Capítulo 46
João
Durante varios segundos nadie dice nada.
El viento atraviesa la plaza y hace vibrar las hojas que crecen entre las piedras del observatorio. Ese murmullo parece amplificarse en el silencio que ha dejado la frase escrita por Arthur.
No confiéis en mí.
Tres palabras capaces de derrumbar veinte años de recuerdos.
Eleanor sigue observando la libreta como si esperara que las letras cambiaran de lugar. Blackwood parece debatirse entre hacer diez preguntas o cincuenta, mientras Alistair me estudia con atención. Sé exactamente qué está pensando.
Ha llegado el momento de hablar. Ha habido demasiadas mentiras, demasiados silencios y demasiados muertos para seguir ocultando la verdad.
—¿Qué ocurrió?
La voz de Eleanor apenas supera un susurro.
Ya nadie mira la libreta. Todas las miradas están puestas en mí.
Cierro los ojos durante un instante, porque llevo años sabiendo que este momento acabaría llegando.
—Arthur no encontró Arukana por casualidad.
La frase provoca una reacción inmediata. Blackwood frunce el ceño, Finch deja de escribir y Hale baja la cámara.
—¿Qué significa eso? —pregunta Reed.
—Significa que alguien lo dejó entrar.
El silencio que sigue es absoluto.
—Los guardianes —dice Alistair.
Asiento despacio.
—Sí.
Eleanor parece incapaz de apartar la vista de mí, y comprendo perfectamente por qué. Todo lo que lleva semanas intentando reconstruir acaba de cambiar.
—Mi abuelo conocía a uno de ellos —continúo—. No eran muchos, y nunca lo fueron. Vivían lejos de los ríos principales y evitaban cualquier contacto con el exterior.
—¿Y aun así permitieron entrar a Arthur? —pregunta Hale.
—Porque Arthur los convenció.
Blackwood deja escapar una risa incrédula.
—¿Convenció a una comunidad que llevaba generaciones escondiéndose?
—Sí.
—¿Cómo?
Miro la libreta y después a Eleanor.
—Porque prometió protegerlos.
Nadie responde, pero todos entienden el peso de aquella frase.
Arthur no llegó como conquistador ni como saqueador. Llegó como un aliado. O al menos eso fue lo que ellos creyeron.
—Explícate —dice Alistair.
Asiento lentamente antes de continuar.
—Arthur pasó semanas con ellos. Aprendió su idioma, escuchó sus historias y comprendió algo que muy pocas personas habrían entendido.
—¿Qué? —pregunta Eleanor.
—Que Arukana no era una ciudad perdida.
Las palabras parecen extenderse entre el grupo antes de que añada:
—Era una ciudad protegida.
La diferencia parece pequeña, pero no lo es.
—Los descendientes de quienes vivieron aquí seguían existiendo. No dentro de la ciudad, sino cerca de ella, protegiéndola y manteniéndola oculta.
—Y tu padre prometió que haría lo mismo.
Eleanor baja la vista.
—Entonces ¿por qué escribió eso? —pregunta finalmente—. ¿Por qué dejó ese mensaje?
Es una pregunta que lleva años persiguiéndome.
—Porque algo salió mal.
Esta vez soy yo quien mira hacia el observatorio, hacia la cima de la torre y hacia el lugar donde empezó todo.
—Arthur descubrió algo dentro de Arukana. Algo que ni siquiera los guardianes comprendían del todo.
—¿Qué era? —pregunta Blackwood.
—No lo sé.
La frustración aparece de inmediato en varios rostros.
—No me mires así, Henry. Si lo supiera, no estaría aquí.
Blackwood parece dispuesto a discutir, pero algo lo detiene. Quizá la sinceridad de mi respuesta. Quizá el cansancio acumulado.
—Lo que sí sé es que después de encontrarlo dejó de comportarse como el mismo hombre.
Eleanor levanta la cabeza.
—¿Cómo?
Tardo unos segundos en responder.
—Empezó a tener miedo.
El silencio regresa porque nadie imagina a Arthur Whitmore teniendo miedo.
—¿Miedo de qué? —pregunta Hale.
—De sí mismo.
Por primera vez desde que empezó la conversación veo auténtica inquietud en los ojos de Alistair. No porque la respuesta sea clara, sino precisamente porque no lo es. Y eso la vuelve mucho más inquietante.
—La última noche hablamos aquí mismo.
Señalo la base del observatorio.
—Me pidió que hiciera una promesa.
—¿Cuál? —pregunta Eleanor.
La miro directamente.
—Que nunca volviera a traer a nadie.
Sus ojos se llenan de algo que reconozco demasiado bien.
Dolor.
—Y aun así lo hiciste.
—Sí.
La respuesta sale más baja de lo que pretendía.
—Porque Briggs encontró el camino.
Nadie comenta nada. El nombre vuelve a ocupar el centro de todo, como siempre ocurre.
Briggs.
Siempre Briggs.
—¿Qué descubrió? —pregunta Alistair.
—No lo sé exactamente, pero sospecho una cosa.
Todos esperan.
—Briggs descubrió que Arthur había mentido.
El silencio que sigue resulta brutal.
—¿Mentido sobre qué? —pregunta Blackwood.
—Eso es lo que intentamos averiguar.
Y entonces ocurre algo.
Un sonido seco y breve llega desde la parte superior del observatorio.
Kane gira de inmediato. Yo también.
Durante apenas un segundo veo movimiento.
Una figura humana.
Real.
No es una sombra ni una ilusión. Es una persona.
La figura permanece inmóvil sobre una de las terrazas superiores, observándonos desde la distancia. Nadie respira. Nadie se atreve a hablar. Y por primera vez desde que comenzó esta expedición comprendemos que los guardianes han dejado de esconderse.
La figura inclina ligeramente la cabeza, como si estuviera evaluándonos o tomando una decisión. Después desaparece entre las ruinas. No corre ni huye; simplemente se desvanece de nuestra vista con una naturalidad inquietante.
El silencio que deja tras de sí dura varios segundos, hasta que Miguel habla.
—Bueno...
Todos lo miramos.
—Ahora ya sabemos que no los hemos imaginado.
Y, por primera vez desde que entramos en Arukana, nadie se ríe. Todos hemos visto lo mismo y todos comprendemos que la próxima vez quizá no se limiten a observarnos desde lejos.