eso? —pregunta Eleanor.

Tomas gira lentamente la cabeza hacia el observatorio, hacia la parte más alta de la torre, hacia algo que nosotros todavía no podemos ver.

—Una mentira.

La palabra cae sobre nosotros como una piedra.

Nadie sabe qué hacer con ella.

Llevamos semanas persiguiendo una ciudad, un asesino y un secreto. Ahora resulta que el centro de todo podría ser una mentira.

—Arthur intentó protegernos —continúa Tomas—, pero tomó una decisión equivocada.

Eleanor baja la vista.

Lo noto de inmediato y, por primera vez desde que comenzó la conversación, me preocupa más ella que cualquier revelación.

Cada nueva respuesta parece destruir una parte más de la imagen que tenía de su padre.

Tomas recorre el grupo con la mirada.

—Debéis marcharos.

La frase resulta familiar. Demasiado familiar.

Es la misma advertencia de siempre.

—No hemos llegado hasta aquí para irnos —responde Blackwood.

Tomas parece casi divertido.

—Eso dijo Arthur.

El silencio posterior resulta devastador.

Por primera vez desde que llegamos a Arukana, empiezo a sospechar que estamos siguiendo exactamente el mismo camino que terminó destruyéndolo a él.