ARUKANA: La Ciudad Perdida Capítulo 45
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Capítulo 45

Eleanor

Nadie habla sobre la sombra, la bolsa o el colgante.

Sin embargo, todos pensamos en ello. Se nota en la forma en que avanzamos por las ruinas: más juntos, más atentos y mucho más silenciosos que antes, como si cualquiera esperara que algo —o alguien— surgiera de entre las piedras en cualquier momento.

João guarda el colgante en el bolsillo interior de su chaqueta y no vuelve a enseñarlo. Tampoco ofrece más explicaciones, algo que empieza a agotar incluso a los miembros más pacientes del grupo, una categoría en la que, desde luego, no entra Blackwood.

—¿Piensas seguir haciendo eso? —pregunta mientras avanzamos por una avenida de piedra cubierta de raíces.

—¿Hacer qué? —responde João.

—Responder exactamente la mitad de cada pregunta.

Miguel deja escapar un suspiro.

—Henry.

—No.

—Otra vez no.

—Sí, otra vez.

Blackwood señala el bolsillo donde João ha guardado el colgante.

—Alguien nos está dejando mensajes.

—Lo sé.

—Alguien que conocía a tu abuelo.

—Lo sé.

—Alguien que parece conocerte.

—También lo sé.

—Entonces explícanos qué demonios está pasando.

La paciencia del arqueólogo se rompe definitivamente con aquella última frase.

João se detiene. Durante unos segundos parece debatirse entre responder o seguir caminando. Finalmente, suspira.

—Mi abuelo nunca habló de los guardianes delante de extraños.

—Eso ya lo sabemos —dice Finch.

—Entonces escuchad la parte que no sabéis.

Por primera vez en varias horas, el grupo entero guarda silencio.

—Cuando era niño creía que eran una leyenda —dice mientras reanuda la marcha—. Historias para asustar a los jóvenes. Relatos sobre hombres que vivían más allá de los ríos y protegían lugares que no debían encontrarse.

—¿Y cuándo descubriste que eran reales? —pregunta Hale.

—Cuando tenía diecisiete años.

La respuesta llega acompañada de una expresión difícil de interpretar. No parece miedo ni nostalgia; se asemeja más al arrepentimiento.

—Mi abuelo me llevó a conocerlos.

Las palabras provocan un silencio inmediato.

—¿Conocerlos? —pregunta Reed—. ¿Personalmente?

João asiente.

—Sí.

La reacción es exactamente la que esperaba: incredulidad, desconfianza y confusión mezcladas en los rostros de todos.

—¿Y nunca pensaste mencionar ese detalle? —pregunta Blackwood.

—No.

—Increíble.

—No me sentía especialmente orgulloso.

Aquella respuesta deja al arqueólogo sin argumentos durante unos instantes.

Seguimos avanzando y, por primera vez, tengo la sensación de que João está diciendo la verdad. No toda la verdad, pero sí una parte importante de ella.

—¿Qué quieren? —pregunto.

João tarda unos segundos en responder.

—Lo mismo que han querido siempre.

—¿Qué es?

—Que el mundo los deje en paz.

La frase queda suspendida entre nosotros y, cuanto más la pienso, más lógica me parece. Desde el punto de vista de los guardianes, nosotros somos los intrusos; somos quienes hemos llegado hasta aquí y quienes caminamos por una ciudad que no nos pertenece.

La idea resulta incómoda precisamente porque es razonable, y las cosas razonables suelen ser mucho más difíciles de combatir.

La ciudad continúa cerrándose a nuestro alrededor. Las grandes avenidas desaparecen poco a poco y dan paso a estructuras cada vez más altas, complejas e impresionantes. Cuando llegamos a una plaza, todo el grupo se detiene.

No es por miedo, sino por puro asombro.

—Dios mío —murmura Hale.

Nadie se ríe ni responde, porque todos estamos contemplando lo mismo.

En el centro de la plaza se alza una enorme torre de piedra. No parece un templo ni una fortaleza, y tampoco una construcción destinada a ser habitada. Se parece más a un observatorio.

La estructura se eleva decenas de metros sobre las ruinas circundantes. Gigantescas escalinatas rodean la base, las paredes están cubiertas de símbolos y la parte superior permanece parcialmente intacta.

Por primera vez siento que estoy viendo el verdadero corazón de Arukana.

—Arthur llegó aquí —susurra João.

—¿Cómo lo sabes? —pregunta Finch.

—Porque fue aquí donde todo cambió.

Nadie tiene tiempo de pedir explicaciones, porque Kane acaba de levantar una mano.

Otra vez.

El silencio cae sobre nosotros y todos permanecemos inmóviles.

—¿Qué ocurre? —pregunta Alistair.

Kane señala algo cerca de la escalinata.

Al principio no lo veo, pero después lo distingo con claridad. Hay un objeto colocado sobre uno de los escalones. No parece antiguo ni forma parte de las ruinas. Al contrario, da la impresión de haber sido dejado allí hace muy poco.

Alistair se acerca primero. Yo lo sigo y Blackwood llega detrás de nosotros.

Cuando vemos el objeto de cerca, siento que el aire desaparece de golpe de mis pulmones.

Es una libreta moderna, muy parecida a la de Briggs. Está abierta por una página concreta, como si alguien hubiera querido asegurarse de que la encontráramos.

—No la toquéis —dice Reed.

Pero ya estamos leyendo.

Hay una frase escrita en inglés.

Solo una.

Y reconozco la letra al instante porque la he visto cientos de veces.

Pertenece a Arthur Whitmore.

Mis manos empiezan a temblar.

—¿Qué dice? —pregunta Hale.

Tardo varios segundos en conseguir responder.

—Dice...

Mi voz apenas logra salir.

—"No confiéis en mí."

El silencio que sigue resulta devastador.

Aquellas palabras no tienen ningún sentido. No dichas por mi padre, no escritas de aquella manera y, desde luego, no dejadas allí para nosotros.

—Eso es imposible —susurra Blackwood.

—No —dice João.

La gravedad de su voz hace que todos lo miremos.

—No lo es.

Por primera vez desde que comenzó esta expedición, veo miedo auténtico en sus ojos.

—Porque ésa fue la última vez que vi a Arthur Whitmore.